lunes, 24 de julio de 2017

Escritura salvadora

Y así cristo se presentó ante mi. No tenía pelo larga ni una prominente barba. Tenía la forma de una hoja en blanco y un lápiz.

sábado, 22 de julio de 2017

Desvestir

Y allí me di cuenta: no fue amor, fue cariño. Mucho cariño. Demasiado, excesivo. Pero de ninguna manera podría llamarlo amor. Sería una falta de respeto. El amor era demasiado grande para dos seres tan nimios.

miércoles, 19 de julio de 2017

Esos locos que me encontré

Son la birra. Son la risa. Son -parte de- mi alegría. Son el boliche, los pasitos patéticos, las gordas comidas. Son las fotos en puntitas de pie, las caras percanteras y los me gusta mala leche. Son muy narcisistas, locos. Son el vomito limpiado, las carcajadas más largas que he pegado, los ratones que no ponen para el fernet. Son los me gusta de hace 92 semanas, los chats a personas equivocadas, las invitaciones a minas horribles -ya se creía lindo él-. Son los chamuyos inimaginables, los compañeros de encare, los que se sacrifican por el bien del otro. Son los preservativos prestados, los autos estacionados, los falsos polvos descubiertos. Son mis mejores consejeros. Son el bullying, las bromas y las burlas. Son las gastadas, las cargadas de mal gusto, el humor negro. Son el sol que quema la vista a las siete de la mañana, pero también el choripan que perfora el hígado.

Son el asado arrebatado, choripan quemado, los cortes muy salados. Son las cenas, las tertulias, las reflexiones de ebrio a las 6 de la mañana. El vino derramado, mis camisas manchadas, los niños que tengo que cuidar cuando se machan. Son los buenos y los malos consejos; los escuchados y los desoídos; los practicados y los ignorados.

Son las meriendas, los chismes y las orejas rojas. Son los kamikazes en motos, las imprudencias en auto, los que eluden los controles policiales con gran facilidad. Son el humo del cigarro, el aroma a whisky barato, el exceso en perfume -no, no les queda bien-. Son los días buenos pero también los grises -no cualquiera está en las malas-. Ustedes son los primeros que aparecieron cuando el gringo me dejó. Los que me prestaron sus hombros cuando la Elenita partió. Los que me prestaron sus orejas cuando me quede sólo, sumido en la peor oscuridad. Ustedes son luz. Son la felicidad en su máxima expresión

No, no puedo mencionar a todos los hermanos que tengo. Pero por suerte, puedo decir que son muchos. Por suerte, puedo decir que estoy feliz de haber conocido, abrazado y aconsejado a cada uno de ellos. Feliz día. Algún día llenare páginas con nuestras locuras. Hoy sólo quiero recordarles todo lo que son para mí.

domingo, 16 de julio de 2017

Lloré como chinita

Soy una contradicción andante. Los que me conocen podrán corroborarlo. Me cuesta mucho conjugar mis palabras con mis acciones. Eso, sobre todo, lo demostré el día más feliz de mi vida: un 24 de noviembre.

Hacía mucho calor. Demasiado calor. Si mal no recuerdo el termómetro rozaba los 35º C. Pero para mi cuerpo eran como 50ºC. Los nervios y el traje cambiaron mi temperatura corporal. El saco y la corbata me pesaban como una cruz.

Salí una hora antes de mi casa. Quería caminar por el centro y, de paso, aflojar los zapatos que estrenaba. Aproveché para ir muy lento, demasiado lento. Me tomaba cuatro minutos caminar una cuadra. Los pies me dolían pero disfrutaba del cielo despejado y del ardiente sol. Aproveché para ver las vidrieras. Saludar a los personajes que había en la peatonal. Todo para retrasar la llegada al camino. Nervios traicioneros.

Pasé la tarjeta. Me trabé con los molinetes. Mal augurio, pensé en ese momento. Rostro adusto avancé hasta el patio de la facultad. El verde de las plantas me tranquilizó; el aroma de las mandarinas me calmó; las aves que paseaban por allí me llenaron de paz.

Con rostro adusto saludé a todos los que se acercaban para desearme suerte. No era por ortiva, era porque estaba enfocado en una sola cosa: no trabarme a la hora de defender la tesis. Sí, es algo muy difícil cuando sos un toque -bastante- tartamudo.

