No quería salir. La idea era sólo tomar unas birras: solucionar los problemas del mundo, armar la formación con la que selección saldrá campeona en la Copa del Mundo de Rusia y reírnos demasiados. No se imaginan lo feo que es solucionar los problemas del planeta y no podés solucionar los que tengo con la soledad. Pero ese es otro tema.
Mi amigo pasó en su moto nueva. Esa que utiliza hasta para ir desde su pieza al baño, esa de la que no puede bajarse. Una enduro, roja, casi tan alta como yo. Tengo que pegar un salto para colocarme en el asiento. Me da miedo: no tengo casco. La moto es fuerte. Siento que me voy para atrás. Temo caerme a la mismísima mierda así que me aferro con toda mi fuerza a los hombros de mi amigo.
Por suerte sólo recorremos una cuadra. Fue innecesario tanto sufrimiento en una cuadra. Nos dirigimos a la barra: dos birras. Dorada, dulce, aroma a miel: la rubia más hermosa. La receta perfecta para la sed y la compañía ideal para una charla. Apenas se siente la música en el ambiente. Al fin recupero la paz.
A la charla se suman personas. Vienen grandes amigos y todo cambia. Lo que parecía ser una amena charla evoluciona en una joda. Promesa de mujeres, alcohol y baile. Estoy re manija. Quiero irme de gira.
Comemos unas papas que tienen mejor sabor que el caviar. Pagamos. Nos vamos. Le robo el casco a mi amigo y me subo a la moto. Al menos esta vez mi cabeza está protegida. Pero igual voy intranquilo. El muy cajetudo maneja como el orto. Bah, en realidad soy muy miedoso. Y, también, amo mucho mi cerebro. No quiero verlo desparramado en el pavimento.
Tengo muchas ganas de salir, tomar cerveza y celebrar. Estoy feliz. Después de una semana bastante intensa vuelvo a sonreír.
No me cambié. No volví a mi casa a buscar perfume. Estoy con las zapatillas más viejas que tengo. Llevo el pantalón azul que uso para trabajar. Abajo tengo la misma remera que uso para dormir, un buzo rojo. Por último, tengo una campera deportiva. Pregunto si está bien ir así. "Ahí van hasta de ojotas", me responden. Eso es suficiente para mí. Aunque luego, arriba de la moto, me arrepentiré: la campera era muy fina. Los vientos de invierno me fusilaron: mis huesos estaban rígidos, mis músculos temblaban como gelatina y los ojos me lloraron como chinita. Debo comprar guantes, agendo.
Llegamos a la casa de un amigo. Un barrio muy amistoso. Sólo se sienten motores de motos. Las personas miran con desconfianza a dos personas subidas en moto, como nosotros. "Hace poco entraron a robar en mi casa", me confirma mi compañero. Pero llegamos. No tenemos heridas, seguimos vivos: fin de la pesadilla, por ahora. Apenas sustos en un lomo de burro que ninguno de los dos vio.
Sigue el escabio. Abro unas cuantas latas y sigo con la birra. Extraño el fernet y el vodka. Pero sé que mañana agradeceré el haber pasado de esas bebidas destrozadoras de hígados.
De repente pinta el hambre. Pidamos una pizza, sanguches, hamburguesas, algo por favor. Pero no. Las intenciones de mis amigos eran más vegetarianas y estéticas.
Una bolsita de consorcio. Bah, en realidad un trocito mínimo de ella. Tenía el tamaño de una uña. Bueno, un poco más grande. Pero lo que importaba era su contenido: lechuga. Sí, o por lo menos algunas hojas verdes. Pensé que necesitaríamos 1000 de esas bolsitas de lechuga para que comamos todos. Había escuchado que las porciones mínimas estaban de moda en los restaurantes. Pero jamás imaginé que mis amigos llegarían a eso.
No sólo fue una noche plagada de farra sino también bastante educativa. Aprendí que no hace falta cuchillo para picar la lechuga. Con gran habilidad, mi amigo la picó con sus uñas. Pienso que eso es muy poco higiénico. Hoy no comeré de eso. También me sorprende que la lechuga no vaya al plato. La enrollan en un papel muy fino. Pero esa no fue mi mayor sorpresa. Pegué un salto al ver que los humos de la lechuga eran buenos para los pulmones. "Lechuga loca", me explicaron que así se llama la especie. Nunca la vi en una verdulería.
