domingo, 18 de noviembre de 2018

(re)Construir

La tarea de construir no es sencilla. Se requiere paciencia, dedicación y amor -cada día un poquito más-.

Uno no puede comenzar la obra en cualquier lugar. Uno debe haber estudiado bien las condiciones de la zona. Se tiene que haber medido cada centímetro. El suelo, tiene que ser examinado detenidamente, para ver si es apto para los cimientos. Un simple error de cálculo puede destruir una construcción en cuestión de minutos.

Una vez que se termina el riguroso estudio, se coloca la piedra basal, los cimientos. Estos deben ser firmes desde el principio: capaces de enfrentar el paso del tiempo, resistentes ante los embates de la rutina diaria, siempre fuertes. Si no están bien colocados, es probable que la obra se desmorone ante el primer temblor.

A comenzar la obra. Un poco de cemento para empezar. Ladrillo sobre ladrillo. Paredes de un color, paredes de otro. Un poco de luz en esta zona. Una pieza que está mal colocada. Planos nuevos que reemplazan a los viejos. Unos errores de cálculo que se pueden corregir fácilmente. 

Hasta que llega el fin y la contemplamo: perfecta. Cuanta elegancia hay en cada centímetro. No encontramos falencias en ningún detalle. Amamos lo que construimos.

Estamos tan obnubilados por su belleza y la amamos tanto que nos rehusamos a modificarlo. La soberbia es intrínseca al arquitecto.

Siempre nos empeaños en vencer a la obra de Dios. Desde la Torre de Babel hasta las catedrales góticas.

Pero, aunque no lo crea, la soberbia no es el peor de los males. También padecemos de egoísmo. El creer que la obra es únicamente nuestra, que salió de nuestra cabeza y se plasmó mágicamente en un rincón del paisaje. Dejamos de lado a los decoradores, paisajistas, albañiles, maestros de obra, inversores y a nuestros colegas. Nos olvidamos de todo. ¿En qué habría quedado la obra de Gaudí sin las maravillas que sumó el escultor Etsuro Sotoo?

Descuidamos nuestra obra. La humedad carcome las paredes. Los temblores resquebrajan los cimientos. La tierra enmugrece nuestra fachada. No retocamos los adornos. El interior se transforma en una lágrima.

Así todo lo que construimos se convierte en una ruina. El más mínimo movimiento la hace tambalear. El ruido de la calle rompe sus ventanas. Cualquiera pasa y arroja sus basuras. Y pensar que todo era tan prometedor.

Recién, en ese momento de soledad extrema, decidimos buscar ayuda. Pero no es fácil. Los peones saben que no pagamos bien; los colegas saben que nos robamos el crédito; y nuestros antiguos socios, esos con los que comenzamos, ya saben qué clase de persona somos.

Hazte la fama y echate a dormir.

Nos rechazan huyen de nosotros ¿Por qué habremos tomado esas decisiones? ¿Por qué no habremos escuchado?

La casa se derrumba finalmente. Los cimientos no resultaron ser tan sólidos. Observamos nuestra creación en ruinas.

Pero, no se olviden, siempre tenemos segundas oportunidades. Llega esa persona que construyó con nosotros todo esto, esa que tanto desconocimos, esa que masticó todo nuestro desagradecimiento. Ella también está triste. Tuvo otros proyectos pero nunca se olvidó de la obra que empezó contigo. Y está triste.

En medio de tantos escombros, encuentran la piedra basal, la que significó el comienzo de esto. Y comienzan de nuevo. Esta vez las paredes tendran otro color, los pasillos serán más anchos y los cimientos serán más sólidos, se reforzarán. Ya no será una casa de dos plantas, ni una de tres. Será un rascacielos, el cielo será su límite.

Y así se construyen las grandes obras. De a dos (o de a muchos, toda ayuda es bienvenida), con las bases bien firmes y la construcción enfocada en el crecimiento. Siempre hacia arriba.

