sábado, 17 de junio de 2017

Nuestro primer abrazo

La vida es irónica, inoportuna e inesperada. Eso aprendí aquel nefasto día.

El gringo yacía pálido en su cama. Ya no estaba más con nosotros. El viejo era muy grande para este mundo terrenal, por lo que decidió volverse eterno. Cosa que entenderíamos más tarde porque en ese instante, ambos, nos sentimos muertos en vida.

Tuviste que viajar, sabrá Dios con que rostro, hacia Aguilares. Sólo para ver al hombre que te dio la vida en ruina. Ese día te vi llorar por primera vez en mi vida. Antes, no creía que eso era posible.

En el zaguán de mi abuela (tu mamá) nuestros rostros se enfrentaron. Ojos rojos, cachetes hinchados y la frente arrugada. ¿Eras vos? Sí. Ese día te conocí. Dimos tres pasos, pegué la cabeza en tu hombro y vos pegaste la tuya en el mío. Manché tu camisa y vos mojaste mi remera. El momento debió durar unos segundos pero para mi fue una eternidad. Nuestro primer abrazo tras 18 años.

Siempre fuimos fríos. Machos que se respetaban. Hombres que no lloraban. Tercos que no escuchaban. Pedantes que peleaban entre ellos. Bestias que discutían para imponer su cosmovisión al otro. Para colmo nunca me dejaste ganar.

Te odié. Y me duele admitirlo pero te odié. Y ahora me odio a mi mismo por haberlo sentido. Quería huir de vos y de tu dictadura de departamento. Alejarme y no verte nunca. No necesitaba del cabeza dura que coartaba mi libertad. Yo podía ser mejor que vos. Construir mi propia vida liberalizada y sin ataduras.

Conseguí trabajo. Bien, estaba cada vez más cerca de mi objetivo. Laburé seis, ocho, diez, doce y hasta catorce horas. Tal y cómo lo hacías tú. Si vos podías, yo también.

Cada vez que me tambaleaba pensaba en vos. Pensaba en ese esfuerzo que realizaste durante años. Trabajar de más sin cobrar una hora extra. Y todo lo hacías ¿para qué? Para que yo tuviera una buena educación, un techo, un plato de comida, ropa. Para que yo malgastara tu esfuerzo en alcohol y salidas los fines de semana. Para que yo estudiara lo que me apasionaba. Para que nunca me faltara un libro. Todo eso hiciste por mi. ¿Y yo qué? Te pagué con ingratitud. Te insulté. Te deseé lo peor. Pero nada te desanimaba. Siempre volvías de tu jornada laboral con un cordial saludo, que poca veces devolvía.

Finalmente, mi ceguera me llevó al abismo. Caí en un pozo profundo. No tenía retorno. Ya no tenía fe. No tenía a nadie. No merecía a nadie. Sólo me restaba esperar que el tiempo acabara con los latidos de mi corazón.

Hasta que una mano llegó de la nada. Estaba ciego pero pude sentir esas grandes manos que antes me habían cargado, que me habían amarrado cuando el gringo se fue. Era vos. Eras vos, viejo. El que, a pesar de todo, nunca me abandonó. 

-Tenés que disfrutar la vida y ser feliz, hijo. Mientras estés con nosotros nunca te va a pasar nada.

Me dijiste.

'Perdón, pa', sólo atiné a responder. Y entre llantos recuperé la vista. Vi tu buzo azul. Esa frente grande -típica de los Cazzullo-, esa ñata prominente -que heredé- y oí esa voz firme -que ambos tenemos-. No sólo me diste la vida, también me la devolviste. Con ese amor paternal que me sacó del foso.

Te amo, viejo. Sólo me resta pedirle a Dios que te haga eterno para surcir todo lo que te hice. Un feliz día se queda corto.




martes, 13 de junio de 2017

Mi negra

Son las 00.30, mi día está llegando a su fin. Llevo una camiseta raída, y mi short de Atlético -ese que necesito extraerme quirúrgicamente-. Veo las finales de la NBA. A Golden State le faltan 10 minutos para coronarse como nuevo campeón del mejor básquet del mundo. Pero hay algo que llama más mi atención. Algo mucho más sorprendente que morochos encestando una pelota a 12 metros. Mucho más impresionante que los modernos estadios. El camarógrafo de ESPN, al parecer, coincide conmigo.

El reloj indica que al partido le quedan cinco minutos y 12 segundos. A pesar de que en la cancha continúan las grandes estrellas como Durant, Curry, James, Irving, Love, Green o Thompson, los lentes enfocan a las tribunas. En ese mar de butacas amarillas, una persona resalta. Negra como el chocolate, petacona y con unos kilos de más. Lleva el pelo corto y unos areted blancos que contrastan con su piel. Ella es Wanda Pratt, mejor conocida como la madre de Kevin Durant.

