Hoy sos frágil. Tus rulos, que antes brillaban con su color negro, están poblados de canas. Cada vez están más débiles. Cada vez tenes menos. Hoy estás petiza. Yo te sobrepasé en altura. Ya no sos esa férrea defensora que salía corriendo cuando yo me raspaba las rodillas en la vereda. Ya no vas a putear a los tontos grandes que me metían zancadillas traicioneras en los fútbol de calle. Ya no tenés fuerzas para retar a quienes me decían "negro" cuando era niño.
Hoy estás sola, como yo. Hoy estás viuda y yo huérfano. El gringo ya no está para retarnos, hacernos renegar, para abrazarnos. Hoy tus cuencas tienen arrugas cada vez más prominentes. Como estarás de débil que ya no tenés fuerza para caminar las seis cuadras que te separan de la iglesia. Como estarás de mal que tu cabeza ya no la pasa bien.
(Paro de escribir para llorar un rato).
Hoy peleas cuando no deberías hacerlo. Hoy puteas cuando deberías estar descansando. Hoy fabulás cuando deberías estar disfrutando. ¿Por qué así? ¿Por qué no podés quedarte tranquilita? ¿Por qué no podés abandonar esos caprichos burgueses que siempre tuviste? ¿Por qué querés aislarte en lugar de disfrutar de tus nietos? ¿Por qué? Quizás tu partida te afectó más de lo que debiera. ¿Por qué soy tan egoísta? Quizás porque no quiero verte mal y porque quiero que disfrutés tus últimos años a mi lado. Alejada de todos quienes buscan enchastrar nuestra relación.
No. Vos no sos esa bruja solitaria y débil de ahora. Vos sos más que eso. O lo fuiste.
De niño era torpe y colgado. Desearía decir que cambié en mi adolescencia pero no. Pasaba mis tardes jugando en la plaza del centro de Aguilares. Amaba en las hamacas. Aunque siempre estuvieran pobladas de niños mayores. Niños que saltaban. Niños que llevaban a la máxima altura sus asientos. Me sorprendían y me colgaba tanto viéndolos que no noté que uno de ellos se dirigía directo hacia mi cabeza.
Me hice mierda. Era la primera vez que me sangraba mi cabeza. Estaba asustado y un tanto mareado. Pero no es eso lo que más recuerdo. Volví a la casa de ella desparramando lágrimas en cada cuadra. La cara hinchada y colorada. Vos estabas en la puerta. Tiraste tu cigarro antes de entrar -porque al abuelo no le gustaba- y me viste. Saliste corriendo en mi auxilio. Te inclinaste un poco y me acunaste en tus brazos. Pegaste un grito. Y me apretaste contra tu cuello. Yo seguía llorando.
Me metiste en tu casa. Me secaste las lágrimas. Me pusiste hielo y me limpiaste la sangre que tenía en el cabello. Seguía llorando -era muy maricón-. Inmediatamente me preguntaste quién me había herido tan gravemente. Quién había sido el bruto que me había lastimado. Dejaste el amor maternal y te transformaste en un león. Siempre tuve la certeza de que hubieras sido capaz de cagar a trompadas a Tyson por mí. Y me repetiste: "¿Quién te hizo eso?". Yo, con la voz tímida y quebrada, respondí: "Unos chiquitos grandes". "Ya los voy a agarrar con el cinto", me prometiste.
Ustedes creerán que estoy fabulando. Dirán que exagero pero no. Con pollera, musculosa y un cinto en la cartera, mi abuela salió a la calle. Fue en busca de la justicia por mano propia. Para vengar a su pequeño nieto. Para lástimar a niños que ni siquiera me habían herido con intención. Y no, no se preocupen: no lastimó a nadie. Simplemente lo hizo para tranquilizarme. Para mostrarme lo que era capaz de hacer por mí.
Esa eras vos, mi abuela. Eras una fiera con quien se metía conmigo. Y, aunque a los envidiosos les molestaba, siempre estuve orgulloso de saber de que era tu favorito.
Hoy, los años te pasaron por encima. La soledad se apoderó por vos. Tu memoria falla. Falla mucho y te hace imaginar muchas cosas. Pero a mi no me importa. Para mi seguirás siendo mi más férrea defensora. Y siempre elegiré quedarme con los buenos momentos, abuela querida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario