jueves, 1 de febrero de 2018

Locos lindos

Nunca fuimos una pareja perfecta -o lo que se cree que es una pareja perfecta-. No necesitábamos caminar abrazados, nos bastaba con tomarnos de las manos. A vos no te gustaban las flores y los chocolates; yo odiaba los regalos. ¿Los aniversarios para qué? ¿Y las cenas románticas para que sirven? No, señor, juramos nunca caer en lugares comunes. A los excepticos les cuesta creer que jamás celebramos San Valentín en estos casi 50 años. Los incrédulos nos ven raro cuando les cuento que nunca tuvimos una pelea. Y los ateos desacreditan nuestra manera de expresar nuestro amor. Pero eso no nos importa. Asentamos nuestras bases en la locura, una locura que vence cualquier cariño. Así, con tu férreo carácter y mi sensibilidad, construimos una familia, viajamos e hicimos el amor -por sobre todas las cosas. 

Todavía recuerdo el día en que te pedí casamiento. No había palomas formando tu nombre. No tuve ni la intención de arrodillarme. Ni siquiera tenía anillo. Bastaron unas palabras:

-Me voy a probar suerte, si sobrevivo, nos casamos la semana que viene.

Sabía que ibas a ser parca -como me gusta- pero nunca esperé tanta seriedad:

-Bueno -me respondió.

Y emigré. Y me fui a buscar suerte y la encontré. Sin embargo, la fortuna más grande la tuve a la vuelta, cuando te vi allí, en la terminal. Cuando vi esos rubios cabellos y esos ojos verdes. Desde ese día, en ese preciso segundo, supe que serías la mejor elección de mi vida.

Nos casamos. No te pusiste vestido y yo no usé traje. La fiesta no fue en un gran salón y no estuvieron nuestros amigos. Apenas estaban tus padres y los míos. Pero ellos no interesaban, lo único importante eras vos.

No tuvimos noche de bodas. No queríamos gastar el dinero en pequeñeces. Lo dejamos todo para la luna de miel. Aunque no nos gustaba ese nombre y las llamamos vacaciones directamente.

Como nos gustaba -nos gusta- viajar. Conocimos el país juntos. Quizás haya sido lo único que teníamos en común. Pero hasta en eso nos diferenciábamos: mis ganas de probar cosas nuevas y conocer culturas; tus ganas de visitar lugares comerciales en otros países. Pero así estaba bien. Vos te fumabas una hora de museos. Yo me pasaba la vida viéndote en vestidos que nunca comprabas.

Nadie nos veía bien juntos. Todos querían explicarnos que el deber del marido es este y que la mujer tiene que hacer lo otro. Armamos las valijas y nos mandamos a mudar. Lejos de todos. Adiós, familia; chau, amigos; hasta nunca, trabajo. No fue duro, ni tuve que pensarlo: estabas vos, todo lo que necesitaba.

Poco tiempo estuvimos solos. Llegó la primera de nuestras hijas. Y te amé más por ello. Y tanto te amé que no tardó en llegar la segunda.

Te convertiste en el amor de mi vida, aunque nunca te lo dije, ya que las cursilerías no eran lo nuestro. 

Los años pasaron, las décadas se acumularon y nunca paré de quererte. Y es por eso que hoy tengo miedo a que me olvides. Que esa puta enfermedad te haga olvidar lo que vivimos y construimos.

Mejor me reservo las lágrimas. Guardo estas hojas, tal vez algún día te las muestre.

Te veo allí en la cama. Dormís después de tantas pastillas. Te miro y algo se me atora en la garganta. Me duele tragar.

Tengo los ojos rojos. Debo contenerme, pienso. No sé de dónde saco las fuerzas para tranquilizarme, pero lo logro. Me acerco y te beso en la frente. 

-Ojalá nunca te olvides de nuestros besos. Ahora, descansá. No escuchés estas cosas que no nos gustan.

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