sábado, 9 de septiembre de 2017

Mi sombra

Me seguía a todos lados. No me dejaba estar solo nunca. Siempre detrás de mis hombros. Me miraba y me protegía. Me daba ese aliento incondicional. Era mi mayor -y único- fanático. Era mi sombra. Sí, eso era el gringo.

La noche de sábado rodea Aguilares con ese clima de jolgorio y ganas de descorchar vino. Pero yo no me doy cuenta. Estoy con ganas de escribir. Ganas de recordarte. Ganas de soltar toda esa tristeza que porto. Ganas de abrazarte y colgarme de tus cuellos. Ganas de escuchar tus historias raras. Ganas de caminar a tu lado, como lo hacía desde niño. Ganas de leer cuentos. Ganas de que me putees por ver tele. Ganas de que me recomendés libros -Oh, abuelo, siempre rechacé tus textos-. Estoy con ganas de todo eso. Pero ya no se puede.

Me estoy volviendo loco, pienso. No puedo creer lo que siento. ¿Sera cierto o estoy alucinando? No lo se. Prefiero pensar que Dios te dejó bajar unos minutos porque siento tu perfume: esa combinación de colonia tanguera y fuertes desodorantes, esos que no tienen marca.

Quisiera que bajés un largo rato. Tengo la imperiosa necesidad de tomar un café con vos. Necesito tu consuelo, tu guía. Necesito pedirte perdón. Necesito decirte que por acá está todo bien: me recibí, trabajé en el diario que leías en el desayuno, en la radio que escuchabas. Tuve el placer de contar una historia, como las que vos me narrabas a las noches. Pasó tanto en estos cuatro años.

Me levanto porque el corazón no me aguanta. Necesito tomar aire. Atravieso el living, la cocina, la araña de rincón me mira -¡hija de puta!-, continúo hasta el patio, cruzo las escaleras y llego a la terraza. Allí donde me fui a refugiar el día que te fuiste. No paro de cavilar, de recordar. No paro de pensar en ese piso. Ese suelo mojado. Esas baldozas heladas que fueron tu última cama. Basta.

Vuelvo a la cama. Escribir me calma, me sosiega. Otra vez tu perfume entra por mi fosas nasales. Al parecer Dios te prestó un buen rato -se lo agradezco-. Dejo de lado esas imágenes tristes y sombrías. Corro hacia el rincón en el que estás para darte un abrazo onírico. Uno de esos atraviesan mundos. En ese momento me olvido de la soledad, el desempleo y la inestabilidad económica. En tus brazos astrales encuentro el consuelo que necesito.

Te veo. Estás ahí, alentándome en Newbery; aplaudiendo el día en que fui abanderado. Estás ahí, llorando el día en que la inestabilidad ecónomica nos separó. Estás ahí, gringo. Seguís ahí, porque sos mi sombra. Más que nunca necesito esa mirada y ese aliento, abuelo.

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