domingo, 31 de diciembre de 2017

Mis pilares

La silvi, con sus palabras y abrazos.
Lucho, como ejemplo de vida.
El doctor, por ser mi norte.
La negri❤, por esas eternas meriendas, por esas charlas interminables, por los pellizcos, por los abrazos, por el interminable cariño.
Felipe, por esas vueltas eternas en el auto, por esas caminatas y por ser incondicional.
Marquitos, por acercarme a Dios.
Brunichis, por las charlas filosóficas con café y Baileys.
El mochudo, por todos los HH en Antares.
Mis superpoderosas, por las risas, las lágrimas y los abrazos.
El grone Ortiz y JC, por las placitas y las 1000 birras.

Fueron la parte linda de este año. Ojalá, algún día, pueda retribuirles todo. Próspero 2018.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Ahora sí: estoy como quiero

Pienso en lo lindo que sería morir en estos momentos. Con los pelos levantados por tanta velocidad, el viento lacerando mis ojos, la sonrisa de oreja a oreja. No, mi estimada/o, no se preocupe, no tengo tendencias suicidas, ni estoy ebrio. Pasa que ahora sí: estoy como quiero.

No me preocupa el hecho de no llevar casco. No me importa que la moto de mi amigo no esté preparada para el camino. Tampoco tiemblo ante los diferentes badenes, que apenas podemos sortear. Hoy estoy con con la gente que quiero, nada malo puede pasar.

Debíamos atravesar un kilómetro de tierra, arena y piedras para llegar al destino: el río. Pasaron los años pero nunca perdí esa costumbre de ir al río. Ese manantial de agua cobriza, esa tierra de insectos ansiosos de carne y sangre humana. Allí donde di mis primeros pasos y saqué mis primera mojarras.

A unos 50 metros ya puedo escuchar el monstruo Sebastián. Levanto la mirada y diviso una decenas de Balbos decorando la entrada. Hoy es navidad, hoy se festeja.

El agua está tibia. Con el primer paso, me siento en la gloria. Con el segundo, pateo una piedra, que me hace arrojar una metralleta de puteadas.

"Vamos a la isla", dice una de mis amigas. Y arrojo una carcajada porque el susodicho archipiélago es un montón de piedras en la mitad del río.

Porrón, charlas y sanguchitos de miga -los que sobrevivieron la noche anterior-. Quizás deberíamos haber traído la guitarra. Pero, cuando lo pienso bien, me doy cuenta que el agua y la humedad la habrían destrozado.

Aunque todos superamos las dos décadas, nadie perdió esa chispa infantil. Todavía sigue siendo gracioso mojar al otro. Arruinarle la ropa, hacerlo enojar. Todo risas hasta que un boludo llena el porrón y los sanguchitos con arena. Pero no nos importa porque habrá venganza. Agarramos su cráneo y lo estampamos contra esas aguas negras, tal vez así lo haya hecho Juan el bautista. Nunca falta la referencia al pez de tres ojos que inmortalizaron Los Simpsons -nunca faltan las referencias a Los Simpsons-.

A pesar de que tengo la cabeza llena de arena y barro, sonrío. Entre dientes digo: estoy como quiero.

La frescura del agua y las risas de mis amigos fueron la mejor cura para la resaca navideña. Debemos irnos, ya se acabaron los sanguchitos y la cerveza está caliente. De nuevo a las motos.

No me importa el filoso viento ni los animales de granja que se nos cruzan. Sólo ruego que ninguno de los mosquitos, tábanos y avispas me hayan transmitido alguna enfermedad. Tengo las piernas llenas de pequeños puntos rojos.


Y en ese momento, en el que me despido de las personas que quiero, pienso: ¿Necesito algo más? No, no necesito nada. Aquí tengo todo.

martes, 19 de diciembre de 2017

Mi 2001

Tenía 7 años cuando todo se pudrió en el país. Aunque, la crisis empezó 2 años antes para mí, cuando mi papá se quedó sin trabajo y tuvo que emigrar de Aguilares.

En ese tiempo todo era normal para mí. No me parecía raro ver a mi viejo sólo los fines de semana. No me era extraño vivir con mis abuelos durante la semana. Tenía todo muy naturalizado. No extrañaba la pequeña casa de dos habitaciones en la que había vivido. Ese pequeño departamento en el que tenía que compartir pieza con mis hermanas. Los niños no dimensionan el esfuerzo de sus padres.

¿Recuerdan de la Navidad de 2001? Yo sí. Fue el año en que dejé de creer que había un niñito Dios (otros lo llaman Papá Noel) porque mi mamá tuvo que explicarme que no alcanzaba para las cosas que había escrito en mi cartitap. Tuve que conformarme con un par de medias. Años después, me sentí mal y lloré porque me enteré que muchos chiquitos no tuvieron ni cena de navidad, ni almuerzo, ni desayuno, ni leche.

Aprendí a jugar tarde al fútbol,  porque no tuve la suerte de muchos. Aprendí a patear la pelota gracias a mis compañeros -infinitas son las gracias-. Mi viejo estaba ausente pero no por decisión propia, sino porque quería darme un mejor futuro. Sin embargo, en ese momento no lo comprendí así.

Festejaba cada sábado que mi viejo venía. Lloraba cada domingo en el que tenía que partir. Hoy,  puedo decir: gracias por todo, viejo.

¿Crecieron con tickets en lugar de billetes? Yo sí. Recuerdo que me enojada con mi madrina cada vez que me regalaba uno. No le creía que esos papelitos valían 5 pesos, me daba vergüenza llevarlos al kiosco del colegio. No tenía la cabeza para comprender que esos 5 pesos equivalían a gran parte de su sueldo. Ahora me siento estúpido por haber hecho esos berrinches.

Duele recordar esas peleas con mi vieja -que en esos momentos hacía las veces de papá y mamá-. Era diciembre de 2001, unos días antes del helicóptero, recién empezaban las vacaciones de verano. Hacía mucho calor, quería un helado y se lo pedí. Ella se negó, no se podía salir a la calle en esos momentos. Pero yo era un niño, no lo entendía. No sabía el peligro que corría.

Hoy la culpa me carcome. En esos momentos me negaba a comer polenta y el arroz. Desearía haber comprendido que había Barbaritas sin comida en esos momentos.

Gracias al 2001 perdí mi casa. Tuve que dejar a mis abuelos. Alejarme de mis amigos (gracias a Dios los mantuve). Abandonar mi querido Aguilares. Perder todo lo que quería en esos momentos. Es por eso, y muchas cosas más, que no le deseo a nadie un nuevo 2001.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Mi esquina

Desde allí me ven. Sufren con cada golpe que me doy. Me gritan cada vez que me caigo. Secan mis lágrimas y surcen mis heridas. Me alientan y no se van. Algunos desaparecen pero no importan, esos son pechos fríos. 

Salgo adelante, con la guardia baja -porque soy descuidado-. Me tiran un golpe y los esquivo. Me lanzan un jab y lo eludo. Me siento un campeón, todo va demasiado bien. Hasta tento mis chances de atacar. Pero, justo cuando todo pintaba bien, llega un uppercut.

La mandíbula me tiembla. El protector se cayó del ring. Reviso que todo esté en orden y tomo aire para tratar de levantarme.

Finalmente puedo, fue sólo un susto. El arbitro me manda a mi esquina.

Los ignoro -soy terco-, sé -pienso- que no los necesito. Sus palabras me resbalan. Al final de todo soy yo el que pelea, no ustedes.

Segundo round. Me preparo un poco, llevo una guardia más alta. Detengo los golpes con los antebrazos. Aguanto y contraataco. Siento que voy a despegar, que voy a ganar el partido. Justo cuando estoy por dar la estocada final, un crochet me sorprende en la mejilla derecha. Tambaleo, pero no caigo. Me pongo de frente, resisto. Pero es inútil, perdí la concentración. Un golpe directo a la nariz me deja en la lona.

El suelo está frío. Apenas siento el conteo del árbitro. Me cuesta parpadear, todo está oscuro.

Cuando estaba por tirar la toalla, siento que me gritan. Se me viene a la cabeza la memorable frase: "Levántate, hijo de perra, levántate porque Micky te ama". Me rio y lloro porque sólo yo puedo tener esas ocurrencias.

Me acerco al banquillo. Los golpes me hicieron abrir los oídos, estar abierto a consejos, escuchar a los que saben, comprender que no estoy solo. Arriba del ring uno está solo pero a los golpes los reciben todos los que te aman.

Se acabo el descanso. Otra vez estoy solo pero esta vez sé que pase lo que pase tendré a mi gente en mi esquina. A esos locos lindos que no me dejaron caer. 

La vida me tira otro golpe, pero ya no duele.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

¿Asterion o Minotauro?

Quizás no me comprendas. Yo tampoco me entiendo demasiado. Tal vez, los constantes golpes me hicieron así. Probablemente no te importará y querrás pelear, pero será inútil. Te lo aseguro.

Debajo de este gran cráneo, además de poco seso, hay un verdadero laberinto cretense. Un monstuo habita allí, una verdadera bestia. Todos los días duerme, pero con el tiempo sale. Y se enoja cuando lo alumbra la luz, ama la oscuridad. Un mínimo rayo de esperanza lo exalta. Aflora ese egoísmo estúpido; esa autodestrucción constante que daña a los seres más cercanos. Obvio, no lo entenderás, no tuviste tiempo.

