viernes, 26 de mayo de 2017

Negro de mierda

Juan tiene 14 años, las uñas renegridas y nunca se saca la camiseta de su equipo favorito. Su casa es similar a la de todos sus vecinos: un ambiente de 25 metros cuadrados. Allí vive junto con su madre y su hermana, con quien debe compartir el colchón.

La escuela es sólo un mito para él. Desde hace 7 años que no toca un cuaderno. Apenas puede unir las letras de los carteles para tomar un colectivo y lo último que escribió fue su nombre en un acta de la comisaría.

Juan no conoce de amigos ya que nunca tuvo tiempo para ellos. A los 7 años aprendió a calzarse una gorra, tomar unas estampitas de la virgen y subirse a los colectivos para conseguir unas moneditas.
Cuando los choferes estaban de buen humor, subía a, aproximadamente veinte colectivos antes de las 14. A pesar de haberse encontrado con más de 300 personas, Juan, como mucho, recaudaba $ 20. Lo suficiente para un pequeño sándwich en un kiosco.

Cada bocado de ese frío sándwich de fiambre le dolía en el alma. Se sentía egoísta por no compartirlo con su hermana mayor. Sabía que hoy no le alcanzaría para cenar y su madre tendría que volver a salir.

A pesar de que su vida era un infierno, el mayor miedo de Juan no era el futuro, sino los autos.
Luego de una irritante jornada laboral, Juan retornaba a su casa. Tenía que caminar diez cuadras desde la parada a su hogar, porque no había línea que llegase a esa zona. Empujaba la puerta de chapa, sacaba sus zapatillas y descansaba en su derruido colchón. Su madre y su hermana no estaban en casa. Seguramente habían salido a tocar porteros en busca de ropa. Juan aprovechaba para pensar en cómo explicarle a su madre que hoy no habría cena.

Se hicieron las 20, su madre y su hermana volvieron. Entre lágrimas escucharon como Juan no tenía dinero ni para fruta. Escucharon sus súplicas de perdón y lloraron con él. Ella también sabían que hoy iban a enfrentar su peor miedo: los autos.

Llegó la medianoche. Desde su puerta, Juan observaba como su mamá y su hermana se paraban frente a la ruta. El corazón le ardían y su estómago regurgitaba. Sus oídos comenzaron a sufrir cuando sintieron el ruido de una poderosa camioneta todoterreno acercarse.

Imponente. Elegante. Ruidosa. Así veía Juan a los vehículos que se acercaban a su madre y a su hermana. La rutina era la misma: unas ventanillas polarizadas –ya que no querían dar la cara- se bajaban, unas cuantas palabras cruzadas y su mamá se subía. Luego, había que esperar 15 minutos para que alguien pasara y recogiera a su hermana.

Las noches de soledad eran duras. Sentía culpa por haber comido pero, a su vez, sabía que su hambre era demasiado grande. Juan no lloraba. Juan vomitaba hasta dormirse en ese charco de malos olores.
Juan se despertaba a las 3 de la mañana. Cuando su mamá y su hermana volvían con un paquete de arroz y otro de fideos bajo sus brazos. Mañana habría almuerzo y cena. Sin cruzar palabras se acostaban a su lado. El olor de la calle le volvía a dar arcadas y lo dejaba al borde del vómito. Al borde de las lágrimas. Al borde del suicidio. Al borde de la locura.

Juan tiene 14 años y odia a los autos. Odia a la gente con dinero. Odia el arroz. Odia los fideos. Odia su casa. Odia su realidad. Por eso decidió huir de ella.

Nunca había consumido paco. Pero sabía que era cuestión de caminar media cuadra y encontrarse con la casa del tranza. Era la única del barrio que tenía rejas, puerta, ventanas y medía más de 25 metros cuadrados. En la entrada de su casa una decena de zombis se aglutinaban. Algunos estaban tirados en la vereda. Otros convulsionaban. También estaban los que hablaban solos. Juan no tenía miedo, como mucho podría perder su vida.

