martes, 13 de junio de 2017

Mi negra

Son las 00.30, mi día está llegando a su fin. Llevo una camiseta raída, y mi short de Atlético -ese que necesito extraerme quirúrgicamente-. Veo las finales de la NBA. A Golden State le faltan 10 minutos para coronarse como nuevo campeón del mejor básquet del mundo. Pero hay algo que llama más mi atención. Algo mucho más sorprendente que morochos encestando una pelota a 12 metros. Mucho más impresionante que los modernos estadios. El camarógrafo de ESPN, al parecer, coincide conmigo.

El reloj indica que al partido le quedan cinco minutos y 12 segundos. A pesar de que en la cancha continúan las grandes estrellas como Durant, Curry, James, Irving, Love, Green o Thompson, los lentes enfocan a las tribunas. En ese mar de butacas amarillas, una persona resalta. Negra como el chocolate, petacona y con unos kilos de más. Lleva el pelo corto y unos areted blancos que contrastan con su piel. Ella es Wanda Pratt, mejor conocida como la madre de Kevin Durant.

Un pequeño arroyo de lágrimas surca su rostro. Recorre esos rechonchos y cachetes y desemboca en el suelo. Está feliz, su hijo está a unos minutos de alcanzar su primer anillo de campeonato. Aquel que se le negó en 2012, cuando también tuvo como rival a Lebron James (el mejor jugador de la actualidad).

Wanda es la fanática número de Golden State. Bah, en realidad de KD, como se conoce a Durant. Estuvo presente en cada uno de los 29 estadios de los 30 equipos que componen la NBA (Los Ángeles Lakers y Clippers comparten el mismo estadio). Se convirtió en la jugadora número 12, aunque creo que en este caso sería la sexta jugadora.

El reloj se paraliza cuando quedan 11 segundos. Curry lleva el balón pero sin intenciones de encestar (ya lo había hecho mucho durante el partido). Los jugadores se abrazan, ya se sabe quién será el campeón. De repente, en ese mar de camisetas amarillas, una butaca queda vacía. Las cámaras no encuentran a Wanda Pratt.

Mientras la buscaban, con agilidad de barrabrava argentino, Wanda saltó a la cancha. Corrió hasta el centro del parqué. Necesitaba ver a su bebé. A ese que tuvo a los 18 años.

KD se encontraba abrazando a Lebron James. Cruzaron algunas palabras -calculo que felicitaciones y agradecimientos-. E inmediatamente fue a la mitad de la cancha, como por inercia.

Allí se encontraron. Se detuvieron a cinco pasos el uno del otro. Y, antes de fundirse en un abrazo, realizaron un pequeño baile. Algo que quizás tenían practicado. Algo que quizás realizaban desde que Durant jugaba en canchas de cemento, sin aire acondicionado. Algo que quizás hacían seguido en su departamento sin muebles.

Hace tres años (2014), cuando Durant fue elegido como Most Valuable Player (MVP) dedicó el premio a Wanda. "Cuando algo bueno te pasa yo miro hacia atrás para recordar lo que me trajo hasta aquí. Nos hiciste creer, nos sacaste de las calles y nos llevaste comida a la mesa. Te sacrificaste por nosotros. Tú eres la verdadera MVP", dijo KD al recibir el mayor premio individual de la liga.

El partido ya terminó. Tomo mi celular y entro a Twitter a leer algún comentario bobo, a ver algunos memes y frases rebuscadas de amor. En medio de tanta información encuentro el video del discurso de Durant. Lo veo tres, cuatro y hasta cinco veces. Me detengo en una parte: "Cuando algo bueno te pasa yo miro hacia atrás para recordar lo que me trajo hasta aquí".

Mi memoria fue invadida por la nostalgia. Por el día más feliz de mi vida. El día que me recibí. Ella estaba ahí. Vestida de blanco. Con los pomulos bordeándole los ojos y una sonrisa que trataba de ser fuerte para que las lágrimas no inundaran su rostro -cosa que luego no pudo hacer-.

Cerré mi exposición y sus ojos se convirtieron en agua. Se paró y aplaudió con fuerzas. El profesor pidió que nos retirarámos del aula. Una mera formalidad para debatir la nota (que luego sería un 10, para mi y mis otros dos compañeros).

Afuera del aula no tuvimos un bailecito. No nos gustan las ridiculeces pero sin dudas me diste el abrazo más fuerte de todos. Uno de eso que expulsan a la soledad. Uno de esos que no querés que se acaben. Uno de esos que detienen el tiempo. Los dos quedamos en un mar de lágrimas.

Más tarde me dirías que el día más feliz de mi vida también fue tu día más feliz. Me dirías que estabas orgullosa de mi cuando entré en el diario. Recortarías cada nota que escribiría y la guardarías en un folio.

Hoy, cuando las cosas no me salen tan bien, me acosté en tu regazo. Me acariciaste el pelo y me dijiste: "todo va a estar bien. Mientras estés con nosotros todo va a estar bien, hijito". Una lágrima cayó de mi rostro. Espero que sea la última.

Miré hacia atrás y vi todo lo que me llevó a vivir este momento. Odio. Soberbia. Egoísmo. Todo lo que quiero dejar atrás. Para olvidarlo todo y empezar de nuevo -gracias a vos- bastó una frase:



-Perdón, mami. Te amo y quiero ser bueno.

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