El bicho durmió durante dos semanas pero las ganas de ser feliz lo despertaron y todos su miedos se enraizaron en la corteza encefálica. Y, como se esperaba, no generaron nada bueno. Salieron los miedos, las inseguridades y la tristeza -que creía muerta.

Por un momento -de verdad- creí que tenías el hilo de Ariadna para guiarme. Pero una cornada de la bestia lo cortó. Y arrebató lo poco que construiste -construimos-.

Lo intentaste, por lo menos. Donde muchos vieron un Minotauro, vos viste un Asterión de Borges. Donde muchos vieron una bestia insensible, vos viste un niño traumado. Donde muchos vieron un egoísta, vos viste a alguien con buenas intenciones que no siempre funcionan. Por eso te digo gracias.

Gracias. Gracias por las mejores discusiones. Gracias por las charlas aburridas y por las divertidas. Gracias por los más heterogéneos temas. Gracias por la sonrisa de las mañanas. Gracias por la de las noches. Gracias por creer en mí. Gracias. Gracias de verdad. Algún día comprenderás que fue lo mejor -para vos.

Ahora la bestia se calma. Escribe un poco y se controla.

Aunque, nunca se sabe cuándo llegará el próximo sacudón.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Crónica del día más triste de mi vida

Y otra vez la enfermedad te había golpeado en la pera. El puñetazo te dejó en la lona, esa que besabas muy seguido últimamente. Tendido en el frío suelo del baño, peleabas por levantarte.  Sabías que era una batalla perdida. Hace tiempo que no tenías fuerzas para hacerlo por vos mismo. Pero era humillante pedirle a tu jermu o a tu nieto que te ayudaran.

Un fuerte golpe de huesos llegó a mis oídos. Corrí, sabía que no estabas bien. No te iba a dejar solo nunca, por más que tu orgullo hubiera preferido alejarme.

Llegué y te vi llorando. Vos, el mismo que me decía maricón cada vez que derramaba lágrimas. Vos, el que puteaba a todos los hombres que se quebraban. Vos, el del carácter rudo, el del sempiterno rostro dusto. Vos, mi boxeador de la vida.

Concentré todas mis fuerzas para levantarte. Pero fallé. Intenté y no pude. Probé de nuevo y me di cuenta con que eran inútiles mis esfuerzos. Caí en que no me sirvió de nada el ejercicio, seguía siendo el mismo flaco de siempre. 

Tuve que llamar a alguien más. Tristemente fue demasiado tarde cuando llegó.

'Acomodá el cuello', te dije. ¿Por qué no contesta? ¿Por qué no me hace caso? ¿Por qué no parpadea? ¿Por qué me mira fijo? ¿Qué son esos espasmos? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no reacciona?

La ayuda llegó y te sacamos en camilla. De nada sirvió: ya eras un peso muerto.

Faltaba que alguien me lo confirme pero yo ya lo sabía: me habías abandonado. Tomé el celular y le escribí a alguien para contarle lo que pasó. Necesitaba un abrazo. Necesitaba explotar todas esas lágrimas. Le hablé a ella. Ese día descubriría quién era mi mejor amiga.

Se acercaron a la pieza y, aunque ya lo sabía, me dijeron: 'El abuelo está muerto'. Mi mundo se derrumbó. Exploté pero tuve valor para comentárselo a mi padre, a mi familia y a mis amigos. Hoy los necesitaría.

Nunva había llorado tanto, nunca lloraría tanto como esa vez. Aunque a él no le gustaba, creí que cada gota que derramara era un homenaje a su memoria. A los partidos en Newbery, a las hamacas en la plaza, a los partidos en bares, a las tardes de pelota, a las peleas, a las discusiones, a los abrazos y a todo lo que él significaba.

Tres horas después pude reír porque te llevaría para siempre conmigo. 

jueves, 19 de octubre de 2017

Felices 87

Hoy cumplirías 87 años.

Te hubieras levantado a las seis de la mañana, simplemente por molesta costumbre. Seguramente, te habrías dirigido al baño para sacar la ropa del canasto y llevarla al lavarropas. La jubilación era una mala palabra para vos: no existía. No podías quedarte quieto, viejo mañero.

Luego, hubieras vuelto a tu cama, siempre con el diario bajo el sobaco. Dos horas y unos cuantos ronquidos después, te habrías levantado. Esta vez es en serio. Te hubieras parado y, arrastrando tus pies, te habrías dirigido hacia la cocina. Lo de siempre: un te con galletas. No tengo dudas, habrías partido la galleta y la habrías tirado en la bebida. Harías ruidos totalmente desagradables para tomar tu bebida. No usarías una servilleta. Siempre tosco, viejito.

A eso de las 12, me hubieras levantado de la cama. "Ya va a estar la comida, levantate, ¿qué has andado tomando?". "No", te habría mentido descaradamente. Con el pelo enmarañado y los ojos japoneses, me habría acercado a vos. Te hubiera dicho: "Feliz cumpleaños abuelo", siempre seco, así de machos somos los Cazzullo. Probablemente, durante el saludo, me habría raspado con tu barba. Y eso me habría recordado la más triste infancia. Si vieras la barba que estoy criando ahora, viejito (?).

Después de aspirar tu tarta de verduras -esa que te obligaban a comer-, soplarías las velitas. Yendo en contra de tu voluntad y tu forma de ser, llorarías. Te quebrarías como chinita. "No llorés maricón", pensaría el insensible de tu nieto, que igual se acercaría abrazarte. El llanto no te duraría mucho. Con una servilleta, sacarías tus lágrimas y estarías dispuesto a comer tu peso en torta. Una poderosa repleta de dulce de leche, esa que tanto te gustaba. Discutiríamos. Te recordaría que la diabetes te impide comer cosas dulces. Pero perdería el tiempo y la discusión. Eras muy cabeza dura y no había enfermedad capaz de detenerte.

Finalmente, pelearías con la bebi. Simplemente por costumbre: pasaron 52 años peleando todos los días. Pero, debo decir, que con todos sus defectos ustedes me enseñaron lo que es el aguante.

Lloraste. Comiste. Te llenaste. Peleaste. Ahora sólo te quedaría dormir una de tus maratónicas siestas.

Casi sin que te des cuenta, llegaría la noche: tu momento favorito. Ese momento que esperaste todo el día. Abrirías la heladera y repetirías la torta. La pellizcarías siempre que no haya intrusos para retarte. La mirarías como un Quijote a Dulcinea. Te harías el gil, cada vez que te preguntase por el merengue en tu barba. Porque así -sos- eras vos. Porque así te tengo: siempre presente.



Hoy no estás. Hoy no te tengo. Pero como dice Canserbero: "No se muere quien se va, sólo se muere quien se olvida". Así que te mando el abrazo onírico más grande de todos. Uno de esos que atraviesan barreras y rompen mundos. Abrazo, abuelo.

martes, 3 de octubre de 2017

La más linda del jardín

Y la encontré: tímida, callada y con el autoestima derrumbado. Una lágrima de tristeza rodaba por sus mejillas. Sus ojos negros -tan hermosos como el plenilunio- sólo eran capaces de mirar el suelo. "Qué bonita puede llegar a ser la tristeza", pensé cuando la vi. Sin pensarlo, me acerqué hacia ella. Tenía la cabeza en blanco pero una extraña fuerza me movió hacia ella. Quizás esas ganas de pintarle el mundo de otra manera.

Te asustaste cuando me viste. Trataste de alejarte cuando quise levantar tu rostro. Sólo la luna era merecedora de esas pupilas brillantes. Me corriste la mirada, no me tenías confianza. Intenté ganármela con unos cuantos comentarios inentendibles. Eso te te hizo reír y mostrar esos dientes perfectos. No te diste cuenta pero la lágrima cayó y no volvió a aparecer en tu rostro.

Bastó una sola sonrisa tuya para venderme otra realidad. No necesitaba nada más simple y sencillo.

Así caminamos y caminamos. No nos tomamos de las manos, sabíamos que eso era un lugar demasiado común para nosotros. Los lapachos del parque hicieron de alfombra para nuestros pies. Y allí, con vos a mi lado, pude comprender algo importante: mi mirada había cambiado.

Las ramas de los árboles ya no parecían tenebrosos brazos esqueléticos; la primera llegó y adornó las copas. Las calles no estaban oscuras; el sol descendía indiferentemente sobre nosotros, iluminaba nuestro paseo. Ya no veía un rostro plagado de lágrimas; me perdía en una sonrisa de dientes infinitamente blancos. Todo era diferente.

Fuimos compartiendo momentos, escapadas, palabras. Hasta te regalé mis mejores cuentos. Vos, y tu cara de luna creciente, me dieron lo único que necesitaba: esperanza en un futuro mejor. Creencia en que todo iba a estar bien. No te lo dije, obviamente, pero te lo agradezco.


No creí que se acabaría tan rápido. Pero, quizás, era lo mejor. Éramos demasiado grandes para algo tan pequeño. No lloré cuando nos despedimos. No hubo sentimientos de tristeza en mi cabeza. Sólo tuve palabras de agradecimientos para vos. Para vos y tus ojos. Para vos y tu sonrisa. Para vos y tus charlas eternas. Para vos y tus ganas de escuchar.

domingo, 24 de septiembre de 2017

No me digan que está mal

No. No le digan que está mal. Ella está bien. Ustedes son los que miran diferente.

