Lleva el cabello cano. En las pocas partes donde todavía lo tiene. No es muy alto pero tampoco es tan bajo como yo. La vida lo apodó pollo. Yo prefiero decirle abu.
Todos los días, con puntualidad alemana, se despierta a las 6 AM. En pijama baja los 11 escalones que lo separan de la cocina. Allí desayuna su té y sus bizcochos. Treinta minutos despues se calza sus zapatillas o zapatos y baja otros ocho escalones hacia su laboratorio. En un día normal -y con una buena economía- llega a atender 35 pacientes. No parece nada del otro mundo pero no les conté que tiene 74 años. Tampoco mencioné que no tiene ganas de jubilarse.
Hace 5 meses mi espalda perdió su virginidad, por fin agarré una pala, dejé de ser santiagueño -va con humor para los vecinos-. Algunos día trabajé seis horas, otros ocho, diez, doce y hasta catorce horas en una jornada. Uno nunca sabe cuando saldrá de una redacción.
Cuando llegaba a mi casa no me sentía aliviado. Estaba muy cansado para pensar en otras cosas. Sumado a los 'tan' importantes problemas que puede tener una persona de 22 años que vive con sus viejos. Pero siempre tuve una muleta detrás.
Aunque 86 km separan nuestros hogares, ahí estabas vos. Ahí estaba tu voz tan calma, tus abrazos contenedores y tus ojos, que detrás de unos lentes, me mostraban lo que es el amor.
Catorce horas no es nada, pensaba. No es nada. El viejo tiene 74 y todavía se la pasa 12 horas en su laboratorio. Saca sangre, analiza orina e incluso salva vidas.
Con la cabeza gacha, el estrés invadiendo mi cuerpo y los brazos cansados me tiraba en mi cama. No me joda nadie. Mañana será otro día. Por suerte nunca me escuchaste.
En mi Whatsapp estaba tu cadena kilómetrica -que nunca leí ni reenvié- y tu típico mensaje: 'cómo estás, viejo?'. 'Bien', te respondía. 'Acá la yeye -mi abuela- está armando una carpeta con tus recortes'. Y mi alma renacía. Mis fuerzas se potenciaban. El esfuerzo se multiplicaba. Todo porque estabas vos: mis muletas, mis palabras de aliento, el que sostenía mis hombros.
Mi machismo bobo me impedía sentir amor por las personas. Pero nunca dudé lo mucho que te amaba. Lo mucho que te admiraba. Lo mucho que soñaba con parecerme a vos. A vos, mi abu.
Hoy tu visión ya no es la misma. Caminás más despacio. Además de años sumás pastillas en tu recetario. Pero seguís yendo a ese laboratorio. A esa prisión que, con vocación, convertiste en pasión.
Y ahí estás. Convirtiéndote en mi inspiración y mis ganas de ser. Creo -también por culpa de mi machismo bobo- que nunca te dije gracias. Vos me salvaste. Ahí siempre estuviste vos.
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