La silvi, con sus palabras y abrazos.
Lucho, como ejemplo de vida.
El doctor, por ser mi norte.
La negri❤, por esas eternas meriendas, por esas charlas interminables, por los pellizcos, por los abrazos, por el interminable cariño.
Felipe, por esas vueltas eternas en el auto, por esas caminatas y por ser incondicional.
Marquitos, por acercarme a Dios.
Brunichis, por las charlas filosóficas con café y Baileys.
El mochudo, por todos los HH en Antares.
Mis superpoderosas, por las risas, las lágrimas y los abrazos.
El grone Ortiz y JC, por las placitas y las 1000 birras.
Fueron la parte linda de este año. Ojalá, algún día, pueda retribuirles todo. Próspero 2018.
domingo, 31 de diciembre de 2017
miércoles, 27 de diciembre de 2017
Ahora sí: estoy como quiero
Pienso en lo lindo que sería morir en estos momentos. Con los pelos levantados por tanta velocidad, el viento lacerando mis ojos, la sonrisa de oreja a oreja. No, mi estimada/o, no se preocupe, no tengo tendencias suicidas, ni estoy ebrio. Pasa que ahora sí: estoy como quiero.
No me preocupa el hecho de no llevar casco. No me importa que la moto de mi amigo no esté preparada para el camino. Tampoco tiemblo ante los diferentes badenes, que apenas podemos sortear. Hoy estoy con con la gente que quiero, nada malo puede pasar.
Debíamos atravesar un kilómetro de tierra, arena y piedras para llegar al destino: el río. Pasaron los años pero nunca perdí esa costumbre de ir al río. Ese manantial de agua cobriza, esa tierra de insectos ansiosos de carne y sangre humana. Allí donde di mis primeros pasos y saqué mis primera mojarras.
A unos 50 metros ya puedo escuchar el monstruo Sebastián. Levanto la mirada y diviso una decenas de Balbos decorando la entrada. Hoy es navidad, hoy se festeja.
El agua está tibia. Con el primer paso, me siento en la gloria. Con el segundo, pateo una piedra, que me hace arrojar una metralleta de puteadas.
"Vamos a la isla", dice una de mis amigas. Y arrojo una carcajada porque el susodicho archipiélago es un montón de piedras en la mitad del río.
Porrón, charlas y sanguchitos de miga -los que sobrevivieron la noche anterior-. Quizás deberíamos haber traído la guitarra. Pero, cuando lo pienso bien, me doy cuenta que el agua y la humedad la habrían destrozado.
Aunque todos superamos las dos décadas, nadie perdió esa chispa infantil. Todavía sigue siendo gracioso mojar al otro. Arruinarle la ropa, hacerlo enojar. Todo risas hasta que un boludo llena el porrón y los sanguchitos con arena. Pero no nos importa porque habrá venganza. Agarramos su cráneo y lo estampamos contra esas aguas negras, tal vez así lo haya hecho Juan el bautista. Nunca falta la referencia al pez de tres ojos que inmortalizaron Los Simpsons -nunca faltan las referencias a Los Simpsons-.
A pesar de que tengo la cabeza llena de arena y barro, sonrío. Entre dientes digo: estoy como quiero.
La frescura del agua y las risas de mis amigos fueron la mejor cura para la resaca navideña. Debemos irnos, ya se acabaron los sanguchitos y la cerveza está caliente. De nuevo a las motos.
No me importa el filoso viento ni los animales de granja que se nos cruzan. Sólo ruego que ninguno de los mosquitos, tábanos y avispas me hayan transmitido alguna enfermedad. Tengo las piernas llenas de pequeños puntos rojos.
Y en ese momento, en el que me despido de las personas que quiero, pienso: ¿Necesito algo más? No, no necesito nada. Aquí tengo todo.
martes, 19 de diciembre de 2017
Mi 2001
Tenía 7 años cuando todo se pudrió en el país. Aunque, la crisis empezó 2 años antes para mí, cuando mi papá se quedó sin trabajo y tuvo que emigrar de Aguilares.
En ese tiempo todo era normal para mí. No me parecía raro ver a mi viejo sólo los fines de semana. No me era extraño vivir con mis abuelos durante la semana. Tenía todo muy naturalizado. No extrañaba la pequeña casa de dos habitaciones en la que había vivido. Ese pequeño departamento en el que tenía que compartir pieza con mis hermanas. Los niños no dimensionan el esfuerzo de sus padres.