Al comienzo les provoca risa. Sus ojos se ponen colorados. Luego tienen hambre -celebro-. Me ofrecen de su cigarrillo. Pero lo rechazo. Hace muchos años mis pulmones renunciaron al humo.
Finalmente llegan las pizzas. Las devoro como evacuado. Me mancho con aceite todo. Necesitaba comer.
Cuando ya no quedan ni las aceitunas mis amigos comienzan a arreglarse. Nunca había visto que los hombres se polveen la nariz. Paso, creo que eso atenta contra mi masculinidad: el maquillaje es para mujeres.
Luego de sus arreglos viene la nueva pesadilla. Sacan sus motos y ya mi corazón comienza a latir. Sé que son dos kilómetros hasta el boliche. Mis ojos ven con miedo extremo esa enduro. Roja, se me hace gigante, siento que si me tropiezo será como caer desde una montaña.
Ya estoy arriba. El viento pega como cuchillas en mi cara. Me duele. Trato de cubrirme con la espalda del conductor pero mi cabeza es demasiada grande. Lloro, por primera vez -en mucho tiempo- las lágrimas no son de tristeza sino de dolor. Mis manos cobran vida propia: tiemblan. No puedo controlar el temblor. Está muy frío. Pienso en mi mamá. Su corazón se detendría si me viese en esta moto por la Mate de Luna. Ojalá nunca lea estas líneas.
Vamos a 100 kilómetros por hora por una avenida transitada. Siento que si una hormiga se nos cruza, pasaré al otro mundo. Cada vez que pillamos un desnivel mi alma pasa al otro lado. Tengo miedo. Mucho miedo. Frenamos de golpe, a centímetros de los parachoques. Pasamos en medio de los autos. El desgraciado pasa en rojo. Lo puteo pero no le importa. Y, cuando menos lo esperaba, llegamos. Tardamos tres minutos en recorrer dos kilómetros. Los dos kilómetros más largos de mi vida. Una tortura de 180 segundos. Creo que sólo Dios me permitió escribir estas líneas.
Llegamos tan rápidos que mis otros seis amigos tardaron 10 minutos en alcanzarnos. Tan temprano que todavía no había nadie en la fila. Tan temprano que las puertas todavía estaban cerradas. Cuando al fin llegan todos comienza la repartición de chicles, puchos y de bromas. Tristemente a uno siempre le toca ser el punto de las bromas. Estaba colgado -pensando en ella (?)- y no escuchaba los insultos. Pero una frase llegó a mis oídos y me sorprendió.
—¿Qué flayá, amigo? No hablés giladas. Acá estamos de diez. A-te-erre (a todo ritmo) pá.
A nadie le dio gracia pero yo pegué una carcajada. Me pareció una genialidad del folclore urbano. Festejé el chiste. Supe que sería una gran noche. A-te-erre, papá.
Al fin llegaron los demás. Al fin abrieron. Hicimos fila. Pasamos. Obvio detalles innecesarios. Aunque hago una mención especial a las vendedoras de entradas que se robaron mi corazón.
"Vas a conocer el inframundo", con esa frase me habían descripto el boliche en la previa. Me dio mucha gracia en ese momento. Pensaba que era una hermosa hipérbole. Hasta el momento en que crucé esas puertas y lo corroboré con mis propios ojos.
Todo estaba oscuro. En el techo, unas luces con formas extrañas eran la única iluminación del lugar. No se ve una mierda, pensé. Todo era tan distinto. Nunca había estado en un boliche así. Me pregunté si venderían tragos o drogas.
Hasta la gente era diferente. Nunca había visto tantas minas con mangas tatuadas. Nunca había visto tantas mujeres con rastas en un mismo lugar. No sabía que había minas tan bonitas. Las había de todo tipo: gordas, flacas, altas, bajas, homosexuales, heterosexuales, bisexuales. No sabía que en tan pocos metros cuadrados podía caber tanto sexo.
Camino por el boliche. Me asombra como las hormonas florecen. Me sorprende el olor a sexo. No entiendo por qué chapan con tanta violencia. Por qué se estampan así contra la pared. Pienso que, en parte, envidio a esos locos.
Quiero chaparme a la rubita con anteojos que hace rato me observa con mirada lasciva. Me reviso la nariz para ver si un intruso en mi nariz es el que atrae su mirada pero no. No hay nada. Estoy limpio. Inflo el pecho, me le acerco, le cruzo una mirada. Intento hablarle pero me corre el rostro. Escucho risas, me da un poco de vergüenza. Pienso que, tal vez, así se sintió Boateng cuando Messi le quebró la cadera. "Qué hija de puta", le digo a los vaguitos que se ríen. "Esa e' calienta pingo nomá, amigo", me dicen. Otra más, pienso.