No. No me digan que su memoria está mal. Quizás sean ustedes los que no recuerdan bien. Pero de ninguna manera ella está mal. ¿Para qué necesita saberse los cumpleaños? A nadie le importan. ¿Por qué tiene que acordarse lo que comió a la mañana?

No. No me le griten ni la reten. Ella es así. Dejenlá en paz. Lo que ella dice es la verdad. Así que callensé. Ustedes son los impacientes, ella es perfecta.

No. No se quejen de sus puteadas. Son lo mejor que tiene. Ella puede expresarse así cuando lo desee.

No. No critiquen su estrepitosa risa. En mis oídos suena como melodía. La necesito, es mi infancia.


¿Por qué?, se preguntarán. Porque es mi reina. Porque tiene cien mil defectos pero es imposible no quererla. Ella es así. No me la cambien porque me muero.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Mi sombra

Me seguía a todos lados. No me dejaba estar solo nunca. Siempre detrás de mis hombros. Me miraba y me protegía. Me daba ese aliento incondicional. Era mi mayor -y único- fanático. Era mi sombra. Sí, eso era el gringo.

La noche de sábado rodea Aguilares con ese clima de jolgorio y ganas de descorchar vino. Pero yo no me doy cuenta. Estoy con ganas de escribir. Ganas de recordarte. Ganas de soltar toda esa tristeza que porto. Ganas de abrazarte y colgarme de tus cuellos. Ganas de escuchar tus historias raras. Ganas de caminar a tu lado, como lo hacía desde niño. Ganas de leer cuentos. Ganas de que me putees por ver tele. Ganas de que me recomendés libros -Oh, abuelo, siempre rechacé tus textos-. Estoy con ganas de todo eso. Pero ya no se puede.

Me estoy volviendo loco, pienso. No puedo creer lo que siento. ¿Sera cierto o estoy alucinando? No lo se. Prefiero pensar que Dios te dejó bajar unos minutos porque siento tu perfume: esa combinación de colonia tanguera y fuertes desodorantes, esos que no tienen marca.

Quisiera que bajés un largo rato. Tengo la imperiosa necesidad de tomar un café con vos. Necesito tu consuelo, tu guía. Necesito pedirte perdón. Necesito decirte que por acá está todo bien: me recibí, trabajé en el diario que leías en el desayuno, en la radio que escuchabas. Tuve el placer de contar una historia, como las que vos me narrabas a las noches. Pasó tanto en estos cuatro años.

Me levanto porque el corazón no me aguanta. Necesito tomar aire. Atravieso el living, la cocina, la araña de rincón me mira -¡hija de puta!-, continúo hasta el patio, cruzo las escaleras y llego a la terraza. Allí donde me fui a refugiar el día que te fuiste. No paro de cavilar, de recordar. No paro de pensar en ese piso. Ese suelo mojado. Esas baldozas heladas que fueron tu última cama. Basta.

Vuelvo a la cama. Escribir me calma, me sosiega. Otra vez tu perfume entra por mi fosas nasales. Al parecer Dios te prestó un buen rato -se lo agradezco-. Dejo de lado esas imágenes tristes y sombrías. Corro hacia el rincón en el que estás para darte un abrazo onírico. Uno de esos atraviesan mundos. En ese momento me olvido de la soledad, el desempleo y la inestabilidad económica. En tus brazos astrales encuentro el consuelo que necesito.

Te veo. Estás ahí, alentándome en Newbery; aplaudiendo el día en que fui abanderado. Estás ahí, llorando el día en que la inestabilidad ecónomica nos separó. Estás ahí, gringo. Seguís ahí, porque sos mi sombra. Más que nunca necesito esa mirada y ese aliento, abuelo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Cabezón

Todavía recuerdo el día en que nació.

Aguilares estaba helado, a pesar de que sólo faltaban 19 días para la primavera. Mis papás nos habían dejado en la casa de mis abuelos para hacer un viaje rápido a Tucumán, para traerte.

No sé por qué -quizás por sorpresa- mis papás nunca me habían contado tu sexo. Ya tenía dos hermanas y vivía con mamá; papá no estaba en Aguilares (por motivos laborales), ya no quería más mujeres. Quería que sea varón. Quería un hermanito. Alguien con quién compartir la pelota.

Me despertaron a las ocho. "Va a nacer tu hermanito", me dijeron. Yo sólo atiné a llorar  de manera inexplicable e inconsolable. Me revolcaba y pataleaba en el colchón. "Dios quiera que sea varón", sollozaba. Una tía me escuchó y se acercó para consolarme. "Quedate tranquilo", me dijo. "Vas a tener un hermanito", y me arrancó una sonrisa incomensurable.

Yo elegí su nombre. No recuerdo dónde lo había escuchado pero sé que me encantaba la palabra Matías. No sé de dónde la habré sacado porque no conocía nadie con ese nombre y a esa edad no sabía leer. Más tarde, mi papá querría robarme el crédito. El viejo argüía que era el nombre del apóstol que reemplazo a Judas luego de que el traidor entregara a Jesús.

Llegaste con 4 kilos, 100 gramos y una prominente cabeza. Una gigante cabeza: tamaño planeta. "Cómo debe haber sufrido la mamá", pensaría años más tarde. Estabas envuelto en una mantita blanca cuando te vi. Eras totalmente opuesto a mí -lo seguís siendo-. Blanco, rubio, ojitos cerrados. Quería cargarte pero todavía no tenía fuerzas. Te quería mucho, hermano. Me imaginaba jugando a los soldaditos, a los autitos, al fútbol con vos. Lamento nunca haber hecho eso, hermano.

Con los años me fui convirtiendo en lo que hoy me avergüenza, en lo que hoy me persigue. Nunca compartí mis juguetes con vos, no me acercaba a patear la pelota. Te ignoraba y -por motivos que prefiero no recordar- no te quería. Todo empeoró cuando aprendiste a hablar. No te callabas y me exasperabas. Huía de vos. Trataba de escapar. Duele recordarlo. Duele mucho.

El momento más duro lo viví unos años después, cuando comenzabas a escribir. Tenías un diario y en el plasmaste las palabras más duras que alguna vez leí. La página decía: "Mi sueño es que alguna vez mi hermano luisito me quiera". No te merecía -aún no te merezcó-, querido cabezón.

Conocí a alguien que sería mi guía y mi ejemplo durante un corto tiempo. Pero el tiempo suficiente para apreciarte, para darme cuenta lo que eras. Aunque ya no vea esa persona, siempre le agradeceré por haber abierto mis ojos.

Qué cagón. Nunca te pedí disculpas en persona. Lo hice por chat, pero creeme que lloré. Me saqué un gran peso luego de haberte pedido perdón. Fui la persona más feliz del mundo cuando me di cuenta que te tenía. Cuando aceptaste olvidar todos mis errores. Te quiero, me escribiste.

Así nos fuimos acercando. Por medio de partidos de play. A través de los libros y nuestro fanatismo por Stephen King: armamos nuestra propia colección. Compartimos recitales, los primeros a los que fui. Que bien se sentía estar a tu lado, hermano. Nos faltó estar en un pogo, pero los dos somos aburridos por lo visto. 

Gracias Dios por haberme dado un hermano tan único: sensible, músico, escritor y, por sobre todo, grandísima persona. Ojalá compartamos 100 años juntos más. Ojalá la parca me busque primero porque no soportaría perderte a vos, mi gran pilar. Sos esa muleta que me impulsó a seguir adelante en este año tan complicado. Gracias, hermano, porque nunca te lo dije.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Acorralado

Volvieron esas noches. Aunque si lo pienso bien ¿alguna vez se fueron? Sí, dormí tranquilo pero el fantasma siempre me miraba desde la esquina. Sentado, acechando, alimentándose de la angustia que corroía mis entrañas.

Pienso. Reflexiono todo el tiempo. Por un momento, estoy contento. Pasa un segundo y ya estoy triste. A los diez minutos estoy enojado, furioso. Como a la hora llega el llanto. La tristeza me abruma y sólo encuentro consuelo en la fe. Leo y la palabra me ayuda. Me da la seguridad de que mañana será otro día y de que en algún momento seré recompensado. Cierro las páginas. Suelto el libro y vuelvo a la cama.

Estoy enemistado con el colchón. Dejó de ser mi compañero favorito. Ese objeto que me sacaba el estrés y en el que tan bien la pasaba. Hace tiempo que este rectángulo con resortes se convirtió en penitenciaría, en una caja ladrona de mis últimas esperanzas. Allí lloro. Todo el tiempo.

Todavía quedan los resortes rotos; resabios de tu perfume y una memoria perfecta que dibuja, con precisión arquitectónica, tu cintura. Te recuerda levantándote, levantando la ropa y despidiéndote. Recuerda todos los cuerpos que intentaron reemplazarte pero fracasaron. Mi memotia te añora y pide a gritos ser borrada. Ya no quiere sufrir más.

