Juan tiene 14 años, las uñas renegridas y nunca se
saca la camiseta de su equipo favorito. Su casa es similar a la de todos sus
vecinos: un ambiente de 25 metros cuadrados. Allí vive junto con su madre y su
hermana, con quien debe compartir el colchón.
La escuela es sólo un mito para él. Desde hace 7
años que no toca un cuaderno. Apenas puede unir las letras de los carteles para
tomar un colectivo y lo último que escribió fue su nombre en un acta de la
comisaría.
Juan no conoce de amigos ya que nunca tuvo tiempo
para ellos. A los 7 años aprendió a calzarse una gorra, tomar unas estampitas
de la virgen y subirse a los colectivos para conseguir unas moneditas.
Cuando los choferes estaban de buen humor, subía a,
aproximadamente veinte colectivos antes de las 14. A pesar de haberse
encontrado con más de 300 personas, Juan, como mucho, recaudaba $ 20. Lo
suficiente para un pequeño sándwich en un kiosco.
Cada bocado de ese frío sándwich de fiambre le dolía
en el alma. Se sentía egoísta por no compartirlo con su hermana mayor. Sabía
que hoy no le alcanzaría para cenar y su madre tendría que volver a salir.
A pesar de que su vida era un infierno, el mayor
miedo de Juan no era el futuro, sino los autos.
Luego de una irritante jornada laboral, Juan
retornaba a su casa. Tenía que caminar diez cuadras desde la parada a su hogar,
porque no había línea que llegase a esa zona. Empujaba la puerta de chapa,
sacaba sus zapatillas y descansaba en su derruido colchón. Su madre y su
hermana no estaban en casa. Seguramente habían salido a tocar porteros en busca
de ropa. Juan aprovechaba para pensar en cómo explicarle a su madre que hoy no
habría cena.
Se hicieron las 20, su madre y su hermana volvieron.
Entre lágrimas escucharon como Juan no tenía dinero ni para fruta. Escucharon
sus súplicas de perdón y lloraron con él. Ella también sabían que hoy iban a
enfrentar su peor miedo: los autos.
Llegó la medianoche. Desde su puerta, Juan observaba
como su mamá y su hermana se paraban frente a la ruta. El corazón le ardían y
su estómago regurgitaba. Sus oídos comenzaron a sufrir cuando sintieron el
ruido de una poderosa camioneta todoterreno acercarse.
Imponente. Elegante. Ruidosa. Así veía Juan a los
vehículos que se acercaban a su madre y a su hermana. La rutina era la misma:
unas ventanillas polarizadas –ya que no querían dar la cara- se bajaban, unas
cuantas palabras cruzadas y su mamá se subía. Luego, había que esperar 15
minutos para que alguien pasara y recogiera a su hermana.
Las noches de soledad eran duras. Sentía culpa por
haber comido pero, a su vez, sabía que su hambre era demasiado grande. Juan no
lloraba. Juan vomitaba hasta dormirse en ese charco de malos olores.
Juan se despertaba a las 3 de la mañana. Cuando su
mamá y su hermana volvían con un paquete de arroz y otro de fideos bajo sus
brazos. Mañana habría almuerzo y cena. Sin cruzar palabras se acostaban a su
lado. El olor de la calle le volvía a dar arcadas y lo dejaba al borde del vómito.
Al borde de las lágrimas. Al borde del suicidio. Al borde de la locura.
Juan tiene 14 años y odia a los autos. Odia a la
gente con dinero. Odia el arroz. Odia los fideos. Odia su casa. Odia su
realidad. Por eso decidió huir de ella.
Nunca había consumido paco. Pero sabía que era
cuestión de caminar media cuadra y encontrarse con la casa del tranza. Era la
única del barrio que tenía rejas, puerta, ventanas y medía más de 25 metros
cuadrados. En la entrada de su casa una decena de zombis se aglutinaban.
Algunos estaban tirados en la vereda. Otros convulsionaban. También estaban los
que hablaban solos. Juan no tenía miedo, como mucho podría perder su vida.
Un hombre con los ojos colorados, con prominente bartola
y sin remera lo atendió. «¿Qué va a lleva’ papilo?», le dijo. Juan le entregó
los quince pesos que esa noche escondió a su mamá.