Un pequeño arroyo de lágrimas surca su rostro. Recorre esos rechonchos y cachetes y desemboca en el suelo. Está feliz, su hijo está a unos minutos de alcanzar su primer anillo de campeonato. Aquel que se le negó en 2012, cuando también tuvo como rival a Lebron James (el mejor jugador de la actualidad).

Wanda es la fanática número de Golden State. Bah, en realidad de KD, como se conoce a Durant. Estuvo presente en cada uno de los 29 estadios de los 30 equipos que componen la NBA (Los Ángeles Lakers y Clippers comparten el mismo estadio). Se convirtió en la jugadora número 12, aunque creo que en este caso sería la sexta jugadora.

El reloj se paraliza cuando quedan 11 segundos. Curry lleva el balón pero sin intenciones de encestar (ya lo había hecho mucho durante el partido). Los jugadores se abrazan, ya se sabe quién será el campeón. De repente, en ese mar de camisetas amarillas, una butaca queda vacía. Las cámaras no encuentran a Wanda Pratt.

Mientras la buscaban, con agilidad de barrabrava argentino, Wanda saltó a la cancha. Corrió hasta el centro del parqué. Necesitaba ver a su bebé. A ese que tuvo a los 18 años.

KD se encontraba abrazando a Lebron James. Cruzaron algunas palabras -calculo que felicitaciones y agradecimientos-. E inmediatamente fue a la mitad de la cancha, como por inercia.

Allí se encontraron. Se detuvieron a cinco pasos el uno del otro. Y, antes de fundirse en un abrazo, realizaron un pequeño baile. Algo que quizás tenían practicado. Algo que quizás realizaban desde que Durant jugaba en canchas de cemento, sin aire acondicionado. Algo que quizás hacían seguido en su departamento sin muebles.

Hace tres años (2014), cuando Durant fue elegido como Most Valuable Player (MVP) dedicó el premio a Wanda. "Cuando algo bueno te pasa yo miro hacia atrás para recordar lo que me trajo hasta aquí. Nos hiciste creer, nos sacaste de las calles y nos llevaste comida a la mesa. Te sacrificaste por nosotros. Tú eres la verdadera MVP", dijo KD al recibir el mayor premio individual de la liga.

El partido ya terminó. Tomo mi celular y entro a Twitter a leer algún comentario bobo, a ver algunos memes y frases rebuscadas de amor. En medio de tanta información encuentro el video del discurso de Durant. Lo veo tres, cuatro y hasta cinco veces. Me detengo en una parte: "Cuando algo bueno te pasa yo miro hacia atrás para recordar lo que me trajo hasta aquí".

Mi memoria fue invadida por la nostalgia. Por el día más feliz de mi vida. El día que me recibí. Ella estaba ahí. Vestida de blanco. Con los pomulos bordeándole los ojos y una sonrisa que trataba de ser fuerte para que las lágrimas no inundaran su rostro -cosa que luego no pudo hacer-.

Cerré mi exposición y sus ojos se convirtieron en agua. Se paró y aplaudió con fuerzas. El profesor pidió que nos retirarámos del aula. Una mera formalidad para debatir la nota (que luego sería un 10, para mi y mis otros dos compañeros).

Afuera del aula no tuvimos un bailecito. No nos gustan las ridiculeces pero sin dudas me diste el abrazo más fuerte de todos. Uno de eso que expulsan a la soledad. Uno de esos que no querés que se acaben. Uno de esos que detienen el tiempo. Los dos quedamos en un mar de lágrimas.

Más tarde me dirías que el día más feliz de mi vida también fue tu día más feliz. Me dirías que estabas orgullosa de mi cuando entré en el diario. Recortarías cada nota que escribiría y la guardarías en un folio.

Hoy, cuando las cosas no me salen tan bien, me acosté en tu regazo. Me acariciaste el pelo y me dijiste: "todo va a estar bien. Mientras estés con nosotros todo va a estar bien, hijito". Una lágrima cayó de mi rostro. Espero que sea la última.

Miré hacia atrás y vi todo lo que me llevó a vivir este momento. Odio. Soberbia. Egoísmo. Todo lo que quiero dejar atrás. Para olvidarlo todo y empezar de nuevo -gracias a vos- bastó una frase:



-Perdón, mami. Te amo y quiero ser bueno.

sábado, 10 de junio de 2017

La chica del sur

Fue increíble pero sucedió. Le bastaron tres días y unas palabras certeras para enamorarme. Cegó mi razón y me abrió las puertas a un paraíso que nunca antes había conocido. ¿Fuimos muy rápido? Obvio pero luego de probar esos labios finos como la seda nada me importó. Mi vida  pasó a un segundo plano. 

