Crecí con las rodillas raspadas. Eran raras las veces que podían verme sin costras. No sé si las veredas en las que jugaba al fútbol eran muy irregulares o si tardé en desarrollar mi sentido del equilibrio. O quizás sólo era bruto -la opcíon más probable.
Recuerdo el ardor. Era la peor de todas las sensaciones. Sentía que mi piel era lijada por esas baldozas enemigas. En lo más profundo de mi memoria quedó guardada la impresión que sentía al ver cómo la sangre brotaba de mi rodilla. Lloraba.
Y ahí estabas vos. Con tu rostro adusto y la puntas de las cejas afiladas mirándome como un cura ve a un pecador. Tengo que admitir que sentía miedo. Sólo habría la boca para retarme. Como si yo hubiera querido autoflagelar mis rodillas. Lo único que lograbas era potenciar mi llanto. Gritaba muy fuerte, casi pidiendo un auxilio. Trataba de que mi llanto opacara tu voz. Pero nadie llegaba. Sólo estabas vos y tu frase. Esa que martillaba en mis oídos y que se inmortalizaría en mi memoria: "Maricón. No llorés, maricón".
Entonces, con el ego tocado por tus insultos, me levantaba y corría con vehemencia tras el esférico. Te cedía la pelota para tratar de castigar con una patada esas flojas piernas y huesos oxidados. Me sentía el loco Gatti lanzándome tras la pelota paea evitar que la pelota traspasase el poste de luz, que hacía las veces de arco improvisado. Cads gol que te convertía era mi especie de revancha personal.
Tu frase quemaba mis neuronas y me obnubilaba. La odiaba. Los hombres también lloran, pensaba. Aunque nunca, en mi corta vida, te había visto llorar. Hasta el día en que tuve que dejar Aguilares.
Hacía frío para ser un febrero tucumano. En ese momento no entendía porque mi mamá estaba ansiosa y amontonaba decenas de bolsos. Tampoco sabía porque le pidieron a mi prestada la camioneta a mi tío. Cuando te vi recién comprendí todo.
Estabas acostado en tu cama. Tus verdes ojos miraban al frente pero los achinaste tanto que seguramente no veías nada. Apenas entré a la pieza noté que algo raro te pasaba. Tu voz, que cualquier sargento hubiera envidiado, sonaba distinta. No exhibías ese tono de voz castrense que, casi siempre, tenías. Estabas quebrado.
Cuando me acerqué a darte un beso y despedirme -aún no sabía por qué era esta despedida- rompiste en un mar de lágrimas. "Chau m'hijo".
Al salir de tu cuarto recién entendí la situación. Ahora, estaría a 100 km de los partidos de fútbol, de tu exceso de colonia y de esas tardes en las que, tras un alambrado, me alentabas cuando jugaba en Newbery -la pasión que compartíamos.
Ese día también comprendí que tu frase no era homofóbica ni retrógrada. Vos estabas llorando. Vos, en ese momento, eras un maricón. Tu expresión no era un insulto, era un arenga. Tu manera de decirme "levantate, tenés que seguir". Querías inculcarme esa filosofía boxeadora de vida en la que el llanto apenas tiene lugar. Porque siempre fuiste así: un peleador. Te operaban y a los dos meses ya caminabas. Le gambeteabas a esa maldita y diabetes. Birlabas cada diagnóstico negativo. Le quebrabas la cintura a todos los médicos.
Así aspiré a ser como vos: un luchador de la vida. Aunque mis problemas eran muchos menos complejos: ¿Qué problemas puede tener un niño? Me lastimaban pero yo seguía. Me golpeaban y yo me paraba. Me tiraban abajo pero no me detenían. Vos y tu lucha me inspiraban. Sentía que podría admirarte toda la vida.
Pero te caíste y fue fuerte. Pensaba que esa fortaleza que habías transferido en mí sería sufiente para levantarte. Pero me caí con vos. Sólo que yo me levanté pero sin vos.
Ahí fue cuando dejé de lado tu estilo de vida. Ese día de febrero derramé mil lágrimas. Cada una de ellas era un homenaje.
Te extraño, Gringo.
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