domingo, 24 de septiembre de 2017

No me digan que está mal

No. No le digan que está mal. Ella está bien. Ustedes son los que miran diferente.

No. No me digan que su memoria está mal. Quizás sean ustedes los que no recuerdan bien. Pero de ninguna manera ella está mal. ¿Para qué necesita saberse los cumpleaños? A nadie le importan. ¿Por qué tiene que acordarse lo que comió a la mañana?

No. No me le griten ni la reten. Ella es así. Dejenlá en paz. Lo que ella dice es la verdad. Así que callensé. Ustedes son los impacientes, ella es perfecta.

No. No se quejen de sus puteadas. Son lo mejor que tiene. Ella puede expresarse así cuando lo desee.

No. No critiquen su estrepitosa risa. En mis oídos suena como melodía. La necesito, es mi infancia.


¿Por qué?, se preguntarán. Porque es mi reina. Porque tiene cien mil defectos pero es imposible no quererla. Ella es así. No me la cambien porque me muero.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Mi sombra

Me seguía a todos lados. No me dejaba estar solo nunca. Siempre detrás de mis hombros. Me miraba y me protegía. Me daba ese aliento incondicional. Era mi mayor -y único- fanático. Era mi sombra. Sí, eso era el gringo.

La noche de sábado rodea Aguilares con ese clima de jolgorio y ganas de descorchar vino. Pero yo no me doy cuenta. Estoy con ganas de escribir. Ganas de recordarte. Ganas de soltar toda esa tristeza que porto. Ganas de abrazarte y colgarme de tus cuellos. Ganas de escuchar tus historias raras. Ganas de caminar a tu lado, como lo hacía desde niño. Ganas de leer cuentos. Ganas de que me putees por ver tele. Ganas de que me recomendés libros -Oh, abuelo, siempre rechacé tus textos-. Estoy con ganas de todo eso. Pero ya no se puede.

Me estoy volviendo loco, pienso. No puedo creer lo que siento. ¿Sera cierto o estoy alucinando? No lo se. Prefiero pensar que Dios te dejó bajar unos minutos porque siento tu perfume: esa combinación de colonia tanguera y fuertes desodorantes, esos que no tienen marca.

Quisiera que bajés un largo rato. Tengo la imperiosa necesidad de tomar un café con vos. Necesito tu consuelo, tu guía. Necesito pedirte perdón. Necesito decirte que por acá está todo bien: me recibí, trabajé en el diario que leías en el desayuno, en la radio que escuchabas. Tuve el placer de contar una historia, como las que vos me narrabas a las noches. Pasó tanto en estos cuatro años.

Me levanto porque el corazón no me aguanta. Necesito tomar aire. Atravieso el living, la cocina, la araña de rincón me mira -¡hija de puta!-, continúo hasta el patio, cruzo las escaleras y llego a la terraza. Allí donde me fui a refugiar el día que te fuiste. No paro de cavilar, de recordar. No paro de pensar en ese piso. Ese suelo mojado. Esas baldozas heladas que fueron tu última cama. Basta.

Vuelvo a la cama. Escribir me calma, me sosiega. Otra vez tu perfume entra por mi fosas nasales. Al parecer Dios te prestó un buen rato -se lo agradezco-. Dejo de lado esas imágenes tristes y sombrías. Corro hacia el rincón en el que estás para darte un abrazo onírico. Uno de esos atraviesan mundos. En ese momento me olvido de la soledad, el desempleo y la inestabilidad económica. En tus brazos astrales encuentro el consuelo que necesito.

Te veo. Estás ahí, alentándome en Newbery; aplaudiendo el día en que fui abanderado. Estás ahí, llorando el día en que la inestabilidad ecónomica nos separó. Estás ahí, gringo. Seguís ahí, porque sos mi sombra. Más que nunca necesito esa mirada y ese aliento, abuelo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Cabezón

Todavía recuerdo el día en que nació.