¿Recuerdan de la Navidad de 2001? Yo sí. Fue el año en que dejé de creer que había un niñito Dios (otros lo llaman Papá Noel) porque mi mamá tuvo que explicarme que no alcanzaba para las cosas que había escrito en mi cartitap. Tuve que conformarme con un par de medias. Años después, me sentí mal y lloré porque me enteré que muchos chiquitos no tuvieron ni cena de navidad, ni almuerzo, ni desayuno, ni leche.
Aprendí a jugar tarde al fútbol, porque no tuve la suerte de muchos. Aprendí a patear la pelota gracias a mis compañeros -infinitas son las gracias-. Mi viejo estaba ausente pero no por decisión propia, sino porque quería darme un mejor futuro. Sin embargo, en ese momento no lo comprendí así.
Festejaba cada sábado que mi viejo venía. Lloraba cada domingo en el que tenía que partir. Hoy, puedo decir: gracias por todo, viejo.
¿Crecieron con tickets en lugar de billetes? Yo sí. Recuerdo que me enojada con mi madrina cada vez que me regalaba uno. No le creía que esos papelitos valían 5 pesos, me daba vergüenza llevarlos al kiosco del colegio. No tenía la cabeza para comprender que esos 5 pesos equivalían a gran parte de su sueldo. Ahora me siento estúpido por haber hecho esos berrinches.
Duele recordar esas peleas con mi vieja -que en esos momentos hacía las veces de papá y mamá-. Era diciembre de 2001, unos días antes del helicóptero, recién empezaban las vacaciones de verano. Hacía mucho calor, quería un helado y se lo pedí. Ella se negó, no se podía salir a la calle en esos momentos. Pero yo era un niño, no lo entendía. No sabía el peligro que corría.
Hoy la culpa me carcome. En esos momentos me negaba a comer polenta y el arroz. Desearía haber comprendido que había Barbaritas sin comida en esos momentos.
Gracias al 2001 perdí mi casa. Tuve que dejar a mis abuelos. Alejarme de mis amigos (gracias a Dios los mantuve). Abandonar mi querido Aguilares. Perder todo lo que quería en esos momentos. Es por eso, y muchas cosas más, que no le deseo a nadie un nuevo 2001.
lunes, 11 de diciembre de 2017
Mi esquina
Desde allí me ven. Sufren con cada golpe que me doy. Me gritan cada vez que me caigo. Secan mis lágrimas y surcen mis heridas. Me alientan y no se van. Algunos desaparecen pero no importan, esos son pechos fríos.
Salgo adelante, con la guardia baja -porque soy descuidado-. Me tiran un golpe y los esquivo. Me lanzan un jab y lo eludo. Me siento un campeón, todo va demasiado bien. Hasta tento mis chances de atacar. Pero, justo cuando todo pintaba bien, llega un uppercut.
La mandíbula me tiembla. El protector se cayó del ring. Reviso que todo esté en orden y tomo aire para tratar de levantarme.
Finalmente puedo, fue sólo un susto. El arbitro me manda a mi esquina.
Los ignoro -soy terco-, sé -pienso- que no los necesito. Sus palabras me resbalan. Al final de todo soy yo el que pelea, no ustedes.
Segundo round. Me preparo un poco, llevo una guardia más alta. Detengo los golpes con los antebrazos. Aguanto y contraataco. Siento que voy a despegar, que voy a ganar el partido. Justo cuando estoy por dar la estocada final, un crochet me sorprende en la mejilla derecha. Tambaleo, pero no caigo. Me pongo de frente, resisto. Pero es inútil, perdí la concentración. Un golpe directo a la nariz me deja en la lona.
El suelo está frío. Apenas siento el conteo del árbitro. Me cuesta parpadear, todo está oscuro.
Cuando estaba por tirar la toalla, siento que me gritan. Se me viene a la cabeza la memorable frase: "Levántate, hijo de perra, levántate porque Micky te ama". Me rio y lloro porque sólo yo puedo tener esas ocurrencias.
Me acerco al banquillo. Los golpes me hicieron abrir los oídos, estar abierto a consejos, escuchar a los que saben, comprender que no estoy solo. Arriba del ring uno está solo pero a los golpes los reciben todos los que te aman.
Se acabo el descanso. Otra vez estoy solo pero esta vez sé que pase lo que pase tendré a mi gente en mi esquina. A esos locos lindos que no me dejaron caer.
La vida me tira otro golpe, pero ya no duele.
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