Recibí halagos por mi traje. Críticas porque no tenía el último botón de la camisa prendido -desventajas de ser gordo-. Insultos por mi barba de algunos días. Pero no me importaba nada. Estaba centrado en mi único objetivo: diganmé licenciado. Ni siquiera pensaba en la borrachera que tendría cuatro horas después.

Fotos. Saludos con familiares. Recibir deseos. Armar el banner. Hacer chistes descontracturadores. Tomar agua -mucha agua-. Todo en la previa. Pero nada me distraía. Mi mente tenía la mira centrada en las palabras con la que abría mi exposición: "Nuestro marco teórico estuvo asentado en cinco pilares...".

Llegó la hora. Entramos al aula. Familiares impuntuales acrecentaban las gotas de transpiración en mi frente. Una presentación extraña dentro de la exposición. Risas de profesores. Y así hasta que, con quince minutos de retraso, sonó el silbato.

No hablaré de lo perfecta que nos salió la defensa. No es soberbia, es la realidad: fue perfecta. No hablaré de lo rápido que hablé. Lo nervioso que estaba con cada foto. Lo ciego que estaba: había tantas personas que no veía a nadie. Ni siquiera mencionaré el diez que recibimos. A pesar de los nervios, nunca dudé que mis compañeros me llevarían al diez. Todo el trabajo fue de ellos, no dudo en reconocerlo.

Pasaré a la parte importante: el momento en el que lloré como chinita. Salí del aula, los profesores necesitaban deliberar la nota. Abracé a mis compañeros, mis hermanos, mis padres, mis abuelos, los familiares de mis compañeros. A todos. Ya no quedaba nada, los nervios habían sido eliminados.

Volvimos al aula. Diez, dijo el tribunal. Aplausos. Sonrisas entre los tres que éramos oficialmente licenciados. Pero llegó el momento. "Ahora los licenciados van a leer sus agradecimientos", dijo el profe. 

Todo el año había dicho que no me emocionaría. Que los payasos lloraban. Que era de putos llorar. Que era de ridículos ¿Ven soy una contradicción andante?

Tomé el libro. Fui hacia la parte de agradecimientos y comencé a leer: "Quiero empezar reconociendo el trabajo de Álvaro Aurane". No aguanté mucho. Comencé a carraspear, mis cuerdas vocales se volvieron asperas. Aclaré la garganta me disculpé y continué. Sólo llegué a agradecerle a mi director de tesis.

Apareciste vos. Tu pelada, tu dentadura postiza y tu perfume. Apareciste vos retándome, vos cargándome, vos abrazándome, vos peleándole a tu diabetes. Vos, gringo. Vos, estabas ahí. "Gracias a mis abuelos", dije y no aguanté. Mi voz se quebró notablemente, me vine abajo. "Uno la estrella que ilumina mi cielo...". Me disculpé, dije que no podía seguir y le pedí al profesor que continuara.

Lloré mucho. Nunca había llorado así. No tenía consuelo. Aunque no lo necesitaba, sólo quería llorar. No quería mirar a nadie. Me daba vergüenza llorar tanto. Ya habían terminado mis agradecimiento y mi llanto no cesaba. No era solo el gringo, era el fin del camino. Eran mis primeros tres parciales gomeados, eran todos mis amigos, eran mis compañeros. Era despedirme de cuatro años. Mis ojos se agrietaron, se pusieron rojos, mis pómulos se hincharon, mi nariz se pobló de mocos, mi cabeza de añoranzas, todo en los cinco minutos que duraron los agradecimientos.


Ahí estaba el payaso que no lloraba. Ahí estaba el que tenía ojos de piedra. Ahí estaba el que se burlaba de los que lloraban. Ahí estaba yo: la contradicción andante.

viernes, 14 de julio de 2017

En el pie del monte

«Gracias al mas alto
ya estas vivo el Dios
creador te ha bendecido el te dio la vida
y ha dejado que tu escojas el camino»

Te das la vuelta por un segundo y te das cuenta que dejaste atrás la montaña. La mirás. Suspirás. Una lágrima rueda por tus mejillas y moja los cordones de tus zapatillas. ¡Qué tiempos! ¡Cuántos compañeros! ¡Cuántas noches de locura! ¡Cuántos amigos! ¡Cuántos desconocidos! ¡Cuántas subidas! ¡Cuántas caídas! Sí, les pasa a todos. Añoran los momentos de la anterior montaña cuando están en otro camino. No está mal. Hacés bien. Pero, mejor, pensás que esos recuerdos -aunque buenos- serán reemplazados por otros mejores en tu nuevo periplo.