Y así es un día tras otro. De día soy una fiera que sale a ganarse el pan. De noche, cuando la verdad sale, soy la presa más vulnerable. Tus recuerdos están a mi acecho.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Materia inerte

Oscuridad. El negro más puro de todos. No sé si mis ojos están abiertos o cerrados. Sé que es un lugar triste. Lo percibo en el ambiente. Un vaho húmedo se impregna en mi rostro. Ya sé dónde estoy. No puedo creer que haya llegado hasta acá para arrojar mis tesoros: materia intangible.

Realizo un viaje onírico para llegar hacia ese lugar tan recóndito. Atravieso tristezas y alegrías; recorro dolores y pasiones. Hay de todo y me sorprende. No puedo creer que en un lugar tan oscuro esté un viaje tan hermoso, un beso tan mojado y hasta una cena de egresados ¿Cómo habrán llegado hasta acá?

Todo se borra ante mí. Los atomos más pequeños son exterminados en este vacío. Pienso un poco, un solo segundo. Hasta que por fin decido arrojar la bolsa con basura.

Suelto la materia inerte. La dejo al lado de las demás mentiras que viví. Allí se quedarán para siempre. Hoy firmo su sentencia de muerte: no hay nada peor para un recuerdo que morir en el rincón más oscuro del olvido.

Camino. No quiero voltear mi cuello. Con cada paso me desprendo de un momento. Allá se va esa lluvia torrencial que me perseguía. Veo pasar, como si fuera ayer, ese frío día de junio. Me duele alejarme de tantos festejos, tantas risas. Pero al final de todo confirmé lo peor: eran mentiras. Tienen bien ganada su sepultura en ese cuarto oscuro. 

lunes, 24 de julio de 2017

Escritura salvadora

Y así cristo se presentó ante mi. No tenía pelo larga ni una prominente barba. Tenía la forma de una hoja en blanco y un lápiz.

sábado, 22 de julio de 2017

Desvestir

Y allí me di cuenta: no fue amor, fue cariño. Mucho cariño. Demasiado, excesivo. Pero de ninguna manera podría llamarlo amor. Sería una falta de respeto. El amor era demasiado grande para dos seres tan nimios.

miércoles, 19 de julio de 2017

Esos locos que me encontré

Son la birra. Son la risa. Son -parte de- mi alegría. Son el boliche, los pasitos patéticos, las gordas comidas. Son las fotos en puntitas de pie, las caras percanteras y los me gusta mala leche. Son muy narcisistas, locos. Son el vomito limpiado, las carcajadas más largas que he pegado, los ratones que no ponen para el fernet. Son los me gusta de hace 92 semanas, los chats a personas equivocadas, las invitaciones a minas horribles -ya se creía lindo él-. Son los chamuyos inimaginables, los compañeros de encare, los que se sacrifican por el bien del otro. Son los preservativos prestados, los autos estacionados, los falsos polvos descubiertos. Son mis mejores consejeros. Son el bullying, las bromas y las burlas. Son las gastadas, las cargadas de mal gusto, el humor negro. Son el sol que quema la vista a las siete de la mañana, pero también el choripan que perfora el hígado.

Son el asado arrebatado, choripan quemado, los cortes muy salados. Son las cenas, las tertulias, las reflexiones de ebrio a las 6 de la mañana. El vino derramado, mis camisas manchadas, los niños que tengo que cuidar cuando se machan. Son los buenos y los malos consejos; los escuchados y los desoídos; los practicados y los ignorados.

Son las meriendas, los chismes y las orejas rojas. Son los kamikazes en motos, las imprudencias en auto, los que eluden los controles policiales con gran facilidad. Son el humo del cigarro, el aroma a whisky barato, el exceso en perfume -no, no les queda bien-. Son los días buenos pero también los grises -no cualquiera está en las malas-. Ustedes son los primeros que aparecieron cuando el gringo me dejó. Los que me prestaron sus hombros cuando la Elenita partió. Los que me prestaron sus orejas cuando me quede sólo, sumido en la peor oscuridad. Ustedes son luz. Son la felicidad en su máxima expresión

No, no puedo mencionar a todos los hermanos que tengo. Pero por suerte, puedo decir que son muchos. Por suerte, puedo decir que estoy feliz de haber conocido, abrazado y aconsejado a cada uno de ellos. Feliz día. Algún día llenare páginas con nuestras locuras. Hoy sólo quiero recordarles todo lo que son para mí.

domingo, 16 de julio de 2017

Lloré como chinita

Soy una contradicción andante. Los que me conocen podrán corroborarlo. Me cuesta mucho conjugar mis palabras con mis acciones. Eso, sobre todo, lo demostré el día más feliz de mi vida: un 24 de noviembre.

Hacía mucho calor. Demasiado calor. Si mal no recuerdo el termómetro rozaba los 35º C. Pero para mi cuerpo eran como 50ºC. Los nervios y el traje cambiaron mi temperatura corporal. El saco y la corbata me pesaban como una cruz.

Salí una hora antes de mi casa. Quería caminar por el centro y, de paso, aflojar los zapatos que estrenaba. Aproveché para ir muy lento, demasiado lento. Me tomaba cuatro minutos caminar una cuadra. Los pies me dolían pero disfrutaba del cielo despejado y del ardiente sol. Aproveché para ver las vidrieras. Saludar a los personajes que había en la peatonal. Todo para retrasar la llegada al camino. Nervios traicioneros.

Pasé la tarjeta. Me trabé con los molinetes. Mal augurio, pensé en ese momento. Rostro adusto avancé hasta el patio de la facultad. El verde de las plantas me tranquilizó; el aroma de las mandarinas me calmó; las aves que paseaban por allí me llenaron de paz.

Con rostro adusto saludé a todos los que se acercaban para desearme suerte. No era por ortiva, era porque estaba enfocado en una sola cosa: no trabarme a la hora de defender la tesis. Sí, es algo muy difícil cuando sos un toque -bastante- tartamudo.

Recibí halagos por mi traje. Críticas porque no tenía el último botón de la camisa prendido -desventajas de ser gordo-. Insultos por mi barba de algunos días. Pero no me importaba nada. Estaba centrado en mi único objetivo: diganmé licenciado. Ni siquiera pensaba en la borrachera que tendría cuatro horas después.

Fotos. Saludos con familiares. Recibir deseos. Armar el banner. Hacer chistes descontracturadores. Tomar agua -mucha agua-. Todo en la previa. Pero nada me distraía. Mi mente tenía la mira centrada en las palabras con la que abría mi exposición: "Nuestro marco teórico estuvo asentado en cinco pilares...".

Llegó la hora. Entramos al aula. Familiares impuntuales acrecentaban las gotas de transpiración en mi frente. Una presentación extraña dentro de la exposición. Risas de profesores. Y así hasta que, con quince minutos de retraso, sonó el silbato.

No hablaré de lo perfecta que nos salió la defensa. No es soberbia, es la realidad: fue perfecta. No hablaré de lo rápido que hablé. Lo nervioso que estaba con cada foto. Lo ciego que estaba: había tantas personas que no veía a nadie. Ni siquiera mencionaré el diez que recibimos. A pesar de los nervios, nunca dudé que mis compañeros me llevarían al diez. Todo el trabajo fue de ellos, no dudo en reconocerlo.

Pasaré a la parte importante: el momento en el que lloré como chinita. Salí del aula, los profesores necesitaban deliberar la nota. Abracé a mis compañeros, mis hermanos, mis padres, mis abuelos, los familiares de mis compañeros. A todos. Ya no quedaba nada, los nervios habían sido eliminados.

Volvimos al aula. Diez, dijo el tribunal. Aplausos. Sonrisas entre los tres que éramos oficialmente licenciados. Pero llegó el momento. "Ahora los licenciados van a leer sus agradecimientos", dijo el profe. 

Todo el año había dicho que no me emocionaría. Que los payasos lloraban. Que era de putos llorar. Que era de ridículos ¿Ven soy una contradicción andante?

Tomé el libro. Fui hacia la parte de agradecimientos y comencé a leer: "Quiero empezar reconociendo el trabajo de Álvaro Aurane". No aguanté mucho. Comencé a carraspear, mis cuerdas vocales se volvieron asperas. Aclaré la garganta me disculpé y continué. Sólo llegué a agradecerle a mi director de tesis.

Apareciste vos. Tu pelada, tu dentadura postiza y tu perfume. Apareciste vos retándome, vos cargándome, vos abrazándome, vos peleándole a tu diabetes. Vos, gringo. Vos, estabas ahí. "Gracias a mis abuelos", dije y no aguanté. Mi voz se quebró notablemente, me vine abajo. "Uno la estrella que ilumina mi cielo...". Me disculpé, dije que no podía seguir y le pedí al profesor que continuara.

Lloré mucho. Nunca había llorado así. No tenía consuelo. Aunque no lo necesitaba, sólo quería llorar. No quería mirar a nadie. Me daba vergüenza llorar tanto. Ya habían terminado mis agradecimiento y mi llanto no cesaba. No era solo el gringo, era el fin del camino. Eran mis primeros tres parciales gomeados, eran todos mis amigos, eran mis compañeros. Era despedirme de cuatro años. Mis ojos se agrietaron, se pusieron rojos, mis pómulos se hincharon, mi nariz se pobló de mocos, mi cabeza de añoranzas, todo en los cinco minutos que duraron los agradecimientos.