Un hombre con los ojos colorados, con prominente bartola y sin remera lo atendió. «¿Qué va a lleva’ papilo?», le dijo. Juan le entregó los quince pesos que esa noche escondió a su mamá.

La primera vez que fumó Paco, Juan sintió que volvía a vivir. Luego de 90 segundos despertó y se dio cuenta que volvía a ser el chico que no tenía educación ni futuro. Se acercó a la ventana del tranza y pidió más. Pero no tenía con qué pagarlo. Eso  no importaba, el tranza sabía que tenía un cliente más.
Diez dosis y una deuda de $ 150 después, Juan volvió a su casa. No podía pegar los ojos, así que sacó su gorra y subió a los colectivos para poder pagarle al tranza.

Se sorprendió con el primer colectivo al que subió. Sintió que su gorra pesaba más de lo normal. Pensó que era una verdadera fortuna. Pero cuando bajó y revisó su botín, se dio cuenta de que había muchas piedritas que alguien le había arrojado.

La bronca se apoderó de su mirada. Las lágrimas corrieron por sus mejillas. Sintió la imperiosa necesidad de fumar paco. Pero para ello necesitaba dinero.

La primera vez que Juan robó se sintió alegre. Una señora caminaba distraída con su celular. Juan supo que era la víctima perfecta. Con agilidad y rapidez manoteó el celular de las manos de su dueña. Sin mirar atrás y sin hacerle caso a los gritos de la señora, escapó.

En un laberinto de calles internas frenó. Tomó aire. Revisó su botín: un celular de alta gama, que él desconocía totalmente. No sabía qué hacer con él, ni a cuanto venderlo, ni cómo ocultarlo. Todavía excitado, decidió que era momento de volver a casa.

Llovía y su barrio era un mar de barro. Pero por primera vez Juan caminaba con la cabeza en alto. Determinó que lo mejor no sería volver a casa, sino caer a lo del tranza. A pesar de que el teléfono tranquilamente superaba los $ 8.000, Juan aceptó canjearlo por 20 dosis y la deuda ($ 450).

La cabeza de Juan volaba. Prendía una dosis cada tres minutos. Cuando se le terminaron, quería más. Ya sabía que para mañana tendría que robar el doble.

Creía que no siempre le podría salir bien lo de arrebatar. Así que se armó con un cuchillo tramontina para atacar a sus víctimas en lugares solitarios. Así escogió una esquina en la que no pasaban muchas personas. Con su cuchillo intimidó a dos, tres, cuatro víctimas. Hoy cenaría mucho paco.

En la vuelta, momentáneamente superó su adicción y compró comida para su madre y su hermana. Para ello sacrificó un celular. Se sentía orgulloso: su mamá y su hermana no canjearían su cuerpo por un paquete de comida.

Así, Juan automatizó sus días: levantarse temprano, robar, dar comida y drogarse.

Hasta que un día se metió con el equivocado. Un día alguien le hizo frente en un asalto. Juan nunca había pensado que las víctimas se iban a revelar contra el asaltante. Hasta el momento sólo había robado a mujeres y uno que otro niño más pequeño. Y peor: Juan nunca se había planteado la idea de lastimar a alguien, llevaba el arma sólo para intimidar.

Así lanzó un facazo, pero sus huesos de adicto fueron demasiado lentos para un deportista que con una llave lo dominó y comenzó a pedir auxilio. Los vecinos de la calle salieron y en lugar de llamar a la policía decidieron ajusticiarlo. Una patada en las costillas, centenares de puños en sus rostros y hasta un ladrillazo en los riñones. Cuando vieron que el joven lucía desfigurado, decidieron dejarlo en el suelo. Los que lo golpearon se fueron cuando empezaron a llamar a la policía.

