Es medianoche y tengo miedo. Sentado, con una lata sobre la mesa, contemplo el mar y su inmensidad. La brisa marítima chocando contra los ventanales de la casa no hace más que acelerar mi ritmo cardíaco.
Por fin tengo tiempo de escribir, pero el frío vuelve casi artríticos mis dedos. La muñeca me tiembla y debo corregir tres de cada cuatro palabras que tecleo. Simplemente porque tengo miedo a eso, a equivocarme.
Hace días que no puedo hilvanar una frase por el miedo que siento. Contemplo la hoja en blanco y mi nerviosismo aumenta. Un ardor sube desde el estómago hasta la garganta. Respiro hondo para calmar esas náuseas. Camino en círculos buscando el verbo adecuado para este momento. No lo encuentro y escribo este mamarracho.
El mar, mi única compañía en estas noches, no me atrae. No nos llegamos bien, le temo. Me da pánico su oscuridad y su frío. No quiero que sea un augurio de mi destino.
Son las 12.30 y sigo con miedo. Sobre la mesa ya se acumulan tres latas de la cerveza más barata que mis desempleados bolsillos pudieron pagar. Aunque, también sumé mi novela favorita: La naranja mecánica. Quizás allí encuentre las respuestas.
Pero me equivoco. Sólo encuentro preguntas que acrecientan mi temor: ¿soy Álex? ¿amo el libro porque me siento identificado con ese loco? ¿me espera una vida de arrepentimientos? ¿maduraré alguna vez? ¿estoy listo para enfrentar otra vida diferente a la que conozco? ¿perderé a mis amigos? ¿perderé a mis padres? ¿seré capaz de dejar la única vida que conozco? ¿cómo se buscan otros sueños cuando lo demás ya se sienten perdidos?
Ya es la una de la madrugada y estoy ebrio; y todavía sigo con miedo. Las latas se encuentran volcadas; la hoja del Word sigue virgen; y la oscuridad se acrecenta: las nubes taparon la luna. El satélite ya no está allí para hacerme compañía, ya no me guía, ya no me cuida.
Entre alucinaciones y mareos veo todo tan claro. Bah, allí encuentro salidas a esta realidad de mierda. Esta realidad plagada de miedos, de portarretratos quemados y sueños destrozados.
Antes de que la náusea me gane, abro los ojos. Me levanto -apenas- y me voy de la casa. Total no me van a extrañar, pienso. Necesito caminar, quizás el verbo esté en una de estas casas.
Las viviendas del lugar son todas iguales: un jardín amplio en la entrada, autos de alta gama y un césped más suave que una pluma. Las casas, todas, tienen más de un piso, están espejadas y tienen mirador o un balcón. No estoy acostumbrado a tanta ostentación. Ni siquiera estoy acostumbrado a caminar sin miedo. Seguro es el alcohol que me hace más valeroso.
El mareo desaparece pero las palabras todavía no me salen. Volveré a dormir. No creo que pueda escribir algo.
Camino y tengo miedo. Y en medio de ese pavor se me ocurre una genial idea. Ojalá nuestras mentes fueran computadoras. Ojalá pudiéramos borrar nuestros errores con la facilidad con la que eliminamos imágenes. Ojalá pudiéramos bloquear a esas personas nefastas que sólo nos complican la vida. Ojalá existiera un algoritmo milagroso. Uno que nos diga las palabras cuando las necesitamos. Uno que eligiera por nosotros. Uno que nos dijese cuál es la opción correcta: ¿irme o quedarme?
Llegué. El colchón está helado pero no me importa. Sé que no dormiré. Será otras de esas noches en las que buscaré las respuestas de la vida en el techo. ¿Estará allí la respuesta que busco?
Son las cinco de la mañana y no pegué un ojo. Creo que, aunque no tengo la respuesta, lo mejor que puedo hacer es levantarme y abrir el placard. Sacar la ropa y armar la valija.
Son las seis de la mañana y acabo de armar la valija y tengo miedo.