«Ojos
de perro azul. Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: “eso ya no lo
olvidaremos nunca».
Gabriel
García Márquez – Ojos de perro azul
De casualidad me di cuenta. Fue en mi primer año de
universidad. Era diciembre y tenía que ir a que los profesores firmen mi
libreta universitaria. Un trámite estúpido que nunca me interesó. En la espera
una compañera me llamó la atención: «Cuando pensás en Luis, pensás en el azul
porque usa todo azul». El comentario, aparentemente inofensivo, me dejó
descolocado. «Nada que ver», respondí
pero me quede pensando.
Luego de tener estampada la nota volví a mi casa. Mi
primera reacción fue abrir el placard y corroborar la frase de mi compañera. En
el frente seis remeras azules; atrás tres pantalones azules. Hasta las
zapatillas que me había calzado eran azules.
Pero soy adicto a negar todo. Quise buscar una
tercera opinión. «Sí. Es verdad, usás todo azul», me dijeron entre risas.
¿Era cierto? ¿Sólo usaba azul? Yo no lo creía.
Caminé por las vidrieras del centro para confirmar
mi adicción. Observé remeras rojas y dije paso. Miré pantalones verdes y pensé ¿quién
carajo los usaría?. Zapatillas con cuadritos ¡estamos todos locos! Considero
que también vale aclarar que estoy en contra de las nuevas modas. Siento que
nací 50 años tarde.
Mi estado de negación rompió mi sueño. Pasé tres
noches pensando en por qué sólo tenía ojos para el azul. ¿Sería por el mar? No,
apenas lo conozco. ¿Los ojos de una bella muchacha? En realidad me gustan
cuando son cafés. ¿Los colores de mi equipo? En esos momentos el deca usaba una
casaca azul pero definitivamente no era eso.
Hasta que repentinamente los recuerdos de mi más
bella infancia volvieron.
Cómo no amar el color si azul era la camioneta del Gringo.
Esa bestia del camino que casi le arrebata la vida al viejo en innumerables
ocasiones. Era una Ford F-100 de la década del 80. No tenía la elegancia de las
todoterrerno actuales pero era hermosa en su rusticidad. No tenía una velocidad
más allá de la tercera. Poseía una cabina, tablero de madera. Los asientos –azules-
parecían desgarrados por las zarpas de un tigre. Su embrague era tan duro que
debías usar mucha fuerza para pisarlo.
En esa vieja armatoste pasé los mejores viajes de mi
vida. Tenía cuatro años y mi abuelo me llevaba al campo, a la finca. Allí quedé
maravillado por los caballos y la inmensidad de los cañaverales. Me asombró la
amabilidad de los peones que volteaban a saludarnos. Y quedé enamorado de los
tractores y las diferentes máquinas. «El trator» decía y mi abuelo se reía.
El azul era el gringo.
Pero eso no era todo: el azul también era mi viejo. Hasta
los siete años veía a mi padre sólo dos veces por semana. La crisis de 2001 lo
había dejado desempleado y en su desesperación tuvo que dejar Aguilares y
buscar trabajo en San Miguel de Tucumán. A pesar de todas esas complicaciones,
nunca tuve un padre ausente. El fin de semana, con puntualidad japonesa,
llegaba a la casa de mis abuelos a vernos a mí, a mi madre y mis hermanos.
La llegada de mi viejo era sinónimo de buen fútbol.
Comía un fugaz almuerzo, se cambiaba, se subía a la camioneta del Gringo y
buscábamos a mis amigos para jugar al fútbol en Los Lapachos, un club social y
deportivo de mi querido pago.
Para llegar allí había que atravesar cuatro
kilómetros de cañaverales y casas rurales. Una ruta que se desarmaba sola y
sortear a los diferentes imprudentes que manejaban por allí. Pero estaba
tranquilo, sabía que nada iba a detener a la F-100. Ni siquiera los 12 pendejos
que, ansiosos por patear un esférico, se encontraban en su caja.
Cuando chocabas con el cartel del lugar, debías
tirarte a la banquina, esperar que ningún auto pasase e ingresar. La entrada
estaba adornada con una treintena de lapachos rosados que volvían onírico el
paisaje en su época de floración. Poseía un tinglado para fiestas, una cancha
de tenis, una de paddle y una pileta de natación. En la parte posterior estaba
el río, una parte prácticamente virgen donde me gustaba jugar a las escondidas.
En ese lugar festejé los cumpleaños de mi infancia.
Hice mis mejores goles. Metí las más hermosas patadas. Pesqué un bagre con una
cañita mojarrera. Casi pierdo la vida en la pileta cuando mi salvavidas se dio
vuelta y quedé patas para arriba. Sólo me salvó el amor de mi vieja que se
lanzó ciega a rescatarme de ese azul tenebroso.
El azul es mi infancia. Mis mejores recuerdos: el
gringo, mis días de futbolista, mi Aguilares. ¿Cómo no amar el color?
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