La primera vez que fumó Paco, Juan sintió que volvía
a vivir. Luego de 90 segundos despertó y se dio cuenta que volvía a ser el
chico que no tenía educación ni futuro. Se acercó a la ventana del tranza y
pidió más. Pero no tenía con qué pagarlo. Eso
no importaba, el tranza sabía que tenía un cliente más.
Diez dosis y una deuda de $ 150 después, Juan volvió
a su casa. No podía pegar los ojos, así que sacó su gorra y subió a los
colectivos para poder pagarle al tranza.
Se sorprendió con el primer colectivo al que subió.
Sintió que su gorra pesaba más de lo normal. Pensó que era una verdadera
fortuna. Pero cuando bajó y revisó su botín, se dio cuenta de que había muchas
piedritas que alguien le había arrojado.
La bronca se apoderó de su mirada. Las lágrimas
corrieron por sus mejillas. Sintió la imperiosa necesidad de fumar paco. Pero
para ello necesitaba dinero.
La primera vez que Juan robó se sintió alegre. Una
señora caminaba distraída con su celular. Juan supo que era la víctima
perfecta. Con agilidad y rapidez manoteó el celular de las manos de su dueña. Sin
mirar atrás y sin hacerle caso a los gritos de la señora, escapó.
En un laberinto de calles internas frenó. Tomó aire.
Revisó su botín: un celular de alta gama, que él desconocía totalmente. No
sabía qué hacer con él, ni a cuanto venderlo, ni cómo ocultarlo. Todavía
excitado, decidió que era momento de volver a casa.
Llovía y su barrio era un mar de barro. Pero por
primera vez Juan caminaba con la cabeza en alto. Determinó que lo mejor no
sería volver a casa, sino caer a lo del tranza. A pesar de que el teléfono
tranquilamente superaba los $ 8.000, Juan aceptó canjearlo por 20 dosis y la
deuda ($ 450).
La cabeza de Juan volaba. Prendía una dosis cada
tres minutos. Cuando se le terminaron, quería más. Ya sabía que para mañana
tendría que robar el doble.
Creía que no siempre le podría salir bien lo de arrebatar.
Así que se armó con un cuchillo tramontina para atacar a sus víctimas en
lugares solitarios. Así escogió una esquina en la que no pasaban muchas
personas. Con su cuchillo intimidó a dos, tres, cuatro víctimas. Hoy cenaría
mucho paco.
En la vuelta, momentáneamente superó su adicción y
compró comida para su madre y su hermana. Para ello sacrificó un celular. Se
sentía orgulloso: su mamá y su hermana no canjearían su cuerpo por un paquete
de comida.
Así, Juan automatizó sus días: levantarse temprano,
robar, dar comida y drogarse.
Hasta que un día se metió con el equivocado. Un día
alguien le hizo frente en un asalto. Juan nunca había pensado que las víctimas
se iban a revelar contra el asaltante. Hasta el momento sólo había robado a
mujeres y uno que otro niño más pequeño. Y peor: Juan nunca se había planteado la
idea de lastimar a alguien, llevaba el arma sólo para intimidar.
Así lanzó un facazo, pero sus huesos de adicto
fueron demasiado lentos para un deportista que con una llave lo dominó y
comenzó a pedir auxilio. Los vecinos de la calle salieron y en lugar de llamar
a la policía decidieron ajusticiarlo. Una patada en las costillas, centenares
de puños en sus rostros y hasta un ladrillazo en los riñones. Cuando vieron que
el joven lucía desfigurado, decidieron dejarlo en el suelo. Los que lo
golpearon se fueron cuando empezaron a llamar a la policía.
Los cobanis llegaron en una camioneta. Tomaron
declaración a los vecinos y cargaron a Juan en la camioneta. Saliendo de su
inconsciencia, comenzó a gritar: «Bajemén. Bajemén. Don, por favor». «Callate, lacra
de mierda», contestó uno de los oficiales.
Los oficiales creían que Juan quería escapar. Pero
lo que en realidad quería era salir de ese vehículo. Se imaginó a su madre y a su
hermana en búsqueda de alimento. Los gritos y súplicas no hicieron más que
enfurecer a los policías.
