Todavía recuerdo el día en que nació.
Aguilares estaba helado, a pesar de que sólo faltaban 19 días para la primavera. Mis papás nos habían dejado en la casa de mis abuelos para hacer un viaje rápido a Tucumán, para traerte.
No sé por qué -quizás por sorpresa- mis papás nunca me habían contado tu sexo. Ya tenía dos hermanas y vivía con mamá; papá no estaba en Aguilares (por motivos laborales), ya no quería más mujeres. Quería que sea varón. Quería un hermanito. Alguien con quién compartir la pelota.
Me despertaron a las ocho. "Va a nacer tu hermanito", me dijeron. Yo sólo atiné a llorar de manera inexplicable e inconsolable. Me revolcaba y pataleaba en el colchón. "Dios quiera que sea varón", sollozaba. Una tía me escuchó y se acercó para consolarme. "Quedate tranquilo", me dijo. "Vas a tener un hermanito", y me arrancó una sonrisa incomensurable.
Yo elegí su nombre. No recuerdo dónde lo había escuchado pero sé que me encantaba la palabra Matías. No sé de dónde la habré sacado porque no conocía nadie con ese nombre y a esa edad no sabía leer. Más tarde, mi papá querría robarme el crédito. El viejo argüía que era el nombre del apóstol que reemplazo a Judas luego de que el traidor entregara a Jesús.
Llegaste con 4 kilos, 100 gramos y una prominente cabeza. Una gigante cabeza: tamaño planeta. "Cómo debe haber sufrido la mamá", pensaría años más tarde. Estabas envuelto en una mantita blanca cuando te vi. Eras totalmente opuesto a mí -lo seguís siendo-. Blanco, rubio, ojitos cerrados. Quería cargarte pero todavía no tenía fuerzas. Te quería mucho, hermano. Me imaginaba jugando a los soldaditos, a los autitos, al fútbol con vos. Lamento nunca haber hecho eso, hermano.
Con los años me fui convirtiendo en lo que hoy me avergüenza, en lo que hoy me persigue. Nunca compartí mis juguetes con vos, no me acercaba a patear la pelota. Te ignoraba y -por motivos que prefiero no recordar- no te quería. Todo empeoró cuando aprendiste a hablar. No te callabas y me exasperabas. Huía de vos. Trataba de escapar. Duele recordarlo. Duele mucho.
El momento más duro lo viví unos años después, cuando comenzabas a escribir. Tenías un diario y en el plasmaste las palabras más duras que alguna vez leí. La página decía: "Mi sueño es que alguna vez mi hermano luisito me quiera". No te merecía -aún no te merezcó-, querido cabezón.
Conocí a alguien que sería mi guía y mi ejemplo durante un corto tiempo. Pero el tiempo suficiente para apreciarte, para darme cuenta lo que eras. Aunque ya no vea esa persona, siempre le agradeceré por haber abierto mis ojos.
Qué cagón. Nunca te pedí disculpas en persona. Lo hice por chat, pero creeme que lloré. Me saqué un gran peso luego de haberte pedido perdón. Fui la persona más feliz del mundo cuando me di cuenta que te tenía. Cuando aceptaste olvidar todos mis errores. Te quiero, me escribiste.
Así nos fuimos acercando. Por medio de partidos de play. A través de los libros y nuestro fanatismo por Stephen King: armamos nuestra propia colección. Compartimos recitales, los primeros a los que fui. Que bien se sentía estar a tu lado, hermano. Nos faltó estar en un pogo, pero los dos somos aburridos por lo visto.
Gracias Dios por haberme dado un hermano tan único: sensible, músico, escritor y, por sobre todo, grandísima persona. Ojalá compartamos 100 años juntos más. Ojalá la parca me busque primero porque no soportaría perderte a vos, mi gran pilar. Sos esa muleta que me impulsó a seguir adelante en este año tan complicado. Gracias, hermano, porque nunca te lo dije.