lunes, 20 de noviembre de 2017

Crónica del día más triste de mi vida

Y otra vez la enfermedad te había golpeado en la pera. El puñetazo te dejó en la lona, esa que besabas muy seguido últimamente. Tendido en el frío suelo del baño, peleabas por levantarte.  Sabías que era una batalla perdida. Hace tiempo que no tenías fuerzas para hacerlo por vos mismo. Pero era humillante pedirle a tu jermu o a tu nieto que te ayudaran.

Un fuerte golpe de huesos llegó a mis oídos. Corrí, sabía que no estabas bien. No te iba a dejar solo nunca, por más que tu orgullo hubiera preferido alejarme.

Llegué y te vi llorando. Vos, el mismo que me decía maricón cada vez que derramaba lágrimas. Vos, el que puteaba a todos los hombres que se quebraban. Vos, el del carácter rudo, el del sempiterno rostro dusto. Vos, mi boxeador de la vida.

Concentré todas mis fuerzas para levantarte. Pero fallé. Intenté y no pude. Probé de nuevo y me di cuenta con que eran inútiles mis esfuerzos. Caí en que no me sirvió de nada el ejercicio, seguía siendo el mismo flaco de siempre. 

Tuve que llamar a alguien más. Tristemente fue demasiado tarde cuando llegó.

'Acomodá el cuello', te dije. ¿Por qué no contesta? ¿Por qué no me hace caso? ¿Por qué no parpadea? ¿Por qué me mira fijo? ¿Qué son esos espasmos? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no reacciona?

La ayuda llegó y te sacamos en camilla. De nada sirvió: ya eras un peso muerto.

Faltaba que alguien me lo confirme pero yo ya lo sabía: me habías abandonado. Tomé el celular y le escribí a alguien para contarle lo que pasó. Necesitaba un abrazo. Necesitaba explotar todas esas lágrimas. Le hablé a ella. Ese día descubriría quién era mi mejor amiga.

Se acercaron a la pieza y, aunque ya lo sabía, me dijeron: 'El abuelo está muerto'. Mi mundo se derrumbó. Exploté pero tuve valor para comentárselo a mi padre, a mi familia y a mis amigos. Hoy los necesitaría.

Nunva había llorado tanto, nunca lloraría tanto como esa vez. Aunque a él no le gustaba, creí que cada gota que derramara era un homenaje a su memoria. A los partidos en Newbery, a las hamacas en la plaza, a los partidos en bares, a las tardes de pelota, a las peleas, a las discusiones, a los abrazos y a todo lo que él significaba.

Tres horas después pude reír porque te llevaría para siempre conmigo. 

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