A pesar de que su rostro estaba ensangrentado y
desfigurado. Los policías continuaron humillando a Juan en la comisaría. «Pasame
la escoba. Le mostremos lo que le van a hacer guardado». El policía tomó el palo,
le bajó los pantalones Juan y amagó con introducirlo en su ano para asustarlo. «Ah
yo no sos tan machito», le decían y reían. El llanto desesperado y las súplicas
se perdían entre las risotadas. «Escuchame, putito, no te quiero ver más» le
dijo un policía mientras le estampaba una cachetada que terminaba de aflojar
los derruidos dientes de Juan. «Te vuelvo a ver y te voy a meter con uno de los
changos que no ve una mujer hace más de dos años», lo amenazó. «Zafá, aca».
La vergüenza que sintió Juan calmó su dolor. No
podía volver a casa con el rostro hecho una miseria. No podía decirle a su mamá
que lo había atrapado. No quería caer sin comida. No quería volver a ver a su
madre adentro de una camioneta.
Ya eran las 3. El frío te congelaba hasta el
tuétano. Juan se recostó en una vereda y el dolor finalmente lo noqueó.
4 horas más tarde se despertaba con la escoba de una
vecina que lo miraba con asco. «Salí de acá, mierda». Juan, todavía con miedo
decidió huir.
Finalmente retornó al barrio. No fue a su casa, sino
a la del tranza. «Conseguime un fierro», le pidió. «Lo tenés que traer de
vuelta», le ordenó el tranza cuando se lo entregó.
Sin practicar, sin verificar si estaba cargada o no,
Juan fue en busca de venganza. Esperó al tipo que lo había atrapado todo el día
en esa esquina. Pero nunca pasó.
Ya era de medianoche y no tenía para su dosis, ni
para comer. Sabía que otra vez dormiría en las heladas veredas. Pero ahora
quería llenar su barriga con algún alimento.
Fue entonces cuando la vio. Esperando el largo
semáforo en la avenida. Estaba ahí, parada, con las ventanillas bajadas. Juan
sentía que era el momento ideal para tomar venganza por lo que le habían hecho
a su madre y a su hermana.
Con posición de camionero, un sujeto aguardaba a que
el semáforo se pusiera en verde. El cartel le indicaba que todavía quedaban 53
segundos.
Ciego. Sin mirar a los autos circulaban a alta
velocidad. Juan cruzó la avenida con el objetivo en su mira. Cuando estaba en
la platabanda y todavía quedaban 41 segundos, Juan estiró su brazo derecho y
procuró apuntar a la cabeza del sujeto que todavía no lo había visto.
Cuando el hombre vio a un niño que lo apuntaba, se
quedó inmóvil. Sin saber qué hacer. Sólo restaba esperar lo peor. Juan martilló
el arma y gatilló.
Lo siguiente no lo recordaría nunca. Aunque siempre
se preguntaría que hubiese sucedido si la bala hubiera salido del tambor. En
una celda, abrazando sus rodillas, Juan estaba impávido. No recordaba cómo
había llegado, ni sabía si el sujeto lo había golpeado. No le interesó saber si
su compañero de celda era violador. Esa noche no durmió y apenas pestañeó.
Al día siguiente los medios publicarían el video de
Juan asaltando. Publicarían las voces de políticos que Juan nunca vio en su
barrio. Entrevistarían a personas que jamás pasaron hambre. Le darían voz a los
que pedían su muerte. Pero no publicarían a alguien que pida educación para
Juan, que pida alimentos para su familia, que denuncie las adicciones.
La sociedad jamás llamó víctima a Juan. Preferían
decirle “negro de mierda”. Negro de mierda es un tipo que vio a su hermana
venderse por un paquete de arroz. Negro de mierda es un tipo que nunca recibió
alguna atención del Estado. Negro de mierda es un tipo que le teme al futuro, porque
sabe que tendrá hijos pobres, nietos pobres y una cadena de delincuentes
juveniles porque elegimos tirarle piedritas en lugar de un plato de comida. La
sociedad sólo ve a un negro de mierda que está desesperado por paco.
*Es una historia ficticia pero que, probablemente, se repite todos los días
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