Eras de un punto cardinal diferente: del sur. De un pago cuyo nombre no recuerdo. Nuestros cuerpos estaban separados por una gran barrera de kilómetros. Pero, les aseguro, nada distanciaba nuestras mentes.

Por unos días decidimos irnos lejos. Huir hasta de nuestros seres queridos y obligaciones. Vencer a la distancia. Enlazábamos nuestras manos en caminos extraños. Nos besábamos bajo una luna ajena. Y reíamos en una arena que no era de nuestra tierra. Todo lo hacíamos así: juntos.

Nunca olvidaré aquel crepúsculo que compartimos, en aquella modesta habitación. Una tenue luz de televisión nos iluminaba. Un goteo de lavamos sonorizaba el ambiente. Y en el centro estábamos los dos. Fue el día que realizamos la fusión -que yo creí- perfecta -en ese momento.

Pasó el tiempo y otra vez los kilómetros  de dividirnos. Su tarea fue en vano. Al parecer la distancia no sabía que habíamos jurado estar más juntos que nunca. Sólo debía esperar a que tu crecieras y vivieras más cerca.

Y llegó el día. Y en aquel momento te tuve. Y vos me tuviste. Y compartimos cientos de lunas más. Todo era perfecto hasta que llegaron las peleas. Discusiones que nos hicieron añorar los kilómetros de distancia. Ya no era lo mismo. Ya no había amor.

Un mar de lágrimas -de ambos-, un beso en la mejilla, un 'yo te voy a esperar' y una puerta cerrada fue lo último que tuve de vos. Te alejaste y no volviste.

La vida no valía la pena. Llegué a odiarte. Pasé 90 noches en mi balcón observando al astro nocturno, el mismo que un día había sido nuestro. Sólo tenía mi vaso de whisky y mi vidala como fieles compañeros. La verdad que no quería a nadie más. Fue el tiempo en que me hice amigo eterno del insomnio.

Al día 91 me alejé del balcón. Creía que si pasaba más tiempo terminaría saltando. Salí a la calle. Ya era hora de volver a vivir, pensé. Unos amigos, que con cara de lástima me miraban, me presentaron una chica. Sin esperanza y sin ganas de nada acepté conocerla.

Rubia. Ojos verdes. Una figura portentosa. De carácter fuerte pero simpático. Una risa estrepitosa que se fusionaría a la perfección con mi tímida sonrisa. Tenía apenas un defecto. Una falla casi imperceptible: no era vos.

Nuestra primera salida fue un perfecto desastre. Se sentó frente al televisor, no como ella que elegía darle la espalda. Le pusiste sacarina a tu café, ella siempre usaba edulcorante. No me decías 'mi amor', como ella lo hacía. No eras ella. 

Tenía esa odiosa costumbre de compararlas. La rubia perdía en todo. Pero, por algún impulso, seguía con ella. Y, definitivamente, no quería dejarla. Así que tuvimos muchas salidas más.

Aunque mientras más salíamos, más presente tenía a mi chica del sur. Renegaba con ello. Te odiaba. ¿Cómo podías ser un lindo recuerdo si te tenía tan presente?

Mientras tanto, notaba hermosos cambios en la rubia. Ella se acercaba cada vez más a mi. Le gustaba mirarme. Casi tanto como te veía a ti en algún tiempo. Decidí darle una oportunidad. De esa manera la fui queriendo.

Mi chica del sur desapareció una noche. La noche en la que amé por primera vez a la rubia. Un aura de fuego se apoderó de esa habitación y de nuestras almas. Las llamas aumentabab cada vez que nuestros corazones se rozaban. Es cierto, no había tanta pasión pero por primera vez experimenté el amor. El verdadero amor.

La rubia se adueñó de mi ser. En ella encontré al ser con quien quería pasar el resto de mi vida. Y así lo hicimos.

A los tumbos y con esfuerzo nos mantuvimos. Llegó la primera de nuestras niñas. La primera deuda. El primer trabajo. Las primeras ganas de huir, que se disiparon cuando me enteré que sería padre por segunda vez. 

Así nos fuimos amando. Aguantando. Tolerando. Respetando. Juntos dejamos de temerle al futuro.

Estaba de viaje cuando me enteré que sería papá por tercera vez. A cien kilómetros de casa. Lamenté que mi esposa me diera tan grande noticia por teléfono pero a la vez me alegré. Decidí festejar solo.