Los cobanis llegaron en una camioneta. Tomaron declaración a los vecinos y cargaron a Juan en la camioneta. Saliendo de su inconsciencia, comenzó a gritar: «Bajemén. Bajemén. Don, por favor». «Callate, lacra de mierda», contestó uno de los oficiales.

Los oficiales creían que Juan quería escapar. Pero lo que en realidad quería era salir de ese vehículo. Se imaginó a su madre y a su hermana en búsqueda de alimento. Los gritos y súplicas no hicieron más que enfurecer a los policías.

A pesar de que su rostro estaba ensangrentado y desfigurado. Los policías continuaron humillando a Juan en la comisaría. «Pasame la escoba. Le mostremos lo que le van a hacer guardado». El policía tomó el palo, le bajó los pantalones Juan y amagó con introducirlo en su ano para asustarlo. «Ah yo no sos tan machito», le decían y reían. El llanto desesperado y las súplicas se perdían entre las risotadas. «Escuchame, putito, no te quiero ver más» le dijo un policía mientras le estampaba una cachetada que terminaba de aflojar los derruidos dientes de Juan. «Te vuelvo a ver y te voy a meter con uno de los changos que no ve una mujer hace más de dos años», lo amenazó. «Zafá, aca».

La vergüenza que sintió Juan calmó su dolor. No podía volver a casa con el rostro hecho una miseria. No podía decirle a su mamá que lo había atrapado. No quería caer sin comida. No quería volver a ver a su madre adentro de una camioneta.

Ya eran las 3. El frío te congelaba hasta el tuétano. Juan se recostó en una vereda y el dolor finalmente lo noqueó.

4 horas más tarde se despertaba con la escoba de una vecina que lo miraba con asco. «Salí de acá, mierda». Juan, todavía con miedo decidió huir.

Finalmente retornó al barrio. No fue a su casa, sino a la del tranza. «Conseguime un fierro», le pidió. «Lo tenés que traer de vuelta», le ordenó el tranza cuando se lo entregó.

Sin practicar, sin verificar si estaba cargada o no, Juan fue en busca de venganza. Esperó al tipo que lo había atrapado todo el día en esa esquina. Pero nunca pasó.

Ya era de medianoche y no tenía para su dosis, ni para comer. Sabía que otra vez dormiría en las heladas veredas. Pero ahora quería llenar su barriga con algún alimento.

Fue entonces cuando la vio. Esperando el largo semáforo en la avenida. Estaba ahí, parada, con las ventanillas bajadas. Juan sentía que era el momento ideal para tomar venganza por lo que le habían hecho a su madre y a su hermana.

Con posición de camionero, un sujeto aguardaba a que el semáforo se pusiera en verde. El cartel le indicaba que todavía quedaban 53 segundos.

Ciego. Sin mirar a los autos circulaban a alta velocidad. Juan cruzó la avenida con el objetivo en su mira. Cuando estaba en la platabanda y todavía quedaban 41 segundos, Juan estiró su brazo derecho y procuró apuntar a la cabeza del sujeto que todavía no lo había visto.

Cuando el hombre vio a un niño que lo apuntaba, se quedó inmóvil. Sin saber qué hacer. Sólo restaba esperar lo peor. Juan martilló el arma y gatilló.

Lo siguiente no lo recordaría nunca. Aunque siempre se preguntaría que hubiese sucedido si la bala hubiera salido del tambor. En una celda, abrazando sus rodillas, Juan estaba impávido. No recordaba cómo había llegado, ni sabía si el sujeto lo había golpeado. No le interesó saber si su compañero de celda era violador. Esa noche no durmió y apenas pestañeó.

Al día siguiente los medios publicarían el video de Juan asaltando. Publicarían las voces de políticos que Juan nunca vio en su barrio. Entrevistarían a personas que jamás pasaron hambre. Le darían voz a los que pedían su muerte. Pero no publicarían a alguien que pida educación para Juan, que pida alimentos para su familia, que denuncie las adicciones.