Siempre juntos.

jueves, 1 de febrero de 2018

Locos lindos

Nunca fuimos una pareja perfecta -o lo que se cree que es una pareja perfecta-. No necesitábamos caminar abrazados, nos bastaba con tomarnos de las manos. A vos no te gustaban las flores y los chocolates; yo odiaba los regalos. ¿Los aniversarios para qué? ¿Y las cenas románticas para que sirven? No, señor, juramos nunca caer en lugares comunes. A los excepticos les cuesta creer que jamás celebramos San Valentín en estos casi 50 años. Los incrédulos nos ven raro cuando les cuento que nunca tuvimos una pelea. Y los ateos desacreditan nuestra manera de expresar nuestro amor. Pero eso no nos importa. Asentamos nuestras bases en la locura, una locura que vence cualquier cariño. Así, con tu férreo carácter y mi sensibilidad, construimos una familia, viajamos e hicimos el amor -por sobre todas las cosas. 

Todavía recuerdo el día en que te pedí casamiento. No había palomas formando tu nombre. No tuve ni la intención de arrodillarme. Ni siquiera tenía anillo. Bastaron unas palabras:

-Me voy a probar suerte, si sobrevivo, nos casamos la semana que viene.

Sabía que ibas a ser parca -como me gusta- pero nunca esperé tanta seriedad:

-Bueno -me respondió.

Y emigré. Y me fui a buscar suerte y la encontré. Sin embargo, la fortuna más grande la tuve a la vuelta, cuando te vi allí, en la terminal. Cuando vi esos rubios cabellos y esos ojos verdes. Desde ese día, en ese preciso segundo, supe que serías la mejor elección de mi vida.

Nos casamos. No te pusiste vestido y yo no usé traje. La fiesta no fue en un gran salón y no estuvieron nuestros amigos. Apenas estaban tus padres y los míos. Pero ellos no interesaban, lo único importante eras vos.

No tuvimos noche de bodas. No queríamos gastar el dinero en pequeñeces. Lo dejamos todo para la luna de miel. Aunque no nos gustaba ese nombre y las llamamos vacaciones directamente.

Como nos gustaba -nos gusta- viajar. Conocimos el país juntos. Quizás haya sido lo único que teníamos en común. Pero hasta en eso nos diferenciábamos: mis ganas de probar cosas nuevas y conocer culturas; tus ganas de visitar lugares comerciales en otros países. Pero así estaba bien. Vos te fumabas una hora de museos. Yo me pasaba la vida viéndote en vestidos que nunca comprabas.

Nadie nos veía bien juntos. Todos querían explicarnos que el deber del marido es este y que la mujer tiene que hacer lo otro. Armamos las valijas y nos mandamos a mudar. Lejos de todos. Adiós, familia; chau, amigos; hasta nunca, trabajo. No fue duro, ni tuve que pensarlo: estabas vos, todo lo que necesitaba.

Poco tiempo estuvimos solos. Llegó la primera de nuestras hijas. Y te amé más por ello. Y tanto te amé que no tardó en llegar la segunda.

Te convertiste en el amor de mi vida, aunque nunca te lo dije, ya que las cursilerías no eran lo nuestro. 

Los años pasaron, las décadas se acumularon y nunca paré de quererte. Y es por eso que hoy tengo miedo a que me olvides. Que esa puta enfermedad te haga olvidar lo que vivimos y construimos.

Mejor me reservo las lágrimas. Guardo estas hojas, tal vez algún día te las muestre.

Te veo allí en la cama. Dormís después de tantas pastillas. Te miro y algo se me atora en la garganta. Me duele tragar.

Tengo los ojos rojos. Debo contenerme, pienso. No sé de dónde saco las fuerzas para tranquilizarme, pero lo logro. Me acerco y te beso en la frente. 

-Ojalá nunca te olvides de nuestros besos. Ahora, descansá. No escuchés estas cosas que no nos gustan.

jueves, 25 de enero de 2018

Tengo miedo

Es medianoche y tengo miedo. Sentado, con una lata sobre la mesa, contemplo el mar y su inmensidad. La brisa marítima chocando contra los ventanales de la casa no hace más que acelerar mi ritmo cardíaco.