Aguilares estaba helado, a pesar de que sólo faltaban 19 días para la primavera. Mis papás nos habían dejado en la casa de mis abuelos para hacer un viaje rápido a Tucumán, para traerte.

No sé por qué -quizás por sorpresa- mis papás nunca me habían contado tu sexo. Ya tenía dos hermanas y vivía con mamá; papá no estaba en Aguilares (por motivos laborales), ya no quería más mujeres. Quería que sea varón. Quería un hermanito. Alguien con quién compartir la pelota.

Me despertaron a las ocho. "Va a nacer tu hermanito", me dijeron. Yo sólo atiné a llorar  de manera inexplicable e inconsolable. Me revolcaba y pataleaba en el colchón. "Dios quiera que sea varón", sollozaba. Una tía me escuchó y se acercó para consolarme. "Quedate tranquilo", me dijo. "Vas a tener un hermanito", y me arrancó una sonrisa incomensurable.

Yo elegí su nombre. No recuerdo dónde lo había escuchado pero sé que me encantaba la palabra Matías. No sé de dónde la habré sacado porque no conocía nadie con ese nombre y a esa edad no sabía leer. Más tarde, mi papá querría robarme el crédito. El viejo argüía que era el nombre del apóstol que reemplazo a Judas luego de que el traidor entregara a Jesús.

Llegaste con 4 kilos, 100 gramos y una prominente cabeza. Una gigante cabeza: tamaño planeta. "Cómo debe haber sufrido la mamá", pensaría años más tarde. Estabas envuelto en una mantita blanca cuando te vi. Eras totalmente opuesto a mí -lo seguís siendo-. Blanco, rubio, ojitos cerrados. Quería cargarte pero todavía no tenía fuerzas. Te quería mucho, hermano. Me imaginaba jugando a los soldaditos, a los autitos, al fútbol con vos. Lamento nunca haber hecho eso, hermano.

Con los años me fui convirtiendo en lo que hoy me avergüenza, en lo que hoy me persigue. Nunca compartí mis juguetes con vos, no me acercaba a patear la pelota. Te ignoraba y -por motivos que prefiero no recordar- no te quería. Todo empeoró cuando aprendiste a hablar. No te callabas y me exasperabas. Huía de vos. Trataba de escapar. Duele recordarlo. Duele mucho.

El momento más duro lo viví unos años después, cuando comenzabas a escribir. Tenías un diario y en el plasmaste las palabras más duras que alguna vez leí. La página decía: "Mi sueño es que alguna vez mi hermano luisito me quiera". No te merecía -aún no te merezcó-, querido cabezón.

Conocí a alguien que sería mi guía y mi ejemplo durante un corto tiempo. Pero el tiempo suficiente para apreciarte, para darme cuenta lo que eras. Aunque ya no vea esa persona, siempre le agradeceré por haber abierto mis ojos.

Qué cagón. Nunca te pedí disculpas en persona. Lo hice por chat, pero creeme que lloré. Me saqué un gran peso luego de haberte pedido perdón. Fui la persona más feliz del mundo cuando me di cuenta que te tenía. Cuando aceptaste olvidar todos mis errores. Te quiero, me escribiste.

Así nos fuimos acercando. Por medio de partidos de play. A través de los libros y nuestro fanatismo por Stephen King: armamos nuestra propia colección. Compartimos recitales, los primeros a los que fui. Que bien se sentía estar a tu lado, hermano. Nos faltó estar en un pogo, pero los dos somos aburridos por lo visto. 

Gracias Dios por haberme dado un hermano tan único: sensible, músico, escritor y, por sobre todo, grandísima persona. Ojalá compartamos 100 años juntos más. Ojalá la parca me busque primero porque no soportaría perderte a vos, mi gran pilar. Sos esa muleta que me impulsó a seguir adelante en este año tan complicado. Gracias, hermano, porque nunca te lo dije.