Ahí estaba el payaso que no lloraba. Ahí estaba el que tenía ojos de piedra. Ahí estaba el que se burlaba de los que lloraban. Ahí estaba yo: la contradicción andante.

viernes, 14 de julio de 2017

En el pie del monte

«Gracias al mas alto
ya estas vivo el Dios
creador te ha bendecido el te dio la vida
y ha dejado que tu escojas el camino»

Te das la vuelta por un segundo y te das cuenta que dejaste atrás la montaña. La mirás. Suspirás. Una lágrima rueda por tus mejillas y moja los cordones de tus zapatillas. ¡Qué tiempos! ¡Cuántos compañeros! ¡Cuántas noches de locura! ¡Cuántos amigos! ¡Cuántos desconocidos! ¡Cuántas subidas! ¡Cuántas caídas! Sí, les pasa a todos. Añoran los momentos de la anterior montaña cuando están en otro camino. No está mal. Hacés bien. Pero, mejor, pensás que esos recuerdos -aunque buenos- serán reemplazados por otros mejores en tu nuevo periplo.

«Allá voy, contra viento y marea», das los primeros pasos con las pastillas en tus auriculares. Es fundamental. Te reís: la letra describe tu momento con precisión. Te calzás la capucha porque te acordás de Rocky y porque sos muy fantasma. También porque no querés darte la vuelta ni mirar a los costados. Estás totalmente centrado. Hace mucho que no estabas así.

Corrés en medio de yuyos. Conocés nuevos viajeros. Te acompañan hasta cierta parte. Aprendés. No parás de aprender. Estás muy feliz. Cómo extrañabas esa sonrisa. Cómo deseabas alejar esas asquerosas lágrimas. Cómo querías callar esos llantos imbéciles e innecesarios. Te das cuenta que, aunque alta, la nueva montaña no es tan diferente a la anterior. Hay gente nueva y vieja. Amigos y extraños por conocer. Te acercás a ellos. Ya no sos un misántropo. Todavía no sos simpático pero lo intentás. Así aprendés que las nuevas personas también pueden ayudarte a crecer y a seguir aprendiendo. Aun las más nimias.

Cae la noche pero tus pies no se detienen ni un segundo. Ya enfrentaste a la oscuridad, no le tenés miedo. Se raspan. Se cansan. Se lastiman. Pero qué te importa eso. Vos seguís embalado. Ignorando, a veces, a los que te acompañan. Adelantándote demasiado. Creyendo que mañana estarás acampando en la cima. Pero no, amigo. Sólo lográs toparte con la mismísima realidad.

Fallás. Te quejás. Empezás a ver los primeros indicios de valles. Ya no podés ver la cima: la vegetación se volvió demasiado espesa. Tus rodillas te duelen. No soportás el dolor. Te sentás y mirás atrás. A lo lejos se ve esa cumbre que escalaste, que pasaste con facilidad, en la que anidaste tanto tiempo. Es tan hermoso el pasado, es tan lindo reírse de la memoria, es tan...hora de armar campamento y dormir. Estoy cansado.

Un sol indiferente te despierta con sus insoportables rayos. Maldita luz. Ya no querés levantarte, querés seguir contemplando el camino recorrido y no el sendero que te queda por recorrer. Ves pasar los viajeros. No los saludás. Te quedás mudo. Hasta que un viajero se percata de tu rostro sombrío. Se da cuenta de la oscuridad que inunda tus mejillas. Tiene tu altura, un pelo lacio y sedoso -te dan ganas de tocarlo-, lleva una sonrisa en su blanco rostro. Te sonríe, le devuelves la sonrisa -aunque no quieres-. «Mi friend, escucha y no estés triste: hay un lado positivo de lo malo siempre aprendiste», te dice. Llorás. Pero no ese llanto de cobarde. Se parece más bien a la risa. Te reís con lágrimas en los ojos. 

Levantás el campamento y la seguís. Pero sólo hasta cierto punto. Se separan. Ella nunca se dara cuenta de lo feliz que te hizo. Nunca entenderá lo importante que fue para vos. ¿Ves? Ya estás forjando buenos recuerdos. No era tan difícil adquirir esa mirada panorámica. Era cuestión de actitud. Y de unos lindos dientes abrazados a unos finos labios para salir.


Desde el pie del monte toda colina parece un Everest. Toda cuesta parece una montaña. Y, es cierto, duele el doble. Pero dejá de quejarte. Nos queda mucho periplo todavía. Poné Zona Ganjah, así vas tranquilo por lo menos.

lunes, 10 de julio de 2017

Mamá, tuve una noche ATR

No quería salir. La idea era sólo tomar unas birras: solucionar los problemas del mundo, armar la formación con la que selección saldrá campeona en la Copa del Mundo de Rusia y reírnos demasiados. No se imaginan lo feo que es solucionar los problemas del planeta y no podés solucionar los que tengo con la soledad. Pero ese es otro tema.

Mi amigo pasó en su moto nueva. Esa que utiliza hasta para ir desde su pieza al baño, esa de la que no puede bajarse. Una enduro, roja, casi tan alta como yo. Tengo que pegar un salto para colocarme en el asiento. Me da miedo: no tengo casco. La moto es fuerte. Siento que me voy para atrás. Temo caerme a la mismísima mierda así que me aferro con toda mi fuerza a los hombros de mi amigo.

Por suerte sólo recorremos una cuadra. Fue innecesario tanto sufrimiento en una cuadra. Nos dirigimos a la barra: dos birras. Dorada, dulce, aroma a miel: la rubia más hermosa. La receta perfecta para la sed y la compañía ideal para una charla. Apenas se siente la música en el ambiente. Al fin recupero la paz.

A la charla se suman personas. Vienen grandes amigos y todo cambia. Lo que parecía ser una amena charla evoluciona en una joda. Promesa de mujeres, alcohol y baile. Estoy re manija. Quiero irme de gira.

Comemos unas papas que tienen mejor sabor que el caviar. Pagamos. Nos vamos. Le robo el casco a mi amigo y me subo a la moto. Al menos esta vez mi cabeza está protegida. Pero igual voy intranquilo. El muy cajetudo maneja como el orto. Bah, en realidad soy muy miedoso. Y, también, amo mucho mi cerebro. No quiero verlo desparramado en el pavimento.

Tengo muchas ganas de salir, tomar cerveza y celebrar. Estoy feliz. Después de una semana bastante intensa vuelvo a sonreír.

No me cambié. No volví a mi casa a buscar perfume. Estoy con las zapatillas más viejas que tengo. Llevo el pantalón azul que uso para trabajar. Abajo tengo la misma remera que uso para dormir, un buzo rojo. Por último, tengo una campera deportiva. Pregunto si está bien ir así. "Ahí van hasta de ojotas", me responden. Eso es suficiente para mí. Aunque luego, arriba de la moto, me arrepentiré: la campera era muy fina. Los vientos de invierno me fusilaron: mis huesos estaban rígidos, mis músculos temblaban como gelatina y los ojos me lloraron como chinita. Debo comprar guantes, agendo.

Llegamos a la casa de un amigo. Un barrio muy amistoso. Sólo se sienten motores de motos. Las personas miran con desconfianza a dos personas subidas en moto, como nosotros. "Hace poco entraron a robar en mi casa", me confirma mi compañero. Pero llegamos. No tenemos heridas, seguimos vivos: fin de la pesadilla, por ahora. Apenas sustos en un lomo de burro que ninguno de los dos vio.

Sigue el escabio. Abro unas cuantas latas y sigo con la birra. Extraño el fernet y el vodka. Pero sé que mañana agradeceré el haber pasado de esas bebidas destrozadoras de hígados.

De repente pinta el hambre. Pidamos una pizza, sanguches, hamburguesas, algo por favor. Pero no. Las intenciones de mis amigos eran más vegetarianas y estéticas.

Una bolsita de consorcio. Bah, en realidad un trocito mínimo de ella. Tenía el tamaño de una uña. Bueno, un poco más grande. Pero lo que importaba era su contenido: lechuga. Sí, o por lo menos algunas hojas verdes. Pensé que necesitaríamos 1000 de esas bolsitas de lechuga para que comamos todos. Había escuchado que las porciones mínimas estaban de moda en los restaurantes. Pero jamás imaginé que mis amigos llegarían a eso.

No sólo fue una noche plagada de farra sino también bastante educativa. Aprendí que no hace falta cuchillo para picar la lechuga. Con gran habilidad, mi amigo la picó con sus uñas. Pienso que eso es muy poco higiénico. Hoy no comeré de eso. También me sorprende que la lechuga no vaya al plato. La enrollan en un papel muy fino. Pero esa no fue mi mayor sorpresa. Pegué un salto al ver que los humos de la lechuga eran buenos para los pulmones. "Lechuga loca", me explicaron que así se llama la especie. Nunca la vi en una verdulería. 

Al comienzo les provoca risa. Sus ojos se ponen colorados. Luego tienen hambre -celebro-. Me ofrecen de su cigarrillo. Pero lo rechazo. Hace muchos años mis pulmones renunciaron al humo. 

Finalmente llegan las pizzas. Las devoro como evacuado. Me mancho con aceite todo. Necesitaba comer.

Cuando ya no quedan ni las aceitunas mis amigos comienzan a arreglarse. Nunca había visto que los hombres se polveen la nariz. Paso, creo que eso atenta contra mi masculinidad: el maquillaje es para mujeres.

