Un viaje de una hora que me desespera y me pone de
mal humor. Necesito llegar rápido. Necesito verte.
Al fin, puedo ubicar el lugar donde supo estar―porque ya no
está―el cartel que agradecía cordialmente a cada viajero su visita, su pasada por
la ciudad de las avenidas.
Saliendo de la ruta ingreso al lugar de la provincia
donde soy feliz, donde crecí, el lugar donde por primera vez jugué a la pelota,
donde inicié mis estudios.
Aproximadamente a 86 kilómetros del Gran San Miguel
de Tucumán no existen tantos autos y al salir de la ruta, debemos
circular despacio porque allí los potreros de los niños son las veredas, es el asfalto. Un
arco pintado en las paredes de un galpón denota que hace poco se disputó un
partido.
Ya llegamos al mediodía, y las madres se acercan a
los porches de las casas para gritarles a sus niños que las empanadas ya están
y que el partido se posterga hasta que el sol se retire un poco. Seguimos por
nuestro laberinto de avenidas y podemos ver que, en este lugar, el vino y la esquina van de la
mano. Hoy juega la gloriosa divisa y es motivo para brindar en el barrio, para
colgar los trapos en la ventana de tu casa y sentir la angina que provoca la
llegada de la batucada.
Nos acercamos a la plaza donde uno supo jugar―ya no
se puede―entre arena y toboganes. Hoy el lugar se encuentra lleno de
adolescentes y niños que practican el skateboarding, parejas jóvenes que salen
a relucir sus nuevos coches y uno que otro resaqueado que vuelve de una noche
de farra.
Piso un poco el freno, pongo la primera marcha y
dejo que el auto fluya tranquilamente. Podemos ver pintorescas casas, al lado
de casas descuidadas y hasta una que otra mansión. Todas con un factor en
común: las rejas. Me hace pensar que el lugar ya no es el mismo donde me críe.
Donde la gente podía dejar la puerta abierta. Donde unos instalaban una silla
en su zaguán y se disponía a tomar unos mates viendo a los niños jugar.
Me dispongo a doblar para seguir derecho por la
Avenida Mitre, me dirijo a la zona roja de la ciudad. Tal vez en otros lugares
la zona roja no sea un lugar apropiado, pero aquí es el lugar en el que manda
el aviador. Hoy se juega fuera de la ciudad y los colectivos llenan del
estadio. Las banderas salen por las ventanas y sólo se escucha el Daaaleeee daleee aviadoooor. Los colectivos
arrancan y dejan la zona hecha un desierto, todo el barrio se dirige a alentar
al club de sus amores.
Me decido a dejar el auto para seguir el resto del
camino a pie. El sol está un poco fuerte, pero eso no evita que los recuerdos
floten en mi mente. Veo en cada esquina mi primer gol en un partido entre
barrios, mi primer golpe en la bicicleta, mis rodillas raspadas, el lugar donde
mi abuelo sabía cargarme en hombros.
Levantar la mano para saludar a alguien en la otra
vereda es casi automático, allí todos nos conocemos. Las señoras con escobas
son las principales portadoras de noticias: de infidelidades, de maridos
borrachos, de hijos ladrones, de subida de precio en los supermercados.
Me harté de ver tantas casas, quiero ver algo verde.
Los caballos y las gallinas pasan mi lado. Camino yendo hacia los Sarmientos,
el pueblo vecino, pero no me dirijo hacia allí. La pista de salud―que era un
descampado cuando yo nací―creció bastante. Veo allí los juegos que hace una
década estaban en la plaza. Está todo distinto, está feo. El enrejado y los
pequeños caminos de cemento le sacaron su pintoresco atractivo.
Alrededor alcanzo a ver una decena de tribunas apostadas en la vereda de tierra. Mi
calendario dice marzo, y empiezo a pensar « ¿En qué momento se realizaron los
corsos? ¿Ya habrá pasado el festival de la caña de azúcar? » Hasta que la
sinapsis me permite recordar que eso no se realizó. Unos violentos le quitaron
el color a la ciudad.
Ya está oscureciendo. Los potreros pasaron de ser
usados para jugar al futbol a convertirse en lugar de reunión y catarsis. El
vino y las puteadas por una mala jugada durante el partido son moneda
corriente. Las señoras de los kioscos empiezan a enrejar sus negocios por miedo
a que algún borracho tenga un arranque de Mal
genio.
Es hora de retornar, inicio el rumbo hacia mi auto.
No estoy apresurado, no quiero irme. Mi mano sigue levantada saludando a gente
que recuerdo del primario mientras cavilo « ¿Yo también habré cambiado tanto?
». Los ruidos de las motos son el tema en la radio. Miles se
dirigen―imprudentemente―a dar un paseo―mientras ignoran los semáforos y se
meten en medio de los autos.
A doscientos metros veo un lucero resplandeciente y
me pregunto « ¿Qué espectáculo habrá?». Mi curiosidad es más grande que mis
ganas de volver. Camino a paso rápido para poder ver qué es.
No siento ruidos, ni veo escenarios y tampoco gran
cantidad de gente.
Me detengo obnubilado, sorprendido y con lágrimas en
los ojos. No es un espectáculo. Mis ojos se encandilaron al ver un haz de luz.
Que en realidad es la plaza, que estrenaba nueva iluminación. La sonrisa se
apoderó de mi rostro. Lamentablemente debo darle la espalda y partir, ya es de
noche.
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