La sociedad jamás llamó víctima a Juan. Preferían decirle “negro de mierda”. Negro de mierda es un tipo que vio a su hermana venderse por un paquete de arroz. Negro de mierda es un tipo que nunca recibió alguna atención del Estado. Negro de mierda es un tipo que le teme al futuro, porque sabe que tendrá hijos pobres, nietos pobres y una cadena de delincuentes juveniles porque elegimos tirarle piedritas en lugar de un plato de comida. La sociedad sólo ve a un negro de mierda que está desesperado por paco.

*Es una historia ficticia pero que, probablemente, se repite todos los días

jueves, 25 de mayo de 2017

Mi color favorito

«Ojos de perro azul. Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: “eso ya no lo olvidaremos nunca».
Gabriel García Márquez – Ojos de perro azul

De casualidad me di cuenta. Fue en mi primer año de universidad. Era diciembre y tenía que ir a que los profesores firmen mi libreta universitaria. Un trámite estúpido que nunca me interesó. En la espera una compañera me llamó la atención: «Cuando pensás en Luis, pensás en el azul porque usa todo azul». El comentario, aparentemente inofensivo, me dejó descolocado.  «Nada que ver», respondí pero me quede pensando.

Luego de tener estampada la nota volví a mi casa. Mi primera reacción fue abrir el placard y corroborar la frase de mi compañera. En el frente seis remeras azules; atrás tres pantalones azules. Hasta las zapatillas que me había calzado eran azules.

Pero soy adicto a negar todo. Quise buscar una tercera opinión. «Sí. Es verdad, usás todo azul», me dijeron entre risas.

¿Era cierto? ¿Sólo usaba azul? Yo no lo creía.

Caminé por las vidrieras del centro para confirmar mi adicción. Observé remeras rojas y dije paso. Miré pantalones verdes y pensé ¿quién carajo los usaría?. Zapatillas con cuadritos ¡estamos todos locos! Considero que también vale aclarar que estoy en contra de las nuevas modas. Siento que nací 50 años tarde.

Mi estado de negación rompió mi sueño. Pasé tres noches pensando en por qué sólo tenía ojos para el azul. ¿Sería por el mar? No, apenas lo conozco. ¿Los ojos de una bella muchacha? En realidad me gustan cuando son cafés. ¿Los colores de mi equipo? En esos momentos el deca usaba una casaca azul pero definitivamente no era eso.

Hasta que repentinamente los recuerdos de mi más bella infancia volvieron.

Cómo no amar el color si azul era la camioneta del Gringo. Esa bestia del camino que casi le arrebata la vida al viejo en innumerables ocasiones. Era una Ford F-100 de la década del 80. No tenía la elegancia de las todoterrerno actuales pero era hermosa en su rusticidad. No tenía una velocidad más allá de la tercera. Poseía una cabina, tablero de madera. Los asientos –azules- parecían desgarrados por las zarpas de un tigre. Su embrague era tan duro que debías usar mucha fuerza para pisarlo.

En esa vieja armatoste pasé los mejores viajes de mi vida. Tenía cuatro años y mi abuelo me llevaba al campo, a la finca. Allí quedé maravillado por los caballos y la inmensidad de los cañaverales. Me asombró la amabilidad de los peones que volteaban a saludarnos. Y quedé enamorado de los tractores y las diferentes máquinas. «El trator» decía y mi abuelo se reía.

El azul era el gringo.

Pero eso no era todo: el azul también era mi viejo. Hasta los siete años veía a mi padre sólo dos veces por semana. La crisis de 2001 lo había dejado desempleado y en su desesperación tuvo que dejar Aguilares y buscar trabajo en San Miguel de Tucumán. A pesar de todas esas complicaciones, nunca tuve un padre ausente. El fin de semana, con puntualidad japonesa, llegaba a la casa de mis abuelos a vernos a mí, a mi madre y mis hermanos.