Manejé por unas calles conocidas. Estacioné en una cuadra que ya antes había visto. Pedí un vino, que anteriormente había pedido, en un bar, en el que antes había bebido. Acompañé el elixir con una buena carne roja. Sí, antes la había pedido. Hasta que algo que nunca antes había visto irrumpió en ese momento de festejo solitario.

Una pequeña niña de pelo trenzado entró empujando un coche al bar. Atrás la escoltaba una verdadera señorita -más tarde me enteraría que era su hermana mayor-. Terminando esa fila india de mujeres estaba ella, mi chica del sur. Mi corazón palpitó. Los años no habían lacerado ese bello rostro. La figura, aunque un poco desgastada, continuaba allí. Llevabas un sombrero de verano. Eras toda una señora.

Como un muerto en vida dejé mi plato. Caminé a paso de hormiga y te toqué el hombro:

-Qué alegría verte después de tantos años.

Me dijiste. Quedé mudo. Quedé viendo esos ojos que antes encerraban la eternidad. Me detuve sobre esos labios que alguna vez habían sido míos.

-El gusto es mío -te respondí-. ¿Son tus niñas? -pregunté.

Me presentó frente a las tres. A la más grande le dijo 'este es el señor del que alguna vez te hablé', le explicó a la mayor. ¿Qué historia nuestra habrás contado?

-Vení a casa a tomar un café, por favor.

Me dijo. Nunca creí que intentaras algo pero decliné tu invitación. Comí. Pagué. Y volví al auto.

En el volante, sobre la ruta, observando los cañaverales, pensé en lo lindo que fue verte. En lo mucho que gané. En lo lindo que fue tener un buen recuerdo de alguien que un día amé.

martes, 6 de junio de 2017

Mi gigante

Lleva el cabello cano. En las pocas partes donde todavía lo tiene. No es muy alto pero tampoco es tan bajo como yo. La vida lo apodó pollo. Yo prefiero decirle abu.

Todos los días, con puntualidad alemana, se despierta a las 6 AM. En pijama baja los 11 escalones que lo separan de la cocina. Allí desayuna su té y sus bizcochos. Treinta minutos despues se calza sus zapatillas o zapatos y baja otros ocho escalones hacia su laboratorio. En un día normal -y con una buena economía- llega a atender 35 pacientes. No parece nada del otro mundo pero no les conté que tiene 74 años. Tampoco mencioné que no tiene ganas de jubilarse.

Hace 5 meses mi espalda perdió su virginidad, por fin agarré una pala, dejé de ser santiagueño -va con humor para los vecinos-. Algunos día trabajé seis horas, otros ocho, diez, doce y hasta catorce horas en una jornada. Uno nunca sabe cuando saldrá de una redacción.

Cuando llegaba a mi casa no me sentía aliviado. Estaba muy cansado para pensar en otras cosas. Sumado a los 'tan' importantes problemas que puede tener una persona de 22 años que vive con sus viejos. Pero siempre tuve una muleta detrás.

Aunque 86 km separan nuestros hogares, ahí estabas vos. Ahí estaba tu voz tan calma, tus abrazos contenedores y tus ojos, que detrás de unos lentes, me mostraban lo que es el amor.

Catorce horas no es nada, pensaba. No es nada. El viejo tiene 74 y todavía se la pasa 12 horas en su laboratorio. Saca sangre, analiza orina e incluso salva vidas.

Con la cabeza gacha, el estrés invadiendo mi cuerpo y los brazos cansados me tiraba en mi cama. No me joda nadie. Mañana será otro día. Por suerte nunca me escuchaste.

En mi Whatsapp estaba tu cadena kilómetrica -que nunca leí ni reenvié- y tu típico mensaje: 'cómo estás, viejo?'. 'Bien', te respondía. 'Acá la yeye -mi abuela- está armando una carpeta con tus recortes'. Y mi alma renacía. Mis fuerzas se potenciaban. El esfuerzo se multiplicaba. Todo porque estabas vos: mis muletas, mis palabras de aliento, el que sostenía mis hombros.

Mi machismo bobo me impedía sentir amor por las personas. Pero nunca dudé lo mucho que te amaba. Lo mucho que te admiraba. Lo mucho que soñaba con parecerme a vos. A vos, mi abu.

Hoy tu visión ya no es la misma. Caminás más despacio. Además de años sumás pastillas en tu recetario. Pero seguís yendo a ese laboratorio. A esa prisión que, con vocación, convertiste en pasión.

Y ahí estás. Convirtiéndote en mi inspiración y mis ganas de ser. Creo -también por culpa de mi machismo bobo- que nunca te dije gracias. Vos me salvaste. Ahí siempre estuviste vos.