viernes, 14 de julio de 2017

En el pie del monte

«Gracias al mas alto
ya estas vivo el Dios
creador te ha bendecido el te dio la vida
y ha dejado que tu escojas el camino»

Te das la vuelta por un segundo y te das cuenta que dejaste atrás la montaña. La mirás. Suspirás. Una lágrima rueda por tus mejillas y moja los cordones de tus zapatillas. ¡Qué tiempos! ¡Cuántos compañeros! ¡Cuántas noches de locura! ¡Cuántos amigos! ¡Cuántos desconocidos! ¡Cuántas subidas! ¡Cuántas caídas! Sí, les pasa a todos. Añoran los momentos de la anterior montaña cuando están en otro camino. No está mal. Hacés bien. Pero, mejor, pensás que esos recuerdos -aunque buenos- serán reemplazados por otros mejores en tu nuevo periplo.

«Allá voy, contra viento y marea», das los primeros pasos con las pastillas en tus auriculares. Es fundamental. Te reís: la letra describe tu momento con precisión. Te calzás la capucha porque te acordás de Rocky y porque sos muy fantasma. También porque no querés darte la vuelta ni mirar a los costados. Estás totalmente centrado. Hace mucho que no estabas así.

Corrés en medio de yuyos. Conocés nuevos viajeros. Te acompañan hasta cierta parte. Aprendés. No parás de aprender. Estás muy feliz. Cómo extrañabas esa sonrisa. Cómo deseabas alejar esas asquerosas lágrimas. Cómo querías callar esos llantos imbéciles e innecesarios. Te das cuenta que, aunque alta, la nueva montaña no es tan diferente a la anterior. Hay gente nueva y vieja. Amigos y extraños por conocer. Te acercás a ellos. Ya no sos un misántropo. Todavía no sos simpático pero lo intentás. Así aprendés que las nuevas personas también pueden ayudarte a crecer y a seguir aprendiendo. Aun las más nimias.

Cae la noche pero tus pies no se detienen ni un segundo. Ya enfrentaste a la oscuridad, no le tenés miedo. Se raspan. Se cansan. Se lastiman. Pero qué te importa eso. Vos seguís embalado. Ignorando, a veces, a los que te acompañan. Adelantándote demasiado. Creyendo que mañana estarás acampando en la cima. Pero no, amigo. Sólo lográs toparte con la mismísima realidad.

Fallás. Te quejás. Empezás a ver los primeros indicios de valles. Ya no podés ver la cima: la vegetación se volvió demasiado espesa. Tus rodillas te duelen. No soportás el dolor. Te sentás y mirás atrás. A lo lejos se ve esa cumbre que escalaste, que pasaste con facilidad, en la que anidaste tanto tiempo. Es tan hermoso el pasado, es tan lindo reírse de la memoria, es tan...hora de armar campamento y dormir. Estoy cansado.

Un sol indiferente te despierta con sus insoportables rayos. Maldita luz. Ya no querés levantarte, querés seguir contemplando el camino recorrido y no el sendero que te queda por recorrer. Ves pasar los viajeros. No los saludás. Te quedás mudo. Hasta que un viajero se percata de tu rostro sombrío. Se da cuenta de la oscuridad que inunda tus mejillas. Tiene tu altura, un pelo lacio y sedoso -te dan ganas de tocarlo-, lleva una sonrisa en su blanco rostro. Te sonríe, le devuelves la sonrisa -aunque no quieres-. «Mi friend, escucha y no estés triste: hay un lado positivo de lo malo siempre aprendiste», te dice. Llorás. Pero no ese llanto de cobarde. Se parece más bien a la risa. Te reís con lágrimas en los ojos. 

Levantás el campamento y la seguís. Pero sólo hasta cierto punto. Se separan. Ella nunca se dara cuenta de lo feliz que te hizo. Nunca entenderá lo importante que fue para vos. ¿Ves? Ya estás forjando buenos recuerdos. No era tan difícil adquirir esa mirada panorámica. Era cuestión de actitud. Y de unos lindos dientes abrazados a unos finos labios para salir.


Desde el pie del monte toda colina parece un Everest. Toda cuesta parece una montaña. Y, es cierto, duele el doble. Pero dejá de quejarte. Nos queda mucho periplo todavía. Poné Zona Ganjah, así vas tranquilo por lo menos.

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