La música es rara. No tiene letra. Bah, en la pista de atrás sí pero no estuvimos mucho allí. En estos momentos extraño a Chiquino, Leo Mattioli, Pablito Lezcano. Añoro el ritmo de un güiro. Deseo canciones que tengan letras que insulten a la policía, que hablen de amores prohibidos, amores de prostitutas, ex novias. Cualquier cosa. Pero no. En este lugar no pasarán nunca Agrupación Marilyn. Y está bien. Me gusta, en cierta forma.
Hasta que al fin suena un tema que conozco. Dare de The Gorilaz. You've got to press it on you / You just think it / That's what you do, baby / Hold it down, Dare. No escucho música en inglés pero me encanta el tema. Quiero bailarlo pero no sé como se hace eso. Mis pasos de cumbia no son adecuados para este ritmo. Veo alrededor para tratar de imitar a los demás. Pero me da gracia. Hacen movimientos raros con sus brazos. Movimientos bastantes rígidos y repetitivos. En cierta forma, se parecen a un boomerang -esa función de Instagram. Y me da gracia. Los imito. Total, soy más rígido que lo demás. Parece fácil pero no. Soy un inútil. No puedo coordinar los movimientos de mis brazos con los de mis pies.
Al lado se me para un enano. Bah, uno que tiene mi misma altura. Lleva gafas -aunque no hay sol-, está pelado y tiene un tatuaje en su antebrazo. Atrás de su hombro, tiene a su amigo. "Está más duro que la realidad", me comenta.
— ¿Tenés para convidarme un gramo? Yo tengo faso.
— No. No consumo -le explico.
Su amigo está mudo. Tiene las pupilas dilatadas y está, definitivamente, muy rígido -muy duro-. Parece que adolece de articulaciones. Pero el tipo es amable. Me ofrece un trago. Declino su oferta por miedo a que la sustancia esté en el vaso. No tiene pinta de violador pero prefiero no arriesgarme.
— No sé por qué tomo merca. Me queda un gusto ácido en el paladar. Se me pega como moco y estoy todo el tiempo respirando con sabor a ácido. Pero eso significa que aspiré bien.
Me explican. No recuerdo como llegué a esa tertulia de drogas.
Son las tres de la mañana, llevo dos horas adentro. Me duelen las rodillas. No puedo seguir en pie. Quiero sentarme urgentemente. No tengo mejor idea que sentarme arriba de un parlante -al otro día mis oídos lo lamentan-. Un patovica me putea así que me tengo que levantar.
Recorro el boliche y hay algo que me llama la atención de sobremanera. Algo que nunca había visto. En un metro cuadrado entran seis personas. Para pasar debo chocar con todas. Pienso que me arriesgo a recibir un golpe pero no pasa nada de eso. "Uy disculpá", me dicen. "No pasa nada", me responden. En este boliche no debe haber rugbistas, calculo.
Ya no doy más. Me quiero ir. pero son las cuatro recién. Les digo a mis amigos que abandono. Uno decide secundarme. Uno que no está en condiciones ni de emitir vocablos. Salimos. Me despido. "No. Vos estás loco. Te voy a llevar yo". No me suelta. No me deja ir. Tendré que viajar en moto las seis cuadras. No sé qué tan iluminadas estaban esas seis cuadras pero les aseguro que vi la luz.
Antes de subir como acompañante tomé mi rosario y le pedí a Dios que me lleve a buen destino. Me subo y comienzan y los peores miedo se convierten en realidad. El muy culiado dobla muy abierto, para mi gusto. Frena de golpe, creo. Me hace frío. Me quiero bajar. Quiero caminar. Quiero vivir. Me doy cuenta que así de imbancable es mi vieja cuando yo manejo.
"Andá despacio", le digo. "No seas puto", me contesta. Hasta que al fin veo la esquina. Ni en pedo le pido que doble. Prefiero caminar esos 20 metros hasta la entrada de mi casa. "Dejame acá nomá", le suplico. Lo despido y vuelvo a tomar mi rosario. Esta vez pido por la salud de mi amigo, para que llegue a su casa (Después me confirmó que llegó).
A-Te-Erre, pienso. Nada que ver. Estoy viejo para estas cosas. Mis piernas sufren. Como te extrañé, Netflix.
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