La llegada de mi viejo era sinónimo de buen fútbol. Comía un fugaz almuerzo, se cambiaba, se subía a la camioneta del Gringo y buscábamos a mis amigos para jugar al fútbol en Los Lapachos, un club social y deportivo de mi querido pago.

Para llegar allí había que atravesar cuatro kilómetros de cañaverales y casas rurales. Una ruta que se desarmaba sola y sortear a los diferentes imprudentes que manejaban por allí. Pero estaba tranquilo, sabía que nada iba a detener a la F-100. Ni siquiera los 12 pendejos que, ansiosos por patear un esférico, se encontraban en su caja.

Cuando chocabas con el cartel del lugar, debías tirarte a la banquina, esperar que ningún auto pasase e ingresar. La entrada estaba adornada con una treintena de lapachos rosados que volvían onírico el paisaje en su época de floración. Poseía un tinglado para fiestas, una cancha de tenis, una de paddle y una pileta de natación. En la parte posterior estaba el río, una parte prácticamente virgen donde me gustaba jugar a las escondidas.

En ese lugar festejé los cumpleaños de mi infancia. Hice mis mejores goles. Metí las más hermosas patadas. Pesqué un bagre con una cañita mojarrera. Casi pierdo la vida en la pileta cuando mi salvavidas se dio vuelta y quedé patas para arriba. Sólo me salvó el amor de mi vieja que se lanzó ciega a rescatarme de ese azul tenebroso.

El azul es mi infancia. Mis mejores recuerdos: el gringo, mis días de futbolista, mi Aguilares. ¿Cómo no amar el color?

martes, 23 de mayo de 2017

Autocanibalismo

Pude haber sido feliz toda la vida pero elegí emborracharme de nuevo. Porque ¿Quién te necesita teniendo esta vanidad y este ego? No me hacés falta y a mi egoísmo le chupa un huevo tu vida. Lo que vos querés son boludeces. Mejor me quedo con mi inevitable soledad.

Y así me regocijé en un mar de carne. Puro placer terreno, después de todo: lo eterno no me satisfacía. Volví a ser el rey de este mundo. Ese que es –se cree- distinto a todos. Ese que mira para abajo. Nunca para adelante. Menos para los costados. Y que se muere de la risa de lo que vio atrás. Y no tiene a nadie arriba.

Todos los días devoraba un cordero. Dejaba atrás ese banquete sencillo y salí a recobrar el tiempo perdido (¿Perdido?).

Estaba en la cima. Nunca me habría imaginado que todo cambiaría.

Los días pasaron y el cordero se transformó en cerdo. El cerdo involucionó en una vaca. La vaca se convirtió en un par de achuras. Después de las achuras llegó la hambruna, y se presentó en forma de soledad.

La soledad es soberbia. Te miente que te conviene estar con ella porque es la mejor.

La soledad es muda. No te permite hablar con nadie mientras te corroe hasta el tuétano.

La soledad es sorda. Oculta esos gritos que quieren escapar de tus cuerdas vocales.

La soledad es celosa. No deja que te siga ni tu propia sombra.

La soledad es cobarde. Se esconde bien adentro de ti y nunca salta a la luz.

Pero la soledad también es maestra. Te enseña que la carne no sabe a nada si no te abraza.

Son las 7.26 de la mañana. Apenas pegué un ojo, en la zona céntrica una alarma de un auto –maldigo a su dueño- no deja que mis parpados se fundan y se encuentren con Morfeo. Pero no me interesa dormir. Para nada. Sólo quiero resolver misterios. A pesar de que hace dos meses dejé el periodismo, mi curiosidad sigue alerta. Y el misterio es: ¿se podría haber evitado?


Sí. Pero la puerta fue cerrada.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Gringo querido

Crecí con las rodillas raspadas. Eran raras las veces que podían verme sin costras. No sé si las veredas en las que jugaba al fútbol eran muy irregulares o si tardé en desarrollar mi sentido del equilibrio. O quizás sólo era bruto -la opcíon más probable.

