jueves, 19 de octubre de 2017

Felices 87

Hoy cumplirías 87 años.

Te hubieras levantado a las seis de la mañana, simplemente por molesta costumbre. Seguramente, te habrías dirigido al baño para sacar la ropa del canasto y llevarla al lavarropas. La jubilación era una mala palabra para vos: no existía. No podías quedarte quieto, viejo mañero.

Luego, hubieras vuelto a tu cama, siempre con el diario bajo el sobaco. Dos horas y unos cuantos ronquidos después, te habrías levantado. Esta vez es en serio. Te hubieras parado y, arrastrando tus pies, te habrías dirigido hacia la cocina. Lo de siempre: un te con galletas. No tengo dudas, habrías partido la galleta y la habrías tirado en la bebida. Harías ruidos totalmente desagradables para tomar tu bebida. No usarías una servilleta. Siempre tosco, viejito.

A eso de las 12, me hubieras levantado de la cama. "Ya va a estar la comida, levantate, ¿qué has andado tomando?". "No", te habría mentido descaradamente. Con el pelo enmarañado y los ojos japoneses, me habría acercado a vos. Te hubiera dicho: "Feliz cumpleaños abuelo", siempre seco, así de machos somos los Cazzullo. Probablemente, durante el saludo, me habría raspado con tu barba. Y eso me habría recordado la más triste infancia. Si vieras la barba que estoy criando ahora, viejito (?).

Después de aspirar tu tarta de verduras -esa que te obligaban a comer-, soplarías las velitas. Yendo en contra de tu voluntad y tu forma de ser, llorarías. Te quebrarías como chinita. "No llorés maricón", pensaría el insensible de tu nieto, que igual se acercaría abrazarte. El llanto no te duraría mucho. Con una servilleta, sacarías tus lágrimas y estarías dispuesto a comer tu peso en torta. Una poderosa repleta de dulce de leche, esa que tanto te gustaba. Discutiríamos. Te recordaría que la diabetes te impide comer cosas dulces. Pero perdería el tiempo y la discusión. Eras muy cabeza dura y no había enfermedad capaz de detenerte.

Finalmente, pelearías con la bebi. Simplemente por costumbre: pasaron 52 años peleando todos los días. Pero, debo decir, que con todos sus defectos ustedes me enseñaron lo que es el aguante.

Lloraste. Comiste. Te llenaste. Peleaste. Ahora sólo te quedaría dormir una de tus maratónicas siestas.

Casi sin que te des cuenta, llegaría la noche: tu momento favorito. Ese momento que esperaste todo el día. Abrirías la heladera y repetirías la torta. La pellizcarías siempre que no haya intrusos para retarte. La mirarías como un Quijote a Dulcinea. Te harías el gil, cada vez que te preguntase por el merengue en tu barba. Porque así -sos- eras vos. Porque así te tengo: siempre presente.



Hoy no estás. Hoy no te tengo. Pero como dice Canserbero: "No se muere quien se va, sólo se muere quien se olvida". Así que te mando el abrazo onírico más grande de todos. Uno de esos que atraviesan barreras y rompen mundos. Abrazo, abuelo.

martes, 3 de octubre de 2017

La más linda del jardín

Y la encontré: tímida, callada y con el autoestima derrumbado. Una lágrima de tristeza rodaba por sus mejillas. Sus ojos negros -tan hermosos como el plenilunio- sólo eran capaces de mirar el suelo. "Qué bonita puede llegar a ser la tristeza", pensé cuando la vi. Sin pensarlo, me acerqué hacia ella. Tenía la cabeza en blanco pero una extraña fuerza me movió hacia ella. Quizás esas ganas de pintarle el mundo de otra manera.

Te asustaste cuando me viste. Trataste de alejarte cuando quise levantar tu rostro. Sólo la luna era merecedora de esas pupilas brillantes. Me corriste la mirada, no me tenías confianza. Intenté ganármela con unos cuantos comentarios inentendibles. Eso te te hizo reír y mostrar esos dientes perfectos. No te diste cuenta pero la lágrima cayó y no volvió a aparecer en tu rostro.

Bastó una sola sonrisa tuya para venderme otra realidad. No necesitaba nada más simple y sencillo.

Así caminamos y caminamos. No nos tomamos de las manos, sabíamos que eso era un lugar demasiado común para nosotros. Los lapachos del parque hicieron de alfombra para nuestros pies. Y allí, con vos a mi lado, pude comprender algo importante: mi mirada había cambiado.

Las ramas de los árboles ya no parecían tenebrosos brazos esqueléticos; la primera llegó y adornó las copas. Las calles no estaban oscuras; el sol descendía indiferentemente sobre nosotros, iluminaba nuestro paseo. Ya no veía un rostro plagado de lágrimas; me perdía en una sonrisa de dientes infinitamente blancos. Todo era diferente.

Fuimos compartiendo momentos, escapadas, palabras. Hasta te regalé mis mejores cuentos. Vos, y tu cara de luna creciente, me dieron lo único que necesitaba: esperanza en un futuro mejor. Creencia en que todo iba a estar bien. No te lo dije, obviamente, pero te lo agradezco.


No creí que se acabaría tan rápido. Pero, quizás, era lo mejor. Éramos demasiado grandes para algo tan pequeño. No lloré cuando nos despedimos. No hubo sentimientos de tristeza en mi cabeza. Sólo tuve palabras de agradecimientos para vos. Para vos y tus ojos. Para vos y tu sonrisa. Para vos y tus charlas eternas. Para vos y tus ganas de escuchar.