«Allá voy, contra viento y marea», das los primeros pasos con las pastillas en tus auriculares. Es fundamental. Te reís: la letra describe tu momento con precisión. Te calzás la capucha porque te acordás de Rocky y porque sos muy fantasma. También porque no querés darte la vuelta ni mirar a los costados. Estás totalmente centrado. Hace mucho que no estabas así.

Corrés en medio de yuyos. Conocés nuevos viajeros. Te acompañan hasta cierta parte. Aprendés. No parás de aprender. Estás muy feliz. Cómo extrañabas esa sonrisa. Cómo deseabas alejar esas asquerosas lágrimas. Cómo querías callar esos llantos imbéciles e innecesarios. Te das cuenta que, aunque alta, la nueva montaña no es tan diferente a la anterior. Hay gente nueva y vieja. Amigos y extraños por conocer. Te acercás a ellos. Ya no sos un misántropo. Todavía no sos simpático pero lo intentás. Así aprendés que las nuevas personas también pueden ayudarte a crecer y a seguir aprendiendo. Aun las más nimias.

Cae la noche pero tus pies no se detienen ni un segundo. Ya enfrentaste a la oscuridad, no le tenés miedo. Se raspan. Se cansan. Se lastiman. Pero qué te importa eso. Vos seguís embalado. Ignorando, a veces, a los que te acompañan. Adelantándote demasiado. Creyendo que mañana estarás acampando en la cima. Pero no, amigo. Sólo lográs toparte con la mismísima realidad.

Fallás. Te quejás. Empezás a ver los primeros indicios de valles. Ya no podés ver la cima: la vegetación se volvió demasiado espesa. Tus rodillas te duelen. No soportás el dolor. Te sentás y mirás atrás. A lo lejos se ve esa cumbre que escalaste, que pasaste con facilidad, en la que anidaste tanto tiempo. Es tan hermoso el pasado, es tan lindo reírse de la memoria, es tan...hora de armar campamento y dormir. Estoy cansado.

Un sol indiferente te despierta con sus insoportables rayos. Maldita luz. Ya no querés levantarte, querés seguir contemplando el camino recorrido y no el sendero que te queda por recorrer. Ves pasar los viajeros. No los saludás. Te quedás mudo. Hasta que un viajero se percata de tu rostro sombrío. Se da cuenta de la oscuridad que inunda tus mejillas. Tiene tu altura, un pelo lacio y sedoso -te dan ganas de tocarlo-, lleva una sonrisa en su blanco rostro. Te sonríe, le devuelves la sonrisa -aunque no quieres-. «Mi friend, escucha y no estés triste: hay un lado positivo de lo malo siempre aprendiste», te dice. Llorás. Pero no ese llanto de cobarde. Se parece más bien a la risa. Te reís con lágrimas en los ojos. 

Levantás el campamento y la seguís. Pero sólo hasta cierto punto. Se separan. Ella nunca se dara cuenta de lo feliz que te hizo. Nunca entenderá lo importante que fue para vos. ¿Ves? Ya estás forjando buenos recuerdos. No era tan difícil adquirir esa mirada panorámica. Era cuestión de actitud. Y de unos lindos dientes abrazados a unos finos labios para salir.


Desde el pie del monte toda colina parece un Everest. Toda cuesta parece una montaña. Y, es cierto, duele el doble. Pero dejá de quejarte. Nos queda mucho periplo todavía. Poné Zona Ganjah, así vas tranquilo por lo menos.

lunes, 10 de julio de 2017

Mamá, tuve una noche ATR

No quería salir. La idea era sólo tomar unas birras: solucionar los problemas del mundo, armar la formación con la que selección saldrá campeona en la Copa del Mundo de Rusia y reírnos demasiados. No se imaginan lo feo que es solucionar los problemas del planeta y no podés solucionar los que tengo con la soledad. Pero ese es otro tema.