Luego de sus arreglos viene la nueva pesadilla. Sacan sus motos y ya mi corazón comienza a latir. Sé que son dos kilómetros hasta el boliche. Mis ojos ven con miedo extremo esa enduro. Roja, se me hace gigante, siento que si me tropiezo será como caer desde una montaña.

Ya estoy arriba. El viento pega como cuchillas en mi cara. Me duele. Trato de cubrirme con la espalda del conductor pero mi cabeza es demasiada grande. Lloro, por primera vez -en mucho tiempo- las lágrimas no son de tristeza sino de dolor. Mis manos cobran vida propia: tiemblan. No puedo controlar el temblor. Está muy frío. Pienso en mi mamá. Su corazón se detendría si me viese en esta moto por la Mate de Luna. Ojalá nunca lea estas líneas.

Vamos a 100 kilómetros por hora por una avenida transitada. Siento que si una hormiga se nos cruza, pasaré al otro mundo. Cada vez que pillamos un desnivel mi alma pasa al otro lado. Tengo miedo. Mucho miedo. Frenamos de golpe, a centímetros de los parachoques. Pasamos en medio de los autos. El desgraciado pasa en rojo. Lo puteo pero no le importa. Y, cuando menos lo esperaba, llegamos. Tardamos tres minutos en recorrer dos kilómetros. Los dos kilómetros más largos de mi vida. Una tortura de 180 segundos. Creo que sólo Dios me permitió escribir estas líneas.

Llegamos tan rápidos que mis otros seis amigos tardaron 10 minutos en alcanzarnos. Tan temprano que todavía no había nadie en la fila. Tan temprano que las puertas todavía estaban cerradas. Cuando al fin llegan todos comienza la repartición de chicles, puchos y de bromas. Tristemente a uno siempre le toca ser el punto de las bromas. Estaba colgado -pensando en ella (?)- y no escuchaba los insultos. Pero una frase llegó a mis oídos y me sorprendió.

—¿Qué flayá, amigo? No hablés giladas. Acá estamos de diez. A-te-erre (a todo ritmo) pá.

A nadie le dio gracia pero yo pegué una carcajada. Me pareció una genialidad del folclore urbano. Festejé el chiste. Supe que sería una gran noche. A-te-erre, papá.

Al fin llegaron los demás. Al fin abrieron. Hicimos fila. Pasamos. Obvio detalles innecesarios. Aunque hago una mención especial a las vendedoras de entradas que se robaron mi corazón.

"Vas a conocer el inframundo", con esa frase me habían descripto el boliche en la previa. Me dio mucha gracia en ese momento. Pensaba que era una hermosa hipérbole. Hasta el momento en que crucé esas puertas y lo corroboré con mis propios ojos.

Todo estaba oscuro. En el techo, unas luces con formas extrañas eran la única iluminación del lugar. No se ve una mierda, pensé. Todo era tan distinto. Nunca había estado en un boliche así. Me pregunté si venderían tragos o drogas.

Hasta la gente era diferente. Nunca había visto tantas minas con mangas tatuadas. Nunca había visto tantas mujeres con rastas en un mismo lugar. No sabía que había minas tan bonitas. Las había de todo tipo: gordas, flacas, altas, bajas, homosexuales, heterosexuales, bisexuales. No sabía que en tan pocos metros cuadrados podía caber tanto sexo.

Camino por el boliche. Me asombra como las hormonas florecen. Me sorprende el olor a sexo. No entiendo por qué chapan con tanta violencia. Por qué se estampan así contra la pared. Pienso que, en parte, envidio a esos locos.

Quiero chaparme a la rubita con anteojos que hace rato me observa con mirada lasciva. Me reviso la nariz para ver si un intruso en mi nariz es el que atrae su mirada pero no. No hay nada. Estoy limpio. Inflo el pecho, me le acerco, le cruzo una mirada. Intento hablarle pero me corre el rostro. Escucho risas, me da un poco de vergüenza. Pienso que, tal vez, así se sintió Boateng cuando Messi le quebró la cadera. "Qué hija de puta", le digo a los vaguitos que se ríen. "Esa e' calienta pingo nomá, amigo", me dicen. Otra más, pienso.

La música es rara. No tiene letra. Bah, en la pista de atrás sí pero no estuvimos mucho allí. En estos momentos extraño a Chiquino, Leo Mattioli, Pablito Lezcano. Añoro el ritmo de un güiro. Deseo canciones que tengan letras que insulten a la policía, que hablen de amores prohibidos, amores de prostitutas, ex novias. Cualquier cosa. Pero no. En este lugar no pasarán nunca Agrupación Marilyn. Y está bien. Me gusta, en cierta forma.

Hasta que al fin suena un tema que conozco. Dare de The Gorilaz.  You've got to press it on you / You just think it / That's what you do, baby / Hold it down, Dare. No escucho música en inglés pero me encanta el tema. Quiero bailarlo pero no sé como se hace eso. Mis pasos de cumbia no son adecuados para este ritmo. Veo alrededor para tratar de imitar a los demás. Pero me da gracia. Hacen movimientos raros con sus brazos. Movimientos bastantes rígidos y repetitivos. En cierta forma, se parecen a un boomerang -esa función de Instagram. Y me da gracia. Los imito. Total, soy más rígido que lo demás. Parece fácil pero no. Soy un inútil. No puedo coordinar los movimientos de mis brazos con los de mis pies.

Al lado se me para un enano. Bah, uno que tiene mi misma altura. Lleva gafas -aunque no hay sol-, está pelado y tiene un tatuaje en su antebrazo. Atrás de su hombro, tiene a su amigo. "Está más duro que la realidad", me comenta.

— ¿Tenés para convidarme un gramo? Yo tengo faso.

— No. No consumo -le explico.

Su amigo está mudo. Tiene las pupilas dilatadas y está, definitivamente, muy rígido -muy duro-. Parece que adolece de articulaciones. Pero el tipo es amable. Me ofrece un trago. Declino su oferta por miedo a que la sustancia esté en el vaso. No tiene pinta de violador pero prefiero no arriesgarme.

— No sé por qué tomo merca. Me queda un gusto ácido en el paladar. Se me pega como moco y estoy todo el tiempo respirando con sabor a ácido. Pero eso significa que aspiré bien.

Me explican. No recuerdo como llegué a esa tertulia de drogas.

Son las tres de la mañana, llevo dos horas adentro. Me duelen las rodillas. No puedo seguir en pie. Quiero sentarme urgentemente. No tengo mejor idea que sentarme arriba de un parlante -al otro día mis oídos lo lamentan-. Un patovica me putea así que me tengo que levantar.

Recorro el boliche y hay algo que me llama la atención de sobremanera. Algo que nunca había visto. En un metro cuadrado entran seis personas. Para pasar debo chocar con todas. Pienso que me arriesgo a recibir un golpe pero no pasa nada de eso. "Uy disculpá", me dicen. "No pasa nada", me responden. En este boliche no debe haber rugbistas, calculo.

Ya no doy más. Me quiero ir. pero son las cuatro recién. Les digo a mis amigos que abandono. Uno decide secundarme. Uno que no está en condiciones ni de emitir vocablos. Salimos. Me despido. "No. Vos estás loco. Te voy a llevar yo". No me suelta. No me deja ir. Tendré que viajar en moto las seis cuadras. No sé qué tan iluminadas estaban esas seis cuadras pero les aseguro que vi la luz.

Antes de subir como acompañante tomé mi rosario y le pedí a Dios que me lleve a buen destino. Me subo y comienzan y los peores miedo se convierten en realidad. El muy culiado dobla muy abierto, para mi gusto. Frena de golpe, creo. Me hace frío. Me quiero bajar. Quiero caminar. Quiero vivir. Me doy cuenta que así de imbancable es mi vieja cuando yo manejo.

"Andá despacio", le digo. "No seas puto", me contesta. Hasta que al fin veo la esquina. Ni en pedo le pido que doble. Prefiero caminar esos 20 metros hasta la entrada de mi casa. "Dejame acá nomá", le suplico. Lo despido y vuelvo a tomar mi rosario. Esta vez pido por la salud de mi amigo, para que llegue a su casa (Después me confirmó que llegó).


A-Te-Erre, pienso. Nada que ver. Estoy viejo para estas cosas. Mis piernas sufren. Como te extrañé, Netflix.

domingo, 9 de julio de 2017

Elijo quedarme con los buenos momentos

Hoy sos frágil. Tus rulos, que antes brillaban con su color negro, están poblados de canas. Cada vez están más débiles. Cada vez tenes menos. Hoy estás petiza. Yo te sobrepasé en altura. Ya no sos esa férrea defensora que salía corriendo cuando yo me raspaba las rodillas en la vereda. Ya no vas a putear a los tontos grandes que me metían zancadillas traicioneras en los fútbol de calle. Ya no tenés fuerzas para retar a quienes me decían "negro" cuando era niño.

Hoy estás sola, como yo. Hoy estás viuda y yo huérfano. El gringo ya no está para retarnos, hacernos renegar, para abrazarnos. Hoy tus cuencas tienen arrugas cada vez más prominentes. Como estarás de débil que ya no tenés fuerza para caminar las seis cuadras que te separan de la iglesia. Como estarás de mal que tu cabeza ya no la pasa bien.

(Paro de escribir para llorar un rato).

