domingo, 16 de julio de 2017

Lloré como chinita

Soy una contradicción andante. Los que me conocen podrán corroborarlo. Me cuesta mucho conjugar mis palabras con mis acciones. Eso, sobre todo, lo demostré el día más feliz de mi vida: un 24 de noviembre.

Hacía mucho calor. Demasiado calor. Si mal no recuerdo el termómetro rozaba los 35º C. Pero para mi cuerpo eran como 50ºC. Los nervios y el traje cambiaron mi temperatura corporal. El saco y la corbata me pesaban como una cruz.

Salí una hora antes de mi casa. Quería caminar por el centro y, de paso, aflojar los zapatos que estrenaba. Aproveché para ir muy lento, demasiado lento. Me tomaba cuatro minutos caminar una cuadra. Los pies me dolían pero disfrutaba del cielo despejado y del ardiente sol. Aproveché para ver las vidrieras. Saludar a los personajes que había en la peatonal. Todo para retrasar la llegada al camino. Nervios traicioneros.

Pasé la tarjeta. Me trabé con los molinetes. Mal augurio, pensé en ese momento. Rostro adusto avancé hasta el patio de la facultad. El verde de las plantas me tranquilizó; el aroma de las mandarinas me calmó; las aves que paseaban por allí me llenaron de paz.

Con rostro adusto saludé a todos los que se acercaban para desearme suerte. No era por ortiva, era porque estaba enfocado en una sola cosa: no trabarme a la hora de defender la tesis. Sí, es algo muy difícil cuando sos un toque -bastante- tartamudo.

Recibí halagos por mi traje. Críticas porque no tenía el último botón de la camisa prendido -desventajas de ser gordo-. Insultos por mi barba de algunos días. Pero no me importaba nada. Estaba centrado en mi único objetivo: diganmé licenciado. Ni siquiera pensaba en la borrachera que tendría cuatro horas después.

Fotos. Saludos con familiares. Recibir deseos. Armar el banner. Hacer chistes descontracturadores. Tomar agua -mucha agua-. Todo en la previa. Pero nada me distraía. Mi mente tenía la mira centrada en las palabras con la que abría mi exposición: "Nuestro marco teórico estuvo asentado en cinco pilares...".

Llegó la hora. Entramos al aula. Familiares impuntuales acrecentaban las gotas de transpiración en mi frente. Una presentación extraña dentro de la exposición. Risas de profesores. Y así hasta que, con quince minutos de retraso, sonó el silbato.

No hablaré de lo perfecta que nos salió la defensa. No es soberbia, es la realidad: fue perfecta. No hablaré de lo rápido que hablé. Lo nervioso que estaba con cada foto. Lo ciego que estaba: había tantas personas que no veía a nadie. Ni siquiera mencionaré el diez que recibimos. A pesar de los nervios, nunca dudé que mis compañeros me llevarían al diez. Todo el trabajo fue de ellos, no dudo en reconocerlo.

Pasaré a la parte importante: el momento en el que lloré como chinita. Salí del aula, los profesores necesitaban deliberar la nota. Abracé a mis compañeros, mis hermanos, mis padres, mis abuelos, los familiares de mis compañeros. A todos. Ya no quedaba nada, los nervios habían sido eliminados.

Volvimos al aula. Diez, dijo el tribunal. Aplausos. Sonrisas entre los tres que éramos oficialmente licenciados. Pero llegó el momento. "Ahora los licenciados van a leer sus agradecimientos", dijo el profe. 

Todo el año había dicho que no me emocionaría. Que los payasos lloraban. Que era de putos llorar. Que era de ridículos ¿Ven soy una contradicción andante?

Tomé el libro. Fui hacia la parte de agradecimientos y comencé a leer: "Quiero empezar reconociendo el trabajo de Álvaro Aurane". No aguanté mucho. Comencé a carraspear, mis cuerdas vocales se volvieron asperas. Aclaré la garganta me disculpé y continué. Sólo llegué a agradecerle a mi director de tesis.

Apareciste vos. Tu pelada, tu dentadura postiza y tu perfume. Apareciste vos retándome, vos cargándome, vos abrazándome, vos peleándole a tu diabetes. Vos, gringo. Vos, estabas ahí. "Gracias a mis abuelos", dije y no aguanté. Mi voz se quebró notablemente, me vine abajo. "Uno la estrella que ilumina mi cielo...". Me disculpé, dije que no podía seguir y le pedí al profesor que continuara.

Lloré mucho. Nunca había llorado así. No tenía consuelo. Aunque no lo necesitaba, sólo quería llorar. No quería mirar a nadie. Me daba vergüenza llorar tanto. Ya habían terminado mis agradecimiento y mi llanto no cesaba. No era solo el gringo, era el fin del camino. Eran mis primeros tres parciales gomeados, eran todos mis amigos, eran mis compañeros. Era despedirme de cuatro años. Mis ojos se agrietaron, se pusieron rojos, mis pómulos se hincharon, mi nariz se pobló de mocos, mi cabeza de añoranzas, todo en los cinco minutos que duraron los agradecimientos.


Ahí estaba el payaso que no lloraba. Ahí estaba el que tenía ojos de piedra. Ahí estaba el que se burlaba de los que lloraban. Ahí estaba yo: la contradicción andante.

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