Volvieron esas noches. Aunque si lo pienso bien ¿alguna vez se fueron? Sí, dormí tranquilo pero el fantasma siempre me miraba desde la esquina. Sentado, acechando, alimentándose de la angustia que corroía mis entrañas.
Pienso. Reflexiono todo el tiempo. Por un momento, estoy contento. Pasa un segundo y ya estoy triste. A los diez minutos estoy enojado, furioso. Como a la hora llega el llanto. La tristeza me abruma y sólo encuentro consuelo en la fe. Leo y la palabra me ayuda. Me da la seguridad de que mañana será otro día y de que en algún momento seré recompensado. Cierro las páginas. Suelto el libro y vuelvo a la cama.
Estoy enemistado con el colchón. Dejó de ser mi compañero favorito. Ese objeto que me sacaba el estrés y en el que tan bien la pasaba. Hace tiempo que este rectángulo con resortes se convirtió en penitenciaría, en una caja ladrona de mis últimas esperanzas. Allí lloro. Todo el tiempo.
Todavía quedan los resortes rotos; resabios de tu perfume y una memoria perfecta que dibuja, con precisión arquitectónica, tu cintura. Te recuerda levantándote, levantando la ropa y despidiéndote. Recuerda todos los cuerpos que intentaron reemplazarte pero fracasaron. Mi memotia te añora y pide a gritos ser borrada. Ya no quiere sufrir más.
Y así es un día tras otro. De día soy una fiera que sale a ganarse el pan. De noche, cuando la verdad sale, soy la presa más vulnerable. Tus recuerdos están a mi acecho.