Mi amigo pasó en su moto nueva. Esa que utiliza hasta para ir desde su pieza al baño, esa de la que no puede bajarse. Una enduro, roja, casi tan alta como yo. Tengo que pegar un salto para colocarme en el asiento. Me da miedo: no tengo casco. La moto es fuerte. Siento que me voy para atrás. Temo caerme a la mismísima mierda así que me aferro con toda mi fuerza a los hombros de mi amigo.

Por suerte sólo recorremos una cuadra. Fue innecesario tanto sufrimiento en una cuadra. Nos dirigimos a la barra: dos birras. Dorada, dulce, aroma a miel: la rubia más hermosa. La receta perfecta para la sed y la compañía ideal para una charla. Apenas se siente la música en el ambiente. Al fin recupero la paz.

A la charla se suman personas. Vienen grandes amigos y todo cambia. Lo que parecía ser una amena charla evoluciona en una joda. Promesa de mujeres, alcohol y baile. Estoy re manija. Quiero irme de gira.

Comemos unas papas que tienen mejor sabor que el caviar. Pagamos. Nos vamos. Le robo el casco a mi amigo y me subo a la moto. Al menos esta vez mi cabeza está protegida. Pero igual voy intranquilo. El muy cajetudo maneja como el orto. Bah, en realidad soy muy miedoso. Y, también, amo mucho mi cerebro. No quiero verlo desparramado en el pavimento.

Tengo muchas ganas de salir, tomar cerveza y celebrar. Estoy feliz. Después de una semana bastante intensa vuelvo a sonreír.

No me cambié. No volví a mi casa a buscar perfume. Estoy con las zapatillas más viejas que tengo. Llevo el pantalón azul que uso para trabajar. Abajo tengo la misma remera que uso para dormir, un buzo rojo. Por último, tengo una campera deportiva. Pregunto si está bien ir así. "Ahí van hasta de ojotas", me responden. Eso es suficiente para mí. Aunque luego, arriba de la moto, me arrepentiré: la campera era muy fina. Los vientos de invierno me fusilaron: mis huesos estaban rígidos, mis músculos temblaban como gelatina y los ojos me lloraron como chinita. Debo comprar guantes, agendo.

Llegamos a la casa de un amigo. Un barrio muy amistoso. Sólo se sienten motores de motos. Las personas miran con desconfianza a dos personas subidas en moto, como nosotros. "Hace poco entraron a robar en mi casa", me confirma mi compañero. Pero llegamos. No tenemos heridas, seguimos vivos: fin de la pesadilla, por ahora. Apenas sustos en un lomo de burro que ninguno de los dos vio.

Sigue el escabio. Abro unas cuantas latas y sigo con la birra. Extraño el fernet y el vodka. Pero sé que mañana agradeceré el haber pasado de esas bebidas destrozadoras de hígados.

De repente pinta el hambre. Pidamos una pizza, sanguches, hamburguesas, algo por favor. Pero no. Las intenciones de mis amigos eran más vegetarianas y estéticas.

Una bolsita de consorcio. Bah, en realidad un trocito mínimo de ella. Tenía el tamaño de una uña. Bueno, un poco más grande. Pero lo que importaba era su contenido: lechuga. Sí, o por lo menos algunas hojas verdes. Pensé que necesitaríamos 1000 de esas bolsitas de lechuga para que comamos todos. Había escuchado que las porciones mínimas estaban de moda en los restaurantes. Pero jamás imaginé que mis amigos llegarían a eso.

No sólo fue una noche plagada de farra sino también bastante educativa. Aprendí que no hace falta cuchillo para picar la lechuga. Con gran habilidad, mi amigo la picó con sus uñas. Pienso que eso es muy poco higiénico. Hoy no comeré de eso. También me sorprende que la lechuga no vaya al plato. La enrollan en un papel muy fino. Pero esa no fue mi mayor sorpresa. Pegué un salto al ver que los humos de la lechuga eran buenos para los pulmones. "Lechuga loca", me explicaron que así se llama la especie. Nunca la vi en una verdulería. 

Al comienzo les provoca risa. Sus ojos se ponen colorados. Luego tienen hambre -celebro-. Me ofrecen de su cigarrillo. Pero lo rechazo. Hace muchos años mis pulmones renunciaron al humo. 

Finalmente llegan las pizzas. Las devoro como evacuado. Me mancho con aceite todo. Necesitaba comer.

