Quizás no me comprendas. Yo tampoco me entiendo demasiado. Tal vez, los constantes golpes me hicieron así. Probablemente no te importará y querrás pelear, pero será inútil. Te lo aseguro.
Debajo de este gran cráneo, además de poco seso, hay un verdadero laberinto cretense. Un monstuo habita allí, una verdadera bestia. Todos los días duerme, pero con el tiempo sale. Y se enoja cuando lo alumbra la luz, ama la oscuridad. Un mínimo rayo de esperanza lo exalta. Aflora ese egoísmo estúpido; esa autodestrucción constante que daña a los seres más cercanos. Obvio, no lo entenderás, no tuviste tiempo.
El bicho durmió durante dos semanas pero las ganas de ser feliz lo despertaron y todos su miedos se enraizaron en la corteza encefálica. Y, como se esperaba, no generaron nada bueno. Salieron los miedos, las inseguridades y la tristeza -que creía muerta.
Por un momento -de verdad- creí que tenías el hilo de Ariadna para guiarme. Pero una cornada de la bestia lo cortó. Y arrebató lo poco que construiste -construimos-.
Lo intentaste, por lo menos. Donde muchos vieron un Minotauro, vos viste un Asterión de Borges. Donde muchos vieron una bestia insensible, vos viste un niño traumado. Donde muchos vieron un egoísta, vos viste a alguien con buenas intenciones que no siempre funcionan. Por eso te digo gracias.
Gracias. Gracias por las mejores discusiones. Gracias por las charlas aburridas y por las divertidas. Gracias por los más heterogéneos temas. Gracias por la sonrisa de las mañanas. Gracias por la de las noches. Gracias por creer en mí. Gracias. Gracias de verdad. Algún día comprenderás que fue lo mejor -para vos.
Ahora la bestia se calma. Escribe un poco y se controla.
Aunque, nunca se sabe cuándo llegará el próximo sacudón.