Oscuridad. El negro más puro de todos. No sé si mis ojos están abiertos o cerrados. Sé que es un lugar triste. Lo percibo en el ambiente. Un vaho húmedo se impregna en mi rostro. Ya sé dónde estoy. No puedo creer que haya llegado hasta acá para arrojar mis tesoros: materia intangible.
Realizo un viaje onírico para llegar hacia ese lugar tan recóndito. Atravieso tristezas y alegrías; recorro dolores y pasiones. Hay de todo y me sorprende. No puedo creer que en un lugar tan oscuro esté un viaje tan hermoso, un beso tan mojado y hasta una cena de egresados ¿Cómo habrán llegado hasta acá?
Todo se borra ante mí. Los atomos más pequeños son exterminados en este vacío. Pienso un poco, un solo segundo. Hasta que por fin decido arrojar la bolsa con basura.
Suelto la materia inerte. La dejo al lado de las demás mentiras que viví. Allí se quedarán para siempre. Hoy firmo su sentencia de muerte: no hay nada peor para un recuerdo que morir en el rincón más oscuro del olvido.
Camino. No quiero voltear mi cuello. Con cada paso me desprendo de un momento. Allá se va esa lluvia torrencial que me perseguía. Veo pasar, como si fuera ayer, ese frío día de junio. Me duele alejarme de tantos festejos, tantas risas. Pero al final de todo confirmé lo peor: eran mentiras. Tienen bien ganada su sepultura en ese cuarto oscuro.
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