Fue increíble pero sucedió. Le bastaron tres días y unas palabras certeras para enamorarme. Cegó mi razón y me abrió las puertas a un paraíso que nunca antes había conocido. ¿Fuimos muy rápido? Obvio pero luego de probar esos labios finos como la seda nada me importó. Mi vida pasó a un segundo plano.
Eras de un punto cardinal diferente: del sur. De un pago cuyo nombre no recuerdo. Nuestros cuerpos estaban separados por una gran barrera de kilómetros. Pero, les aseguro, nada distanciaba nuestras mentes.
Por unos días decidimos irnos lejos. Huir hasta de nuestros seres queridos y obligaciones. Vencer a la distancia. Enlazábamos nuestras manos en caminos extraños. Nos besábamos bajo una luna ajena. Y reíamos en una arena que no era de nuestra tierra. Todo lo hacíamos así: juntos.
Nunca olvidaré aquel crepúsculo que compartimos, en aquella modesta habitación. Una tenue luz de televisión nos iluminaba. Un goteo de lavamos sonorizaba el ambiente. Y en el centro estábamos los dos. Fue el día que realizamos la fusión -que yo creí- perfecta -en ese momento.
Pasó el tiempo y otra vez los kilómetros de dividirnos. Su tarea fue en vano. Al parecer la distancia no sabía que habíamos jurado estar más juntos que nunca. Sólo debía esperar a que tu crecieras y vivieras más cerca.
Y llegó el día. Y en aquel momento te tuve. Y vos me tuviste. Y compartimos cientos de lunas más. Todo era perfecto hasta que llegaron las peleas. Discusiones que nos hicieron añorar los kilómetros de distancia. Ya no era lo mismo. Ya no había amor.
Un mar de lágrimas -de ambos-, un beso en la mejilla, un 'yo te voy a esperar' y una puerta cerrada fue lo último que tuve de vos. Te alejaste y no volviste.
La vida no valía la pena. Llegué a odiarte. Pasé 90 noches en mi balcón observando al astro nocturno, el mismo que un día había sido nuestro. Sólo tenía mi vaso de whisky y mi vidala como fieles compañeros. La verdad que no quería a nadie más. Fue el tiempo en que me hice amigo eterno del insomnio.
Al día 91 me alejé del balcón. Creía que si pasaba más tiempo terminaría saltando. Salí a la calle. Ya era hora de volver a vivir, pensé. Unos amigos, que con cara de lástima me miraban, me presentaron una chica. Sin esperanza y sin ganas de nada acepté conocerla.
Rubia. Ojos verdes. Una figura portentosa. De carácter fuerte pero simpático. Una risa estrepitosa que se fusionaría a la perfección con mi tímida sonrisa. Tenía apenas un defecto. Una falla casi imperceptible: no era vos.
Nuestra primera salida fue un perfecto desastre. Se sentó frente al televisor, no como ella que elegía darle la espalda. Le pusiste sacarina a tu café, ella siempre usaba edulcorante. No me decías 'mi amor', como ella lo hacía. No eras ella.
Tenía esa odiosa costumbre de compararlas. La rubia perdía en todo. Pero, por algún impulso, seguía con ella. Y, definitivamente, no quería dejarla. Así que tuvimos muchas salidas más.
Aunque mientras más salíamos, más presente tenía a mi chica del sur. Renegaba con ello. Te odiaba. ¿Cómo podías ser un lindo recuerdo si te tenía tan presente?
Mientras tanto, notaba hermosos cambios en la rubia. Ella se acercaba cada vez más a mi. Le gustaba mirarme. Casi tanto como te veía a ti en algún tiempo. Decidí darle una oportunidad. De esa manera la fui queriendo.
Mi chica del sur desapareció una noche. La noche en la que amé por primera vez a la rubia. Un aura de fuego se apoderó de esa habitación y de nuestras almas. Las llamas aumentabab cada vez que nuestros corazones se rozaban. Es cierto, no había tanta pasión pero por primera vez experimenté el amor. El verdadero amor.
La rubia se adueñó de mi ser. En ella encontré al ser con quien quería pasar el resto de mi vida. Y así lo hicimos.
A los tumbos y con esfuerzo nos mantuvimos. Llegó la primera de nuestras niñas. La primera deuda. El primer trabajo. Las primeras ganas de huir, que se disiparon cuando me enteré que sería padre por segunda vez.
Así nos fuimos amando. Aguantando. Tolerando. Respetando. Juntos dejamos de temerle al futuro.
Estaba de viaje cuando me enteré que sería papá por tercera vez. A cien kilómetros de casa. Lamenté que mi esposa me diera tan grande noticia por teléfono pero a la vez me alegré. Decidí festejar solo.
Manejé por unas calles conocidas. Estacioné en una cuadra que ya antes había visto. Pedí un vino, que anteriormente había pedido, en un bar, en el que antes había bebido. Acompañé el elixir con una buena carne roja. Sí, antes la había pedido. Hasta que algo que nunca antes había visto irrumpió en ese momento de festejo solitario.
Una pequeña niña de pelo trenzado entró empujando un coche al bar. Atrás la escoltaba una verdadera señorita -más tarde me enteraría que era su hermana mayor-. Terminando esa fila india de mujeres estaba ella, mi chica del sur. Mi corazón palpitó. Los años no habían lacerado ese bello rostro. La figura, aunque un poco desgastada, continuaba allí. Llevabas un sombrero de verano. Eras toda una señora.
Como un muerto en vida dejé mi plato. Caminé a paso de hormiga y te toqué el hombro:
-Qué alegría verte después de tantos años.
Me dijiste. Quedé mudo. Quedé viendo esos ojos que antes encerraban la eternidad. Me detuve sobre esos labios que alguna vez habían sido míos.
-El gusto es mío -te respondí-. ¿Son tus niñas? -pregunté.
Me presentó frente a las tres. A la más grande le dijo 'este es el señor del que alguna vez te hablé', le explicó a la mayor. ¿Qué historia nuestra habrás contado?
-Vení a casa a tomar un café, por favor.
Me dijo. Nunca creí que intentaras algo pero decliné tu invitación. Comí. Pagué. Y volví al auto.
En el volante, sobre la ruta, observando los cañaverales, pensé en lo lindo que fue verte. En lo mucho que gané. En lo lindo que fue tener un buen recuerdo de alguien que un día amé.
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