Por fin tengo tiempo de escribir, pero el frío vuelve casi artríticos mis dedos. La muñeca me tiembla y debo corregir tres de cada cuatro palabras que tecleo. Simplemente porque tengo miedo a eso, a equivocarme.

Hace días que no puedo hilvanar una frase por el miedo que siento. Contemplo la hoja en blanco y mi nerviosismo aumenta. Un ardor sube desde el estómago hasta la garganta. Respiro hondo para calmar esas náuseas. Camino en círculos buscando el verbo adecuado para este momento. No lo encuentro y escribo este mamarracho.

El mar, mi única compañía en estas noches, no me atrae. No nos llegamos bien, le temo. Me da pánico su oscuridad y su frío. No quiero que sea un augurio de mi destino.

Son las 12.30 y sigo con miedo. Sobre la mesa ya se acumulan tres latas de la cerveza más barata que mis desempleados bolsillos pudieron pagar. Aunque, también sumé mi novela favorita: La naranja mecánica. Quizás allí encuentre las respuestas.

Pero me equivoco. Sólo encuentro preguntas que acrecientan mi temor: ¿soy Álex? ¿amo el libro porque me siento identificado con ese loco? ¿me espera una vida de arrepentimientos? ¿maduraré alguna vez? ¿estoy listo para enfrentar otra vida diferente a la que conozco? ¿perderé a mis amigos? ¿perderé a mis padres? ¿seré capaz de dejar la única vida que conozco? ¿cómo se buscan otros sueños cuando lo demás ya se sienten perdidos?

Ya es la una de la madrugada y estoy ebrio; y todavía sigo con miedo. Las latas se encuentran volcadas; la hoja del Word sigue virgen; y la oscuridad se acrecenta: las nubes taparon la luna. El satélite ya no está allí para hacerme compañía, ya no me guía, ya no me cuida.

Entre alucinaciones y mareos veo todo tan claro. Bah, allí encuentro salidas a esta realidad de mierda. Esta realidad plagada de miedos, de portarretratos quemados y sueños destrozados.

Antes de que la náusea me gane, abro los ojos. Me levanto -apenas- y me voy de la casa. Total no me van a extrañar, pienso. Necesito caminar, quizás el verbo esté en una de estas casas.

Las viviendas del lugar son todas iguales: un jardín amplio en la entrada, autos de alta gama y un césped más suave que una pluma. Las casas, todas, tienen más de un piso, están espejadas y tienen mirador o un balcón. No estoy acostumbrado a tanta ostentación. Ni siquiera estoy acostumbrado a caminar sin miedo. Seguro es el alcohol que me hace más valeroso. 

El mareo desaparece pero las palabras todavía no me salen. Volveré a dormir. No creo que pueda escribir algo.

Camino y tengo miedo. Y en medio de ese pavor se me ocurre una genial idea. Ojalá nuestras mentes fueran computadoras. Ojalá pudiéramos borrar nuestros errores con la facilidad con la que eliminamos imágenes. Ojalá pudiéramos bloquear a esas personas nefastas que sólo nos complican la vida. Ojalá existiera un algoritmo milagroso. Uno que nos diga las palabras cuando las necesitamos. Uno que eligiera por nosotros. Uno que nos dijese cuál es la opción correcta: ¿irme o quedarme?

Llegué. El colchón está helado pero no me importa. Sé que no dormiré. Será otras de esas noches en las que buscaré las respuestas de la vida en el techo. ¿Estará allí la respuesta que busco?

Son las cinco de la mañana y no pegué un ojo. Creo que, aunque no tengo la respuesta, lo mejor que puedo hacer es levantarme y abrir el placard. Sacar la ropa y armar la valija.

Son las seis de la mañana y acabo de armar la valija y tengo miedo.