Hoy peleas cuando no deberías hacerlo. Hoy puteas cuando deberías estar descansando. Hoy fabulás cuando deberías estar disfrutando. ¿Por qué así? ¿Por qué no podés quedarte tranquilita? ¿Por qué no podés abandonar esos caprichos burgueses que siempre tuviste? ¿Por qué querés aislarte en lugar de disfrutar de tus nietos? ¿Por qué? Quizás tu partida te afectó más de lo que debiera. ¿Por qué soy tan egoísta? Quizás porque no quiero verte mal y porque quiero que disfrutés tus últimos años a mi lado. Alejada de todos quienes buscan enchastrar nuestra relación.

No. Vos no sos esa bruja solitaria y débil de ahora. Vos sos más que eso. O lo fuiste.

De niño era torpe y colgado. Desearía decir que cambié en mi adolescencia pero no. Pasaba mis tardes jugando en la plaza del centro de Aguilares. Amaba en las hamacas. Aunque siempre estuvieran pobladas de niños mayores. Niños que saltaban. Niños que llevaban a la máxima altura sus asientos. Me sorprendían y me colgaba tanto viéndolos que no noté que uno de ellos se dirigía directo hacia mi cabeza.

Me hice mierda. Era la primera vez que me sangraba mi cabeza. Estaba asustado y un tanto mareado. Pero no es eso lo que más recuerdo. Volví a la casa de ella desparramando lágrimas en cada cuadra. La cara hinchada y colorada. Vos estabas en la puerta. Tiraste tu cigarro antes de entrar -porque al abuelo no le gustaba- y me viste. Saliste corriendo en mi auxilio. Te inclinaste un poco y me acunaste en tus brazos. Pegaste un grito. Y me apretaste contra tu cuello. Yo seguía llorando.

Me metiste en tu casa. Me secaste las lágrimas. Me pusiste hielo y me limpiaste la sangre que tenía en el cabello. Seguía llorando -era muy maricón-. Inmediatamente me preguntaste quién me había herido tan gravemente. Quién había sido el bruto que me había lastimado. Dejaste el amor maternal y te transformaste en un león. Siempre tuve la certeza de que hubieras sido capaz de cagar a trompadas a Tyson por mí. Y me repetiste: "¿Quién te hizo eso?". Yo, con la voz tímida y quebrada, respondí: "Unos chiquitos grandes". "Ya los voy a agarrar con el cinto", me prometiste.

Ustedes creerán que estoy fabulando. Dirán que exagero pero no. Con pollera, musculosa y un cinto en la cartera, mi abuela salió a la calle. Fue en busca de la justicia por mano propia. Para vengar a su pequeño nieto. Para lástimar a niños que ni siquiera me habían herido con intención. Y no, no se preocupen: no lastimó a nadie. Simplemente lo hizo para tranquilizarme. Para mostrarme lo que era capaz de hacer por mí.

Esa eras vos, mi abuela. Eras una fiera con quien se metía conmigo. Y, aunque a los envidiosos les molestaba, siempre estuve orgulloso de saber de que era tu favorito.


Hoy, los años te pasaron por encima. La soledad se apoderó por vos. Tu memoria falla. Falla mucho y te hace imaginar muchas cosas. Pero a mi no me importa. Para mi seguirás siendo mi más férrea defensora. Y siempre elegiré quedarme con los buenos momentos, abuela querida.

sábado, 17 de junio de 2017

Nuestro primer abrazo

La vida es irónica, inoportuna e inesperada. Eso aprendí aquel nefasto día.

El gringo yacía pálido en su cama. Ya no estaba más con nosotros. El viejo era muy grande para este mundo terrenal, por lo que decidió volverse eterno. Cosa que entenderíamos más tarde porque en ese instante, ambos, nos sentimos muertos en vida.

Tuviste que viajar, sabrá Dios con que rostro, hacia Aguilares. Sólo para ver al hombre que te dio la vida en ruina. Ese día te vi llorar por primera vez en mi vida. Antes, no creía que eso era posible.

En el zaguán de mi abuela (tu mamá) nuestros rostros se enfrentaron. Ojos rojos, cachetes hinchados y la frente arrugada. ¿Eras vos? Sí. Ese día te conocí. Dimos tres pasos, pegué la cabeza en tu hombro y vos pegaste la tuya en el mío. Manché tu camisa y vos mojaste mi remera. El momento debió durar unos segundos pero para mi fue una eternidad. Nuestro primer abrazo tras 18 años.

Siempre fuimos fríos. Machos que se respetaban. Hombres que no lloraban. Tercos que no escuchaban. Pedantes que peleaban entre ellos. Bestias que discutían para imponer su cosmovisión al otro. Para colmo nunca me dejaste ganar.

Te odié. Y me duele admitirlo pero te odié. Y ahora me odio a mi mismo por haberlo sentido. Quería huir de vos y de tu dictadura de departamento. Alejarme y no verte nunca. No necesitaba del cabeza dura que coartaba mi libertad. Yo podía ser mejor que vos. Construir mi propia vida liberalizada y sin ataduras.

Conseguí trabajo. Bien, estaba cada vez más cerca de mi objetivo. Laburé seis, ocho, diez, doce y hasta catorce horas. Tal y cómo lo hacías tú. Si vos podías, yo también.

Cada vez que me tambaleaba pensaba en vos. Pensaba en ese esfuerzo que realizaste durante años. Trabajar de más sin cobrar una hora extra. Y todo lo hacías ¿para qué? Para que yo tuviera una buena educación, un techo, un plato de comida, ropa. Para que yo malgastara tu esfuerzo en alcohol y salidas los fines de semana. Para que yo estudiara lo que me apasionaba. Para que nunca me faltara un libro. Todo eso hiciste por mi. ¿Y yo qué? Te pagué con ingratitud. Te insulté. Te deseé lo peor. Pero nada te desanimaba. Siempre volvías de tu jornada laboral con un cordial saludo, que poca veces devolvía.

Finalmente, mi ceguera me llevó al abismo. Caí en un pozo profundo. No tenía retorno. Ya no tenía fe. No tenía a nadie. No merecía a nadie. Sólo me restaba esperar que el tiempo acabara con los latidos de mi corazón.

Hasta que una mano llegó de la nada. Estaba ciego pero pude sentir esas grandes manos que antes me habían cargado, que me habían amarrado cuando el gringo se fue. Era vos. Eras vos, viejo. El que, a pesar de todo, nunca me abandonó. 

-Tenés que disfrutar la vida y ser feliz, hijo. Mientras estés con nosotros nunca te va a pasar nada.

Me dijiste.

'Perdón, pa', sólo atiné a responder. Y entre llantos recuperé la vista. Vi tu buzo azul. Esa frente grande -típica de los Cazzullo-, esa ñata prominente -que heredé- y oí esa voz firme -que ambos tenemos-. No sólo me diste la vida, también me la devolviste. Con ese amor paternal que me sacó del foso.

Te amo, viejo. Sólo me resta pedirle a Dios que te haga eterno para surcir todo lo que te hice. Un feliz día se queda corto.




martes, 13 de junio de 2017

Mi negra

Son las 00.30, mi día está llegando a su fin. Llevo una camiseta raída, y mi short de Atlético -ese que necesito extraerme quirúrgicamente-. Veo las finales de la NBA. A Golden State le faltan 10 minutos para coronarse como nuevo campeón del mejor básquet del mundo. Pero hay algo que llama más mi atención. Algo mucho más sorprendente que morochos encestando una pelota a 12 metros. Mucho más impresionante que los modernos estadios. El camarógrafo de ESPN, al parecer, coincide conmigo.

El reloj indica que al partido le quedan cinco minutos y 12 segundos. A pesar de que en la cancha continúan las grandes estrellas como Durant, Curry, James, Irving, Love, Green o Thompson, los lentes enfocan a las tribunas. En ese mar de butacas amarillas, una persona resalta. Negra como el chocolate, petacona y con unos kilos de más. Lleva el pelo corto y unos areted blancos que contrastan con su piel. Ella es Wanda Pratt, mejor conocida como la madre de Kevin Durant.

Un pequeño arroyo de lágrimas surca su rostro. Recorre esos rechonchos y cachetes y desemboca en el suelo. Está feliz, su hijo está a unos minutos de alcanzar su primer anillo de campeonato. Aquel que se le negó en 2012, cuando también tuvo como rival a Lebron James (el mejor jugador de la actualidad).

Wanda es la fanática número de Golden State. Bah, en realidad de KD, como se conoce a Durant. Estuvo presente en cada uno de los 29 estadios de los 30 equipos que componen la NBA (Los Ángeles Lakers y Clippers comparten el mismo estadio). Se convirtió en la jugadora número 12, aunque creo que en este caso sería la sexta jugadora.

El reloj se paraliza cuando quedan 11 segundos. Curry lleva el balón pero sin intenciones de encestar (ya lo había hecho mucho durante el partido). Los jugadores se abrazan, ya se sabe quién será el campeón. De repente, en ese mar de camisetas amarillas, una butaca queda vacía. Las cámaras no encuentran a Wanda Pratt.

Mientras la buscaban, con agilidad de barrabrava argentino, Wanda saltó a la cancha. Corrió hasta el centro del parqué. Necesitaba ver a su bebé. A ese que tuvo a los 18 años.