Cuando ya no quedan ni las aceitunas mis amigos comienzan a arreglarse. Nunca había visto que los hombres se polveen la nariz. Paso, creo que eso atenta contra mi masculinidad: el maquillaje es para mujeres.

Luego de sus arreglos viene la nueva pesadilla. Sacan sus motos y ya mi corazón comienza a latir. Sé que son dos kilómetros hasta el boliche. Mis ojos ven con miedo extremo esa enduro. Roja, se me hace gigante, siento que si me tropiezo será como caer desde una montaña.

Ya estoy arriba. El viento pega como cuchillas en mi cara. Me duele. Trato de cubrirme con la espalda del conductor pero mi cabeza es demasiada grande. Lloro, por primera vez -en mucho tiempo- las lágrimas no son de tristeza sino de dolor. Mis manos cobran vida propia: tiemblan. No puedo controlar el temblor. Está muy frío. Pienso en mi mamá. Su corazón se detendría si me viese en esta moto por la Mate de Luna. Ojalá nunca lea estas líneas.

Vamos a 100 kilómetros por hora por una avenida transitada. Siento que si una hormiga se nos cruza, pasaré al otro mundo. Cada vez que pillamos un desnivel mi alma pasa al otro lado. Tengo miedo. Mucho miedo. Frenamos de golpe, a centímetros de los parachoques. Pasamos en medio de los autos. El desgraciado pasa en rojo. Lo puteo pero no le importa. Y, cuando menos lo esperaba, llegamos. Tardamos tres minutos en recorrer dos kilómetros. Los dos kilómetros más largos de mi vida. Una tortura de 180 segundos. Creo que sólo Dios me permitió escribir estas líneas.

Llegamos tan rápidos que mis otros seis amigos tardaron 10 minutos en alcanzarnos. Tan temprano que todavía no había nadie en la fila. Tan temprano que las puertas todavía estaban cerradas. Cuando al fin llegan todos comienza la repartición de chicles, puchos y de bromas. Tristemente a uno siempre le toca ser el punto de las bromas. Estaba colgado -pensando en ella (?)- y no escuchaba los insultos. Pero una frase llegó a mis oídos y me sorprendió.

—¿Qué flayá, amigo? No hablés giladas. Acá estamos de diez. A-te-erre (a todo ritmo) pá.

A nadie le dio gracia pero yo pegué una carcajada. Me pareció una genialidad del folclore urbano. Festejé el chiste. Supe que sería una gran noche. A-te-erre, papá.

Al fin llegaron los demás. Al fin abrieron. Hicimos fila. Pasamos. Obvio detalles innecesarios. Aunque hago una mención especial a las vendedoras de entradas que se robaron mi corazón.

"Vas a conocer el inframundo", con esa frase me habían descripto el boliche en la previa. Me dio mucha gracia en ese momento. Pensaba que era una hermosa hipérbole. Hasta el momento en que crucé esas puertas y lo corroboré con mis propios ojos.

Todo estaba oscuro. En el techo, unas luces con formas extrañas eran la única iluminación del lugar. No se ve una mierda, pensé. Todo era tan distinto. Nunca había estado en un boliche así. Me pregunté si venderían tragos o drogas.

Hasta la gente era diferente. Nunca había visto tantas minas con mangas tatuadas. Nunca había visto tantas mujeres con rastas en un mismo lugar. No sabía que había minas tan bonitas. Las había de todo tipo: gordas, flacas, altas, bajas, homosexuales, heterosexuales, bisexuales. No sabía que en tan pocos metros cuadrados podía caber tanto sexo.

Camino por el boliche. Me asombra como las hormonas florecen. Me sorprende el olor a sexo. No entiendo por qué chapan con tanta violencia. Por qué se estampan así contra la pared. Pienso que, en parte, envidio a esos locos.

Quiero chaparme a la rubita con anteojos que hace rato me observa con mirada lasciva. Me reviso la nariz para ver si un intruso en mi nariz es el que atrae su mirada pero no. No hay nada. Estoy limpio. Inflo el pecho, me le acerco, le cruzo una mirada. Intento hablarle pero me corre el rostro. Escucho risas, me da un poco de vergüenza. Pienso que, tal vez, así se sintió Boateng cuando Messi le quebró la cadera. "Qué hija de puta", le digo a los vaguitos que se ríen. "Esa e' calienta pingo nomá, amigo", me dicen. Otra más, pienso.

