Hace unos días Cristina Fernández de Kirchner, ¿La
presidenta de todos los argentinos? ¿O sólo de ellos? ¿O tal vez de nosotros?
El problema en cuestión es: ¿Qué país gobierna? Un país con 44 millones de
habitantes o uno compuesto por 23 millones de habitantes (el 54% de la
población). La mandataria argentina hace constantes alusiones de unos tales
nosotros y unos tales ellos. Se evidencian en frases como: “Nosotros nos quedamos con
el canto […], y a ellos les dejamos
el silencio”. Una frase cargada de violencia simbólica ¿Dónde está el amor
que predicaba la presidenta y los distintos kirchneristas?
Si nos adentramos en la rica historia de nuestro país, observaremos
que la Nación Argentina se formó a partir de una gran división: unitarios y
federales. Dos bandos que se enfrentaban en sangrientas batallas para quedarse con el
control del país. Los mismos que provocaron el exilio del Gral. San Martín, que
decidió exiliarse para evitar ver el enfrentamiento armado entre hermanos
argentinos.
Sin embargo, hay un ejemplo más cercano en el
tiempo, un ejemplo del que prácticamente deriva el kirchnerismo.
La década del ’50 fue testigo de una división casi
tan grande como la de unitarios y federales, el país fue segmentado en
peronistas y anti peronistas.
El que ocupaba el sillón de Rivadavia en esos
tiempos era el General Juan Domingo Perón que con discursos como: Hemos vivido dos meses en una tregua que ellos han roto con actos violentos […] La
contestación para nosotros es bien
clara. Hay veces que se confirma que la historia es cíclica como se
observa: “Ellos buscarán diversos
pretextos […] estaremos todos nosotros para oponer a la infamia, a la
insidia y a la traición de sus voluntades nuestros pechos y nuestras voluntades”. Pareciera un juego de encontrar las siete diferencias.
Aunque el kirchnerismo no fue hasta los extremos que
llegó el general: “a la violencia le
hemos de contestar con una violencia mayor […] nos hemos ganado el derecho de
reprimirlos violentamente”. No se puede ser injusto, el gobierno de turno no quemó iglesias, ni sedes de otros
partidos; tampoco predicó el enfrentamiento armado entre argentinos. Solamente
uso un tipo de violencia diferente, más leve, pero que no por eso deja de ser
violencia en fin.
Hoy, primero de marzo, Cristina Fernández se encargó
de respetar muy bien las enseñanzas del líder supremo de su partido: “La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es
contestar a una acción violenta con otra más violenta”. Inmediatamente
después de la marcha en homenaje al fiscal Nisman, organizó una convocatoria
para el reinicio de las sesiones en el Congreso de la Nación. Un acto que,
esperemos, no haya implicado el uso de fondos públicos para su realización.
Al paso que el país avanza, dentro de unos años
deberemos hablar de cómo el gobierno dividió al país. De cómo quedamos
enfrentados hermanos argentinos contra otros hermanos compatriotas. Peronismo y
kirchnerismo son caras de una misma moneda―en más de una ocasión la presidenta
se reconoció a sí misma como peronista―ambos gobiernos se encargaron de
denigrar al que piensa distinto; de perseguir al distinto, uno con fuego, el
otro con conexiones ridículas con la dictadura, llamándolo soldado de clarín.
No soy nosotros, no soy ellos, no soy kirchnerista, no soy radical. Soy argentino
y quiero manifestarme en la libertad que permite la democracia. La misma que un
argentino afín al gobierno se merece. La misma que nuestra presidenta, y
distintos personajes del gobierno o en relación con él, denigraron el pasado 18
de febrero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario