martes, 23 de mayo de 2017

Autocanibalismo

Pude haber sido feliz toda la vida pero elegí emborracharme de nuevo. Porque ¿Quién te necesita teniendo esta vanidad y este ego? No me hacés falta y a mi egoísmo le chupa un huevo tu vida. Lo que vos querés son boludeces. Mejor me quedo con mi inevitable soledad.

Y así me regocijé en un mar de carne. Puro placer terreno, después de todo: lo eterno no me satisfacía. Volví a ser el rey de este mundo. Ese que es –se cree- distinto a todos. Ese que mira para abajo. Nunca para adelante. Menos para los costados. Y que se muere de la risa de lo que vio atrás. Y no tiene a nadie arriba.

Todos los días devoraba un cordero. Dejaba atrás ese banquete sencillo y salí a recobrar el tiempo perdido (¿Perdido?).

Estaba en la cima. Nunca me habría imaginado que todo cambiaría.

Los días pasaron y el cordero se transformó en cerdo. El cerdo involucionó en una vaca. La vaca se convirtió en un par de achuras. Después de las achuras llegó la hambruna, y se presentó en forma de soledad.

La soledad es soberbia. Te miente que te conviene estar con ella porque es la mejor.

La soledad es muda. No te permite hablar con nadie mientras te corroe hasta el tuétano.

La soledad es sorda. Oculta esos gritos que quieren escapar de tus cuerdas vocales.

La soledad es celosa. No deja que te siga ni tu propia sombra.

La soledad es cobarde. Se esconde bien adentro de ti y nunca salta a la luz.

Pero la soledad también es maestra. Te enseña que la carne no sabe a nada si no te abraza.

Son las 7.26 de la mañana. Apenas pegué un ojo, en la zona céntrica una alarma de un auto –maldigo a su dueño- no deja que mis parpados se fundan y se encuentren con Morfeo. Pero no me interesa dormir. Para nada. Sólo quiero resolver misterios. A pesar de que hace dos meses dejé el periodismo, mi curiosidad sigue alerta. Y el misterio es: ¿se podría haber evitado?


Sí. Pero la puerta fue cerrada.

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