La música es rara. No tiene letra. Bah, en la pista de atrás sí pero no estuvimos mucho allí. En estos momentos extraño a Chiquino, Leo Mattioli, Pablito Lezcano. Añoro el ritmo de un güiro. Deseo canciones que tengan letras que insulten a la policía, que hablen de amores prohibidos, amores de prostitutas, ex novias. Cualquier cosa. Pero no. En este lugar no pasarán nunca Agrupación Marilyn. Y está bien. Me gusta, en cierta forma.

Hasta que al fin suena un tema que conozco. Dare de The Gorilaz.  You've got to press it on you / You just think it / That's what you do, baby / Hold it down, Dare. No escucho música en inglés pero me encanta el tema. Quiero bailarlo pero no sé como se hace eso. Mis pasos de cumbia no son adecuados para este ritmo. Veo alrededor para tratar de imitar a los demás. Pero me da gracia. Hacen movimientos raros con sus brazos. Movimientos bastantes rígidos y repetitivos. En cierta forma, se parecen a un boomerang -esa función de Instagram. Y me da gracia. Los imito. Total, soy más rígido que lo demás. Parece fácil pero no. Soy un inútil. No puedo coordinar los movimientos de mis brazos con los de mis pies.

Al lado se me para un enano. Bah, uno que tiene mi misma altura. Lleva gafas -aunque no hay sol-, está pelado y tiene un tatuaje en su antebrazo. Atrás de su hombro, tiene a su amigo. "Está más duro que la realidad", me comenta.

— ¿Tenés para convidarme un gramo? Yo tengo faso.

— No. No consumo -le explico.

Su amigo está mudo. Tiene las pupilas dilatadas y está, definitivamente, muy rígido -muy duro-. Parece que adolece de articulaciones. Pero el tipo es amable. Me ofrece un trago. Declino su oferta por miedo a que la sustancia esté en el vaso. No tiene pinta de violador pero prefiero no arriesgarme.

— No sé por qué tomo merca. Me queda un gusto ácido en el paladar. Se me pega como moco y estoy todo el tiempo respirando con sabor a ácido. Pero eso significa que aspiré bien.

Me explican. No recuerdo como llegué a esa tertulia de drogas.

Son las tres de la mañana, llevo dos horas adentro. Me duelen las rodillas. No puedo seguir en pie. Quiero sentarme urgentemente. No tengo mejor idea que sentarme arriba de un parlante -al otro día mis oídos lo lamentan-. Un patovica me putea así que me tengo que levantar.

Recorro el boliche y hay algo que me llama la atención de sobremanera. Algo que nunca había visto. En un metro cuadrado entran seis personas. Para pasar debo chocar con todas. Pienso que me arriesgo a recibir un golpe pero no pasa nada de eso. "Uy disculpá", me dicen. "No pasa nada", me responden. En este boliche no debe haber rugbistas, calculo.

Ya no doy más. Me quiero ir. pero son las cuatro recién. Les digo a mis amigos que abandono. Uno decide secundarme. Uno que no está en condiciones ni de emitir vocablos. Salimos. Me despido. "No. Vos estás loco. Te voy a llevar yo". No me suelta. No me deja ir. Tendré que viajar en moto las seis cuadras. No sé qué tan iluminadas estaban esas seis cuadras pero les aseguro que vi la luz.

Antes de subir como acompañante tomé mi rosario y le pedí a Dios que me lleve a buen destino. Me subo y comienzan y los peores miedo se convierten en realidad. El muy culiado dobla muy abierto, para mi gusto. Frena de golpe, creo. Me hace frío. Me quiero bajar. Quiero caminar. Quiero vivir. Me doy cuenta que así de imbancable es mi vieja cuando yo manejo.

"Andá despacio", le digo. "No seas puto", me contesta. Hasta que al fin veo la esquina. Ni en pedo le pido que doble. Prefiero caminar esos 20 metros hasta la entrada de mi casa. "Dejame acá nomá", le suplico. Lo despido y vuelvo a tomar mi rosario. Esta vez pido por la salud de mi amigo, para que llegue a su casa (Después me confirmó que llegó).