KD se encontraba abrazando a Lebron James. Cruzaron algunas palabras -calculo que felicitaciones y agradecimientos-. E inmediatamente fue a la mitad de la cancha, como por inercia.

Allí se encontraron. Se detuvieron a cinco pasos el uno del otro. Y, antes de fundirse en un abrazo, realizaron un pequeño baile. Algo que quizás tenían practicado. Algo que quizás realizaban desde que Durant jugaba en canchas de cemento, sin aire acondicionado. Algo que quizás hacían seguido en su departamento sin muebles.

Hace tres años (2014), cuando Durant fue elegido como Most Valuable Player (MVP) dedicó el premio a Wanda. "Cuando algo bueno te pasa yo miro hacia atrás para recordar lo que me trajo hasta aquí. Nos hiciste creer, nos sacaste de las calles y nos llevaste comida a la mesa. Te sacrificaste por nosotros. Tú eres la verdadera MVP", dijo KD al recibir el mayor premio individual de la liga.

El partido ya terminó. Tomo mi celular y entro a Twitter a leer algún comentario bobo, a ver algunos memes y frases rebuscadas de amor. En medio de tanta información encuentro el video del discurso de Durant. Lo veo tres, cuatro y hasta cinco veces. Me detengo en una parte: "Cuando algo bueno te pasa yo miro hacia atrás para recordar lo que me trajo hasta aquí".

Mi memoria fue invadida por la nostalgia. Por el día más feliz de mi vida. El día que me recibí. Ella estaba ahí. Vestida de blanco. Con los pomulos bordeándole los ojos y una sonrisa que trataba de ser fuerte para que las lágrimas no inundaran su rostro -cosa que luego no pudo hacer-.

Cerré mi exposición y sus ojos se convirtieron en agua. Se paró y aplaudió con fuerzas. El profesor pidió que nos retirarámos del aula. Una mera formalidad para debatir la nota (que luego sería un 10, para mi y mis otros dos compañeros).

Afuera del aula no tuvimos un bailecito. No nos gustan las ridiculeces pero sin dudas me diste el abrazo más fuerte de todos. Uno de eso que expulsan a la soledad. Uno de esos que no querés que se acaben. Uno de esos que detienen el tiempo. Los dos quedamos en un mar de lágrimas.

Más tarde me dirías que el día más feliz de mi vida también fue tu día más feliz. Me dirías que estabas orgullosa de mi cuando entré en el diario. Recortarías cada nota que escribiría y la guardarías en un folio.

Hoy, cuando las cosas no me salen tan bien, me acosté en tu regazo. Me acariciaste el pelo y me dijiste: "todo va a estar bien. Mientras estés con nosotros todo va a estar bien, hijito". Una lágrima cayó de mi rostro. Espero que sea la última.

Miré hacia atrás y vi todo lo que me llevó a vivir este momento. Odio. Soberbia. Egoísmo. Todo lo que quiero dejar atrás. Para olvidarlo todo y empezar de nuevo -gracias a vos- bastó una frase:



-Perdón, mami. Te amo y quiero ser bueno.

sábado, 10 de junio de 2017

La chica del sur

Fue increíble pero sucedió. Le bastaron tres días y unas palabras certeras para enamorarme. Cegó mi razón y me abrió las puertas a un paraíso que nunca antes había conocido. ¿Fuimos muy rápido? Obvio pero luego de probar esos labios finos como la seda nada me importó. Mi vida  pasó a un segundo plano. 

Eras de un punto cardinal diferente: del sur. De un pago cuyo nombre no recuerdo. Nuestros cuerpos estaban separados por una gran barrera de kilómetros. Pero, les aseguro, nada distanciaba nuestras mentes.

Por unos días decidimos irnos lejos. Huir hasta de nuestros seres queridos y obligaciones. Vencer a la distancia. Enlazábamos nuestras manos en caminos extraños. Nos besábamos bajo una luna ajena. Y reíamos en una arena que no era de nuestra tierra. Todo lo hacíamos así: juntos.

Nunca olvidaré aquel crepúsculo que compartimos, en aquella modesta habitación. Una tenue luz de televisión nos iluminaba. Un goteo de lavamos sonorizaba el ambiente. Y en el centro estábamos los dos. Fue el día que realizamos la fusión -que yo creí- perfecta -en ese momento.

Pasó el tiempo y otra vez los kilómetros  de dividirnos. Su tarea fue en vano. Al parecer la distancia no sabía que habíamos jurado estar más juntos que nunca. Sólo debía esperar a que tu crecieras y vivieras más cerca.

Y llegó el día. Y en aquel momento te tuve. Y vos me tuviste. Y compartimos cientos de lunas más. Todo era perfecto hasta que llegaron las peleas. Discusiones que nos hicieron añorar los kilómetros de distancia. Ya no era lo mismo. Ya no había amor.

Un mar de lágrimas -de ambos-, un beso en la mejilla, un 'yo te voy a esperar' y una puerta cerrada fue lo último que tuve de vos. Te alejaste y no volviste.

La vida no valía la pena. Llegué a odiarte. Pasé 90 noches en mi balcón observando al astro nocturno, el mismo que un día había sido nuestro. Sólo tenía mi vaso de whisky y mi vidala como fieles compañeros. La verdad que no quería a nadie más. Fue el tiempo en que me hice amigo eterno del insomnio.

Al día 91 me alejé del balcón. Creía que si pasaba más tiempo terminaría saltando. Salí a la calle. Ya era hora de volver a vivir, pensé. Unos amigos, que con cara de lástima me miraban, me presentaron una chica. Sin esperanza y sin ganas de nada acepté conocerla.

Rubia. Ojos verdes. Una figura portentosa. De carácter fuerte pero simpático. Una risa estrepitosa que se fusionaría a la perfección con mi tímida sonrisa. Tenía apenas un defecto. Una falla casi imperceptible: no era vos.

Nuestra primera salida fue un perfecto desastre. Se sentó frente al televisor, no como ella que elegía darle la espalda. Le pusiste sacarina a tu café, ella siempre usaba edulcorante. No me decías 'mi amor', como ella lo hacía. No eras ella. 

Tenía esa odiosa costumbre de compararlas. La rubia perdía en todo. Pero, por algún impulso, seguía con ella. Y, definitivamente, no quería dejarla. Así que tuvimos muchas salidas más.

Aunque mientras más salíamos, más presente tenía a mi chica del sur. Renegaba con ello. Te odiaba. ¿Cómo podías ser un lindo recuerdo si te tenía tan presente?

Mientras tanto, notaba hermosos cambios en la rubia. Ella se acercaba cada vez más a mi. Le gustaba mirarme. Casi tanto como te veía a ti en algún tiempo. Decidí darle una oportunidad. De esa manera la fui queriendo.

Mi chica del sur desapareció una noche. La noche en la que amé por primera vez a la rubia. Un aura de fuego se apoderó de esa habitación y de nuestras almas. Las llamas aumentabab cada vez que nuestros corazones se rozaban. Es cierto, no había tanta pasión pero por primera vez experimenté el amor. El verdadero amor.

La rubia se adueñó de mi ser. En ella encontré al ser con quien quería pasar el resto de mi vida. Y así lo hicimos.

A los tumbos y con esfuerzo nos mantuvimos. Llegó la primera de nuestras niñas. La primera deuda. El primer trabajo. Las primeras ganas de huir, que se disiparon cuando me enteré que sería padre por segunda vez. 

Así nos fuimos amando. Aguantando. Tolerando. Respetando. Juntos dejamos de temerle al futuro.

Estaba de viaje cuando me enteré que sería papá por tercera vez. A cien kilómetros de casa. Lamenté que mi esposa me diera tan grande noticia por teléfono pero a la vez me alegré. Decidí festejar solo.

Manejé por unas calles conocidas. Estacioné en una cuadra que ya antes había visto. Pedí un vino, que anteriormente había pedido, en un bar, en el que antes había bebido. Acompañé el elixir con una buena carne roja. Sí, antes la había pedido. Hasta que algo que nunca antes había visto irrumpió en ese momento de festejo solitario.

Una pequeña niña de pelo trenzado entró empujando un coche al bar. Atrás la escoltaba una verdadera señorita -más tarde me enteraría que era su hermana mayor-. Terminando esa fila india de mujeres estaba ella, mi chica del sur. Mi corazón palpitó. Los años no habían lacerado ese bello rostro. La figura, aunque un poco desgastada, continuaba allí. Llevabas un sombrero de verano. Eras toda una señora.

Como un muerto en vida dejé mi plato. Caminé a paso de hormiga y te toqué el hombro:

-Qué alegría verte después de tantos años.

Me dijiste. Quedé mudo. Quedé viendo esos ojos que antes encerraban la eternidad. Me detuve sobre esos labios que alguna vez habían sido míos.

-El gusto es mío -te respondí-. ¿Son tus niñas? -pregunté.

Me presentó frente a las tres. A la más grande le dijo 'este es el señor del que alguna vez te hablé', le explicó a la mayor. ¿Qué historia nuestra habrás contado?

-Vení a casa a tomar un café, por favor.

Me dijo. Nunca creí que intentaras algo pero decliné tu invitación. Comí. Pagué. Y volví al auto.

En el volante, sobre la ruta, observando los cañaverales, pensé en lo lindo que fue verte. En lo mucho que gané. En lo lindo que fue tener un buen recuerdo de alguien que un día amé.