Pude haber sido feliz toda la vida pero elegí
emborracharme de nuevo. Porque ¿Quién te necesita teniendo esta vanidad y este
ego? No me hacés falta y a mi egoísmo le chupa un huevo tu vida. Lo que vos
querés son boludeces. Mejor me quedo con mi inevitable soledad.
Y así me regocijé en un mar de carne. Puro placer
terreno, después de todo: lo eterno no me satisfacía. Volví a ser el rey de
este mundo. Ese que es –se cree- distinto a todos. Ese que mira para abajo.
Nunca para adelante. Menos para los costados. Y que se muere de la risa de lo
que vio atrás. Y no tiene a nadie arriba.
Todos los días devoraba un cordero. Dejaba atrás ese
banquete sencillo y salí a recobrar el tiempo perdido (¿Perdido?).
Estaba en la cima. Nunca me habría imaginado que
todo cambiaría.
Los días pasaron y el cordero se transformó en
cerdo. El cerdo involucionó en una vaca. La vaca se convirtió en un par de
achuras. Después de las achuras llegó la hambruna, y se presentó en forma de
soledad.
La soledad es soberbia. Te miente que te conviene
estar con ella porque es la mejor.
La soledad es muda. No te permite hablar con nadie
mientras te corroe hasta el tuétano.
La soledad es sorda. Oculta esos gritos que quieren
escapar de tus cuerdas vocales.
La soledad es celosa. No deja que te siga ni tu propia
sombra.
La soledad es cobarde. Se esconde bien adentro de ti
y nunca salta a la luz.
Pero la soledad también es maestra. Te enseña que la
carne no sabe a nada si no te abraza.
Son las 7.26 de la mañana. Apenas pegué un ojo, en
la zona céntrica una alarma de un auto –maldigo a su dueño- no deja que mis
parpados se fundan y se encuentren con Morfeo. Pero no me interesa dormir. Para
nada. Sólo quiero resolver misterios. A pesar de que hace dos meses dejé el
periodismo, mi curiosidad sigue alerta. Y el misterio es: ¿se podría haber
evitado?
Sí. Pero la puerta fue cerrada.
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