Recuerdo el ardor. Era la peor de todas las sensaciones. Sentía que mi piel era lijada por esas baldozas enemigas. En lo más profundo de mi memoria quedó guardada la impresión que sentía al ver cómo la sangre brotaba de mi rodilla. Lloraba.

Y ahí estabas vos. Con tu rostro adusto y la puntas de las cejas afiladas mirándome como un cura ve a un pecador. Tengo que admitir que sentía miedo. Sólo habría la boca para retarme. Como si yo hubiera querido autoflagelar mis rodillas. Lo único que lograbas era potenciar mi llanto. Gritaba muy fuerte, casi pidiendo un auxilio. Trataba de que mi llanto opacara tu voz. Pero nadie llegaba. Sólo estabas vos y tu frase. Esa que martillaba en mis oídos y que se inmortalizaría en mi memoria: "Maricón. No llorés, maricón".

Entonces, con el ego tocado por tus insultos, me levantaba y corría con vehemencia tras el esférico. Te cedía la pelota para tratar de castigar con una patada esas flojas piernas y huesos oxidados. Me sentía el loco Gatti lanzándome tras la pelota paea evitar que la pelota traspasase el poste de luz, que hacía las veces de arco improvisado. Cads gol que te convertía era mi especie de revancha personal.

Tu frase quemaba mis neuronas y me obnubilaba. La odiaba. Los hombres también lloran, pensaba. Aunque nunca, en mi corta vida, te había visto llorar. Hasta el día en que tuve que dejar Aguilares.

Hacía frío para ser un febrero tucumano. En ese momento no entendía porque mi mamá estaba ansiosa y amontonaba decenas de bolsos. Tampoco sabía porque le pidieron a mi prestada la camioneta a mi tío. Cuando te vi recién comprendí todo.

Estabas acostado en tu cama. Tus verdes ojos miraban al frente pero los achinaste tanto que seguramente no veías nada. Apenas entré a la pieza noté que algo raro te pasaba. Tu voz, que cualquier sargento hubiera envidiado, sonaba distinta. No exhibías ese tono de voz castrense que, casi siempre, tenías. Estabas quebrado.

Cuando me acerqué a darte un beso y despedirme -aún no sabía por qué era esta despedida- rompiste en un mar de lágrimas. "Chau m'hijo".

Al salir de tu cuarto recién entendí la situación. Ahora, estaría a 100 km de los partidos de fútbol, de tu exceso de colonia y de esas tardes en las que, tras un alambrado, me alentabas cuando jugaba en Newbery -la pasión que compartíamos.

Ese día también comprendí que tu frase no era homofóbica ni retrógrada. Vos estabas llorando. Vos, en ese momento, eras un maricón. Tu expresión no era un insulto, era un arenga. Tu manera de decirme "levantate, tenés que seguir". Querías inculcarme esa filosofía boxeadora de vida en la que el llanto apenas tiene lugar. Porque siempre fuiste así: un peleador. Te operaban y a los dos meses ya caminabas. Le gambeteabas a esa maldita y diabetes. Birlabas cada diagnóstico negativo. Le quebrabas la cintura a todos los médicos.

Así aspiré a ser como vos: un luchador de la vida. Aunque mis problemas eran muchos menos complejos: ¿Qué problemas puede tener un niño? Me lastimaban pero yo seguía. Me golpeaban y yo me paraba. Me tiraban abajo pero no me detenían. Vos y tu lucha me inspiraban. Sentía que podría admirarte toda la vida.

Pero te caíste y fue fuerte. Pensaba que esa fortaleza que habías transferido en mí sería sufiente para levantarte. Pero me caí con vos. Sólo que yo me levanté pero sin vos.

Ahí fue cuando dejé de lado tu estilo de vida. Ese día de febrero derramé mil lágrimas. Cada una de ellas era un homenaje.

Te extraño, Gringo.