miércoles, 4 de marzo de 2015

Tema libre: Mis añoranzas

Un viaje de una hora que me desespera y me pone de mal humor. Necesito llegar rápido. Necesito verte.

Al fin, puedo ubicar el lugar donde supo estar―porque ya no está―el cartel que agradecía cordialmente a cada viajero su visita, su pasada por la ciudad de las avenidas.

Saliendo de la ruta ingreso al lugar de la provincia donde soy feliz, donde crecí, el lugar donde por primera vez jugué a la pelota, donde inicié mis estudios.

Aproximadamente a 86 kilómetros del Gran San Miguel de Tucumán no existen tantos autos y al salir de la ruta, debemos circular despacio porque allí los potreros de los niños son las veredas, es el asfalto. Un arco pintado en las paredes de un galpón denota que hace poco se disputó un partido.

Ya llegamos al mediodía, y las madres se acercan a los porches de las casas para gritarles a sus niños que las empanadas ya están y que el partido se posterga hasta que el sol se retire un poco. Seguimos por nuestro laberinto de avenidas y podemos ver que, en este lugar, el vino y la esquina van de la mano. Hoy juega la gloriosa divisa y es motivo para brindar en el barrio, para colgar los trapos en la ventana de tu casa y sentir la angina que provoca la llegada de la batucada.

Nos acercamos a la plaza donde uno supo jugar―ya no se puede―entre arena y toboganes. Hoy el lugar se encuentra lleno de adolescentes y niños que practican el skateboarding, parejas jóvenes que salen a relucir sus nuevos coches y uno que otro resaqueado que vuelve de una noche de farra.

Piso un poco el freno, pongo la primera marcha y dejo que el auto fluya tranquilamente. Podemos ver pintorescas casas, al lado de casas descuidadas y hasta una que otra mansión. Todas con un factor en común: las rejas. Me hace pensar que el lugar ya no es el mismo donde me críe. Donde la gente podía dejar la puerta abierta. Donde unos instalaban una silla en su zaguán y se disponía a tomar unos mates viendo a los niños jugar.

Me dispongo a doblar para seguir derecho por la Avenida Mitre, me dirijo a la zona roja de la ciudad. Tal vez en otros lugares la zona roja no sea un lugar apropiado, pero aquí es el lugar en el que manda el aviador. Hoy se juega fuera de la ciudad y los colectivos llenan del estadio. Las banderas salen por las ventanas y sólo se escucha el Daaaleeee daleee aviadoooor. Los colectivos arrancan y dejan la zona hecha un desierto, todo el barrio se dirige a alentar al club de sus amores.

Me decido a dejar el auto para seguir el resto del camino a pie. El sol está un poco fuerte, pero eso no evita que los recuerdos floten en mi mente. Veo en cada esquina mi primer gol en un partido entre barrios, mi primer golpe en la bicicleta, mis rodillas raspadas, el lugar donde mi abuelo sabía cargarme en hombros.

Levantar la mano para saludar a alguien en la otra vereda es casi automático, allí todos nos conocemos. Las señoras con escobas son las principales portadoras de noticias: de infidelidades, de maridos borrachos, de hijos ladrones, de subida de precio en los supermercados.

Me harté de ver tantas casas, quiero ver algo verde. Los caballos y las gallinas pasan mi lado. Camino yendo hacia los Sarmientos, el pueblo vecino, pero no me dirijo hacia allí. La pista de salud―que era un descampado cuando yo nací―creció bastante. Veo allí los juegos que hace una década estaban en la plaza. Está todo distinto, está feo. El enrejado y los pequeños caminos de cemento le sacaron su pintoresco atractivo.

Alrededor alcanzo a ver una decena de tribunas apostadas en la vereda de tierra. Mi calendario dice marzo, y empiezo a pensar « ¿En qué momento se realizaron los corsos? ¿Ya habrá pasado el festival de la caña de azúcar? » Hasta que la sinapsis me permite recordar que eso no se realizó. Unos violentos le quitaron el color a la ciudad.

Ya está oscureciendo. Los potreros pasaron de ser usados para jugar al futbol a convertirse en lugar de reunión y catarsis. El vino y las puteadas por una mala jugada durante el partido son moneda corriente. Las señoras de los kioscos empiezan a enrejar sus negocios por miedo a que algún borracho tenga un arranque de Mal genio.

Es hora de retornar, inicio el rumbo hacia mi auto. No estoy apresurado, no quiero irme. Mi mano sigue levantada saludando a gente que recuerdo del primario mientras cavilo « ¿Yo también habré cambiado tanto? ». Los ruidos de las motos son el tema en la radio. Miles se dirigen―imprudentemente―a dar un paseo―mientras ignoran los semáforos y se meten en medio de los autos.

A doscientos metros veo un lucero resplandeciente y me pregunto « ¿Qué espectáculo habrá?». Mi curiosidad es más grande que mis ganas de volver. Camino a paso rápido para poder ver qué es.

No siento ruidos, ni veo escenarios y tampoco gran cantidad de gente.

Me detengo obnubilado, sorprendido y con lágrimas en los ojos. No es un espectáculo. Mis ojos se encandilaron al ver un haz de luz. Que en realidad es la plaza, que estrenaba nueva iluminación. La sonrisa se apoderó de mi rostro. Lamentablemente debo darle la espalda y partir, ya es de noche.

No sé cuándo volveré. Espero que pronto. La nostalgia me consume al entrar en la ruta. Los lomos de burro―de la entrada a la nueva ruta―son un golpe al corazón. Sé que no podré regresar hasta dentro de mucho. Me despido de vos mi Aguilares querido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario