La vida es irónica, inoportuna e inesperada. Eso aprendí aquel nefasto día.
El gringo yacía pálido en su cama. Ya no estaba más con nosotros. El viejo era muy grande para este mundo terrenal, por lo que decidió volverse eterno. Cosa que entenderíamos más tarde porque en ese instante, ambos, nos sentimos muertos en vida.
Tuviste que viajar, sabrá Dios con que rostro, hacia Aguilares. Sólo para ver al hombre que te dio la vida en ruina. Ese día te vi llorar por primera vez en mi vida. Antes, no creía que eso era posible.
En el zaguán de mi abuela (tu mamá) nuestros rostros se enfrentaron. Ojos rojos, cachetes hinchados y la frente arrugada. ¿Eras vos? Sí. Ese día te conocí. Dimos tres pasos, pegué la cabeza en tu hombro y vos pegaste la tuya en el mío. Manché tu camisa y vos mojaste mi remera. El momento debió durar unos segundos pero para mi fue una eternidad. Nuestro primer abrazo tras 18 años.
Siempre fuimos fríos. Machos que se respetaban. Hombres que no lloraban. Tercos que no escuchaban. Pedantes que peleaban entre ellos. Bestias que discutían para imponer su cosmovisión al otro. Para colmo nunca me dejaste ganar.
Te odié. Y me duele admitirlo pero te odié. Y ahora me odio a mi mismo por haberlo sentido. Quería huir de vos y de tu dictadura de departamento. Alejarme y no verte nunca. No necesitaba del cabeza dura que coartaba mi libertad. Yo podía ser mejor que vos. Construir mi propia vida liberalizada y sin ataduras.
Conseguí trabajo. Bien, estaba cada vez más cerca de mi objetivo. Laburé seis, ocho, diez, doce y hasta catorce horas. Tal y cómo lo hacías tú. Si vos podías, yo también.
Cada vez que me tambaleaba pensaba en vos. Pensaba en ese esfuerzo que realizaste durante años. Trabajar de más sin cobrar una hora extra. Y todo lo hacías ¿para qué? Para que yo tuviera una buena educación, un techo, un plato de comida, ropa. Para que yo malgastara tu esfuerzo en alcohol y salidas los fines de semana. Para que yo estudiara lo que me apasionaba. Para que nunca me faltara un libro. Todo eso hiciste por mi. ¿Y yo qué? Te pagué con ingratitud. Te insulté. Te deseé lo peor. Pero nada te desanimaba. Siempre volvías de tu jornada laboral con un cordial saludo, que poca veces devolvía.
Finalmente, mi ceguera me llevó al abismo. Caí en un pozo profundo. No tenía retorno. Ya no tenía fe. No tenía a nadie. No merecía a nadie. Sólo me restaba esperar que el tiempo acabara con los latidos de mi corazón.
Hasta que una mano llegó de la nada. Estaba ciego pero pude sentir esas grandes manos que antes me habían cargado, que me habían amarrado cuando el gringo se fue. Era vos. Eras vos, viejo. El que, a pesar de todo, nunca me abandonó.
-Tenés que disfrutar la vida y ser feliz, hijo. Mientras estés con nosotros nunca te va a pasar nada.
Me dijiste.
'Perdón, pa', sólo atiné a responder. Y entre llantos recuperé la vista. Vi tu buzo azul. Esa frente grande -típica de los Cazzullo-, esa ñata prominente -que heredé- y oí esa voz firme -que ambos tenemos-. No sólo me diste la vida, también me la devolviste. Con ese amor paternal que me sacó del foso.
Te amo, viejo. Sólo me resta pedirle a Dios que te haga eterno para surcir todo lo que te hice. Un feliz día se queda corto.