A-Te-Erre, pienso. Nada que ver. Estoy viejo para estas cosas. Mis piernas sufren. Como te extrañé, Netflix.

domingo, 9 de julio de 2017

Elijo quedarme con los buenos momentos

Hoy sos frágil. Tus rulos, que antes brillaban con su color negro, están poblados de canas. Cada vez están más débiles. Cada vez tenes menos. Hoy estás petiza. Yo te sobrepasé en altura. Ya no sos esa férrea defensora que salía corriendo cuando yo me raspaba las rodillas en la vereda. Ya no vas a putear a los tontos grandes que me metían zancadillas traicioneras en los fútbol de calle. Ya no tenés fuerzas para retar a quienes me decían "negro" cuando era niño.

Hoy estás sola, como yo. Hoy estás viuda y yo huérfano. El gringo ya no está para retarnos, hacernos renegar, para abrazarnos. Hoy tus cuencas tienen arrugas cada vez más prominentes. Como estarás de débil que ya no tenés fuerza para caminar las seis cuadras que te separan de la iglesia. Como estarás de mal que tu cabeza ya no la pasa bien.

(Paro de escribir para llorar un rato).

Hoy peleas cuando no deberías hacerlo. Hoy puteas cuando deberías estar descansando. Hoy fabulás cuando deberías estar disfrutando. ¿Por qué así? ¿Por qué no podés quedarte tranquilita? ¿Por qué no podés abandonar esos caprichos burgueses que siempre tuviste? ¿Por qué querés aislarte en lugar de disfrutar de tus nietos? ¿Por qué? Quizás tu partida te afectó más de lo que debiera. ¿Por qué soy tan egoísta? Quizás porque no quiero verte mal y porque quiero que disfrutés tus últimos años a mi lado. Alejada de todos quienes buscan enchastrar nuestra relación.

No. Vos no sos esa bruja solitaria y débil de ahora. Vos sos más que eso. O lo fuiste.

De niño era torpe y colgado. Desearía decir que cambié en mi adolescencia pero no. Pasaba mis tardes jugando en la plaza del centro de Aguilares. Amaba en las hamacas. Aunque siempre estuvieran pobladas de niños mayores. Niños que saltaban. Niños que llevaban a la máxima altura sus asientos. Me sorprendían y me colgaba tanto viéndolos que no noté que uno de ellos se dirigía directo hacia mi cabeza.

Me hice mierda. Era la primera vez que me sangraba mi cabeza. Estaba asustado y un tanto mareado. Pero no es eso lo que más recuerdo. Volví a la casa de ella desparramando lágrimas en cada cuadra. La cara hinchada y colorada. Vos estabas en la puerta. Tiraste tu cigarro antes de entrar -porque al abuelo no le gustaba- y me viste. Saliste corriendo en mi auxilio. Te inclinaste un poco y me acunaste en tus brazos. Pegaste un grito. Y me apretaste contra tu cuello. Yo seguía llorando.

Me metiste en tu casa. Me secaste las lágrimas. Me pusiste hielo y me limpiaste la sangre que tenía en el cabello. Seguía llorando -era muy maricón-. Inmediatamente me preguntaste quién me había herido tan gravemente. Quién había sido el bruto que me había lastimado. Dejaste el amor maternal y te transformaste en un león. Siempre tuve la certeza de que hubieras sido capaz de cagar a trompadas a Tyson por mí. Y me repetiste: "¿Quién te hizo eso?". Yo, con la voz tímida y quebrada, respondí: "Unos chiquitos grandes". "Ya los voy a agarrar con el cinto", me prometiste.

Ustedes creerán que estoy fabulando. Dirán que exagero pero no. Con pollera, musculosa y un cinto en la cartera, mi abuela salió a la calle. Fue en busca de la justicia por mano propia. Para vengar a su pequeño nieto. Para lástimar a niños que ni siquiera me habían herido con intención. Y no, no se preocupen: no lastimó a nadie. Simplemente lo hizo para tranquilizarme. Para mostrarme lo que era capaz de hacer por mí.

Esa eras vos, mi abuela. Eras una fiera con quien se metía conmigo. Y, aunque a los envidiosos les molestaba, siempre estuve orgulloso de saber de que era tu favorito.


Hoy, los años te pasaron por encima. La soledad se apoderó por vos. Tu memoria falla. Falla mucho y te hace imaginar muchas cosas. Pero a mi no me importa. Para mi seguirás siendo mi más férrea defensora. Y siempre elegiré quedarme con los buenos momentos, abuela querida.